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miércoles, 2 de octubre de 2013

Herculano

Un articulo interesante que he visto navegando por la red. Merece la pena conservarlo:

La antigua ciudad de Herculano, así denominada por ser atribuida a Hércules su fundación al regreso de la península Ibérica, mucho más pequeña que la vecina Pompeya, estaba rodeada por unas frágiles murallas al pie del Vesubio, en una colina de origen volcánico que se precipitaba a pico sobre el mar. Por el Este y el Oeste la abrazaban dos torrentes. Estas pequeñas ensenadas fluviales le proporcionaban dársenas naturales y seguras. Se calcula que, en el momento de su destrucción, tenía unos 4.000 habitantes que disponían de un teatro, basílica, acueducto, foro, termas, una red de fuentes públicas, palestra o gimnasio, templos y casas, algunas de ellas con lujosas decoraciones.

Ya en el 62 después de Cristo sufrió un gran terremoto que estuvo a punto de destruirla. Vespasiano pagó la reconstrucción de algunos edificios públicos, pero, pocos años después, la erupción del volcán arrojó sobre ella ríos de piroclastos que se solidificaron hasta alcanzar una altura de más de dieciséis metros. También Pompeya cuando aún se estaba recuperando del asolador terremoto, el 24 de agosto del 79 después de Cristo, fue igualmente sepultada bajo un río de cenizas, lapilli y lava.

Debido a esa diferencia de materiales ambas ciudades se conservaron de manera distinta. En Herculano no solo volvieron a la luz restos orgánicos (vegetales, telas, objetos de decoración, estructuras de los edificios de madera y hasta una embarcación que se descubrió en 1982 en la antigua playa y hoy está totalmente reconstruida en un pequeño museo creado para su exhibición) sino también los pisos superiores de los edificios. Si Pompeya ya tiene un área arqueológica de 66 hectáreas de las cuales se han excavado 45, Herculano dispone de unas veinte de las cuales se han excavado, a cielo abierto, unas cinco. Las excavaciones de Herculano comenzaron en 1738 y lo hicieron con la técnica de las galerías subterráneas y de los pozos de descenso y ventilación hasta el año 1828, cuando se autorizó la excavación a cielo abierto. Continuaron a lo largo de todo el siglo XIX hasta que en 1875 se detuvieron, reiniciándose en 1927. Amedeo Maiuri las continuaría en la década de los cincuenta haciendo importantes descubrimientos, como los de la playa sepultada y las más de 300 personas muertas a la espera de que las naves ¿de Plinio? vinieran a salvarlas. Una de esas naves es la del museo.

El antiguo nivel del mar

El visitante, una vez traspasada la “aduana”, entra en el recinto arqueológico. La ciudad se encuentra a su derecha y él la contempla desde esa altura de más de 16 metros sobre el antiguo nivel del mar. Justo a sus pies está la playa y el inicio de la ciudad por donde antes se encontraba el mar. Lo que se ve como final de la urbe es otra alta muralla, incluso más alta que sobre la que estamos, donde se encuentra oculto el resto de la ciudad. Oculto por esos ríos de piroclastos encima de los cuales se levantó la Herculano moderna, casas, huertos, jardines. Habría que expropiarlo todo para continuar las excavaciones. Los arqueólogos no son muy partidarios de avanzar por las dificultades que eso entraña y, además, porque prefieren conservar y restaurar lo ya existente, que es mucho y significativo. La crisis económica no favorece ni siquiera esto último.

Recorriendo el camino para bajar hasta el nivel de la antigua ciudad, vamos por encima del mar que fue arrastrado medio kilómetro más allá. Esa nueva extensión de campos y casas se expande a nuestra izquierda. Asomándome a la barandilla veo una larga lengua de agua estancada y escucho el croar de las ranas. Esa era la playa y encima de la misma se encontraba la plaza de Nonio Balbo y a su lado el complejo de las termas suburbanas.

Siguiendo nuestro casi aéreo camino vemos los edificios abovedados (almacenes portuarios y embarcaderos) justo encima de la playa sosteniendo las imponentes estructuras sobre las que se apoyan las terrazas superiores. En esas bóvedas, en el año 1980, se descubrieron 300 esqueletos humanos. Se refugiaron allí mujeres, niños y hombres esperando a que las naves los fueran a rescatar. Los efectos tóxicos nefastos de la erupción terminaron con ellos. Muchas de estas personas llevaban consigo joyas y monedas, quizá todo lo valioso que poseían. En el mismo lugar vemos ahora calcos de esos esqueletos. Fue también, en esta misma zona, donde se descubrió la embarcación romana de nueve metros de eslora, el esqueleto del conocido como remero y un soldado con un par de espadas, pequeños cuchillos y una bolsa con monedas.



La Villa de los Papiros, al sur de Nápoles (Italia). / Corbis

Siguiendo la antigua línea de la costa nos encontraremos con la majestuosa Villa de los Papiros. El director de las excavaciones recoge unas llaves, abre el portalón que da a una estrecha calle por donde apenas circulan coches y donde disfrutan unos niños jugando a la pelota. Caminamos unos cien metros hacia arriba rodeados de casas modernas; otro muro; otro portalón se nos abre. Entonces, desde lo alto, vemos el fragmento excavado, al aire, de la villa. Es como si un gigantesco animal le hubiera dado un buen mordisco a la tierra. El frente de la Villa de los Papiros tenía casi trescientos metros, mientras que lo que nosotros contemplamos son únicamente 40 metros. El arqueólogo nos dice que de la villa se ha excavado tan solo un 10%. Y aun así lo que se ha rescatado es ingente. Estatuas, pinturas, mosaicos, papiros y otros objetos de la vida cotidiana. El descubrimiento de la Villa de los Papiros se produjo en abril de 1750 durante el reinado napolitano de Carlos III. En 1759, cuando el rey pasó a ocupar la Corona española, la villa estaba prácticamente descubierta.

Pisón y Filodemo

El propietario de la Villa de los Papiros probablemente fue Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, cónsul en el 52 antes de Cristo. Había sido procónsul en Macedonia desde el 57 al 55 antes de Cristo. La relación de Pisón con el poeta y filósofo epicúreo Filodemo de Gádara (110 antes de Cristo) se conoce a través del discurso Ad Pisonem (contra Pisón) que escribió y declamó Cicerón. Filodemo era un sirio helenizado que se había formado en Atenas con Zenón de Sidón. Luego vivió en Alejandría, Roma y en la villa de Herculano. Hasta el siglo XVIII solo se conocían 36 poesías suyas conservadas en la Antología Palatina. Debido al estudio de los papiros aquí encontrados ahora hay noticia de más de treinta obras escritas en prosa dedicadas a la literatura, la estética, la teología, la historia, la biografía, la ética, la lógica y, por ejemplo, la política en Sobre el buen rey según Homero.


Después de recorrer todos estos espacios en ruinas, al aire libre, subimos por una escalera de madera hasta lo que sería el tercer piso. Nada más abrir la puerta y entrar pisamos alrededor de unos mosaicos geométricos, en blanco y negro, y nos perdemos por unas estancias que deberían estar alrededor del pórtico. Desde aquí se veía todo el mar chocando contra los acantilados. Las pinturas aún están sobre las paredes de las habitaciones, algunas me recuerdan lejanamente a las de la Villa de los Misterios. Muchos de los mosaicos maravillosos de este lugar fueron arrancados en época borbónica y se encuentran en el Museo Arqueológico de Nápoles o en diferentes palacios de la zona. Este espacio, sobre el cual se alza la ciudad moderna, es muy amplio y sugerente. Lo detienen dos amplios muros. Se ven perfectamente los antiguos túneles excavados en el siglo XVIII y posteriormente cegados para que ningún saqueador accediese. Una puerta protege un gran túnel por donde aún continúan las investigaciones. Entramos con linternas y veo que son metros y metros de recorrido, como si estuviéramos en una mina. Unos se encuentran con otros convirtiendo este recorrido en un peligroso laberinto.

Paseamos sin dirección por este tercer piso ahora silencioso y vacío cuando en otro tiempo debió estar repleto de vida. Bajamos al segundo nivel y allí se abre otra puerta. En la antigüedad era una ventana. Pasamos a ver la estancia desde la mitad de su altura. Está repleta de pinturas que brillan resplandecientes. Los colores fueron modificados por el gas y las altas temperaturas. El amarillo se volvió rojo. Los Borbones solo conocieron el tercer piso. Aquí aparecieron los rollos de papiro carbonizados. Fueron encontrados en el año 1752. Era y aún sigue siendo la de la Villa de los Papiros, la única biblioteca conservada del mundo antiguo. Una biblioteca privada romana de época republicana. Aquí aparecieron textos fundamentales de filosofía epicúrea y de Filodemo de Gádara, su bibliotecario. El descubrimiento de los papiros creó la papirología, ayudó a la recuperación de algunas obras griegas y latinas, amplió el conocimiento sobre la doctrina epicúrea y descubrió, a través de citas, a poetas, filósofos y críticos. Como en las bibliotecas más famosas de Roma, la de Cicerón y su amigo y editor Atico, había dos secciones, la griega y la latina. La primera era con gran diferencia la más abundante.

De nuevo en el exterior de la Villa de los Papiros. Estas ruinas y esta naturaleza extraña mezcladas. Joyce decía que escribir para él era como horadar una montaña, desde todos los ángulos, sin saber lo que encontraría. Así lo hicieron los primeros que excavaron la villa a través de pozos y galerías subterráneas a las órdenes del ingeniero militar suizo Karl Weber, bajo el mando del español Roque Joaquín de Alcubierre. Weber dibujó el plano. La impresión de la villa en todo su esplendor debía ser una experiencia extraordinaria, pero no es menor esta de los efectos de la naturaleza y de su simbolismo existencial. Ya lo escribió premonitoriamente Filodemo en unos versos: “… Pero ya no paseamos, como antaño solíamos, Sósilo, ni por la costa ni por el promontorio./ Todavía ayer jugaban Antígenes y Baquio/ y hoy los acompañamos ya a la sepultura”. ¿Estos versos tan melancólicos son de un epicúreo o de un estoico? El caso es que en medio de semejante destrucción solo se pueden tener estos sentimientos de fugacidad, de indefensión, de fragilidad. “Vivís como si fuerais a vivir siempre, nunca recordáis vuestra fragilidad”, escribe Séneca.

Al día siguiente, en la Biblioteca Nacional de Nápoles, en las salas donde se custodian los papiros, los contemplo de nuevo con emoción. Aquella misma que me produce una joven y hermosa investigadora que, sentada sobre la mesa de trabajo, tiene abierto el ordenador donde, conectado a una tablilla, se refleja un papiro que va descifrando mediante un gran microscopio mientras, en un papel blanco, con lápiz y goma de borrar, va dibujando o escribiendo según están dispuestas cada una de las palabras que acierta a descubrir en el antiguo papiro carbonizado. ¿Qué enigmas sacará a la luz? ¿Qué leerá? Es merecedora de un ramo de aquellos claveles blancos que crecen en el invernadero que da paso al antiguo Herculano.

» César Antonio Molina fue ministro de Cultura y es director de La Casa del Lector.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Bergerac

Una pequeña visita de fin de semana a la región de la Dordogne. Aquí dejo una imagen de la ciudad de Bergerac, la de Cyrano.





Decimus Magnus Ausonius



Una foto de recuerdo con el poeta de Burdigalo. Doy una vez más ocasión para mencionar mi fetichismo literario aunque en esta ocasión por pura casualidad al encontrarme esta estatua conmemorativa, sin saber siquiera que estaba ahí, en una calle no muy transitada de la actual Burdeos. He de mencionar, no obstante, que en la placa pone que Ausonio fue profesor en la universidad de Burdeos. Dejando de banda que la universidad se fundó aproximadamente unos mil años después de su muerte, el dato me pareció oportuno reseñarlo. El chovinismo francés llega hasta unos extremos...

Itaca


La isla del retorno simbólico al hogar soñado es un pequeño paraíso no solo metafóricamente. Inspira placidez, bienestar, el placer de las raíces. Y además hay playas de cine y pescados riquísimos.

Artur Mas no es el primer dirigente en utilizar el viaje a Ítaca como metáfora política. Cuando la crisis estalló en Grecia allá por el 2010, el entonces primer ministro Yorgos Papandreu comparó el memorando firmado con la Troika con una «nueva Odisea», el atribulado regreso de Odiseo (o Ulises en su versión latina) a su hogar en Ítaca tras 10 años de guerra en Troya y otros 10 de accidentada navegación. Entonces, un periodista, más versado en literatura que el mandatario heleno, le preguntó desde las páginas de un diario si no era consciente de que en la Odisea mueren todos, excepto el propio Ulises.

Desde que Homero escribiera los 12.000 versos de la Odisea, el viaje a Ítaca se ha convertido en un referente literario para cientos de artistas, amantes de los libros y mitómanos. Pero, ¿qué hay en Ítaca?

En Ítaca no hay nada, solo pasado. Que además se pierde en los brumosos confines de la leyenda. La pequeña Ítaca, de 3.200 habitantes, es «pedregosa» y «áspera», dice el propio Ulises, y su hijo Telémaco cuenta: «En Ítaca no hay recorridos extensos ni prado; es tierra criadora de cabras (...) pues ninguna de las islas que se reclinan sobre el mar es apta para el paso de caballos ni rica en prados, e Ítaca menos que ninguna».Solo 23 kilómetros de largoDe punta a punta, la isla mide 23 kilómetros y está dividida en dos penínsulas -una al norte y otra al sur- que une un estrecho istmo de 700 metros de amplitud y 200 de altura, parecido a una verdadera muralla. Y, pese a su pequeña extensión, tiene tremendos desniveles y sobre ella se alzan cuatro montañas de envergadura (el mayor, monte Nirito, de más de 800 metros de altura que surge directamente del fondo del mar, como un inmenso farallón). En verdad, aunque cubierta de un verde manto de oloroso matorral en sus cimas más bajas, toda Ítaca es roca, dejando poco espacio al cultivo y a la ganadería.

Así es que durante décadas, Ítaca envió a sus mejores muchachos allende los mares, a buscarse la vida en EEUU o Australia. «Y si la encuentras pobre, Ítaca no te habrá engañado», reza el inmortal verso de Cavafis y también su versión musical de Lluís Llach.

Pero quizás ese nada sea un poco injusto. Su capital, Vathy, reconstruida tras el terrible terremoto de 1953, está cubierta de casonas blancas, amarillas, rosas y azules con contraventanas de madera, haciendo de ella un pueblo agradable -como los hay a cientos en las islas griegas- pero es cierto que su arquitectura no está a la altura de Corfú, Lesbos o Quíos, ni la isla dispone de yacimientos arqueológicos excepcionales como Delos o Creta, ni sus atardeceres son los de Santorini. Sin embargo, Ítaca tiene la literatura, y sus preciosas aguas.

Esas aguas en las que se bañó Ulises, de un azul profundo y añil; ese mar que al batirlo con los remos de la nave se vuelve «canoso», según esa preciosa metáfora de Homero para definir la espuma de las olas. La accidentada geografía de Ítaca nos ofrece preciosas calas recogidas, hasta las que llegan someros bosquecillos de pinos, cipreses y olivos. No son de arena, sino mayormente de blancas piedras, lo que hace sus aguas transparentes como el alma de un niño hasta que se van alejando mar adentro: ora azul celeste, ora turquesa, ora verdes.

Vathy está situada en una bahía de estrecha bocana, un refugio seguro contra y para los piratas: el propio Ulises, que se definía como «el destructor de ciudades» o «el que está en boca de todos los hombres por toda clase de trampas», lo era un poco a su modo. Ahora que Ítaca ya no es sede de reyes míticos ni de corsarios, las varias bahías de la isla las utilizan patrones de veleros y yates para fondear y darse un chapuzón. De unas décadas a esta parte, pero sobre todo en los últimos años, las islas Jónicas se han convertido en refugio de millonarios siguiendo el ejemplo de la afamada y cercana Skorpios, la isla privada del rico armador Aristóteles Onassis que recientemente adquirió Ekaterina Rybolovlev, hija del magnate ruso Dmitri Ribolovlev, propietario del club de fútbol Mónaco. El emir catarí Hamad bin Jalifa Al Thani también ha comprado el islote de Oxia y otras cinco rocas flotantes para su progenie y el empresario chino David Zhong está interesado en invertir en la isla de Zante. En las aguas de la vecina Cefalonia se ha visto este verano a varios famosos y en la propia Ítaca ha recalado la cantante Madonna.

Sobre todas las cosas, Ítaca tiene la paz de sus gentes. A pesar de que el turismo de los últimos años ha mejorado, los itacenses siguen llevando una vida estoica, de placeres simples y pausados: la pesca, la siesta, la charla nocturna en la taberna. Tras una frugal comida en el pequeño puerto de Frikes, una aldea del norte con cuatro casas de pescadores y unas cuantas tabernas donde se sirven las frescas capturas del mar, este periodista se acerca a una exposición sobre los restos homéricos de la isla. En su interior se vende el catálogo de la muestra, nadie lo vigila. Un cartel señala que el precio son cuatro euros y hay un túper con cambio para que el interesado deposite el dinero y se lleve la vuelta. Tal es la confianza, que a uno ni se le pasa por la cabeza timarlos. Los itacenses son gente que no se atribula, lo único que les saca de sus casillas son las prisas del extranjero -al que acaban contagiando su calma-, parece como si ya hubiesen sufrido bastante ajetreo con las correrías de Ulises y la invasión de italianos fascistas y nazis alemanes durante la segunda guerra mundial.

Aquí se pueden hallar tipos curiosos como Petros, un griego de Alejandría y profesor de la Universidad del Pireo, amante de la ópera y de los barcos, que veranea en Ítaca, y conoce las mejores tabernas donde se sirve el delicioso pescado del mar Jónico. O el itacense Dimitris, capitán de la flota mercante retirado y metido a investigador de la Odisea. Como uno de los fundadores de la Sociedad de Amigos Itacenses de Homero trata con denodado esfuerzo de demostrar la existencia real de Ulises y que la Ítaca actual es la que describe Homero, y rebate con furia los intentos de islas vecinas por apropiarse de ese honor basándose en algunos versos de la Odisea que no concuerdan con la geografía de Ítaca.

Aunque diversos estudiosos dudan de que la Ítaca actual sea la misma que la descrita por Homero en la Odisea, aún podemos visitar la Fuente de Aretusa (sudeste de la isla), donde el porquero Eumeo abrevaba la piara de Ulises, o incluso recientes hallazgos arqueológicos que se creen relacionados con el héroe, como el Castillo de Odiseo (en la zona noroccidental de la isla), aunque hay que echarle imaginación para ver en ellos las ruinas del mito.

Ítaca, como dice el poema de Cavafis, «no tiene otra cosa que ofrecerte», bastante es que te ha dado el motivo para ponerte en marcha: es en el viaje -a través del mar, los libros y el conocimiento de gentes diversas- donde encontrarás la sabiduría. Ítaca es solo el anhelo, ese anhelo incorregible del ser humano por lograr lo que no posee; ese anhelo que mueve montañas y cambia la Historia.

martes, 5 de junio de 2012

Links útiles para viajar en tren

Pues eso. 

Para amantes de los trenes en general y de los degustadores de viajes tranquilitos y sin prisas. 

Una buena recopilación de todas las dichosas webs que siempre olvido y debo volver a buscar una y mil veces. 

Quizá a alguien le pueden ser útiles. Al menos si las tengo recopiladas dejaré de usar San Google hasta fundirlo.


http://www.inter-rail.org/

http://www.railfaneurope.net/pix_frameset.html

http://www.cafeytren.com/


sábado, 1 de enero de 2011

Un paseo por "Paris sous le neige".


El primer comentario del año es para comentar nuestro último viaje del año que acabó. París. En invierno. Un capricho que nos quisimos conceder a cuenta de los viajes que no pudimos hacer a Bordeaux. Y tuvimos la fortuna de encontrarnos con un temporal de nieve y frío que nos dejó ver esta bonita ciudad bajo un prisma inesperado, que la mostró aún más interesante de lo habitual. En parte por poderla disfrutar con colores apagados en el marco de las casas y a la vez con el destello del blanco depositado en derredor. Pero sobretodo porque en muchos momentos sólo dos hispanos medio chiflados decidieron visitar París bajo la nieve, y resulta tan inusual como placentero pasear por las calles casi en solitario.




Tampoco es que nos volviésemos locos, y decidimos invertir todo un día en visitar el museo del Louvre. Saltándonos de la forma más descarada las turistadas de este museo consecuencia de libros mediocres sobre DaVinci (salvo una breve incursión para ver la Gioconda, claro, si bien no deja de ser curioso que la muchedumbre se aborregue delante de un cuadrito miserable en medio de una sala rebosante de Veroneses y otras insignes obras... colla de passarells...) disfrutamos como enanos de las más bellas obras de la antigüedad. Mención destacada de los expolios realizados en oriente con el palacio persa, y mil estatuas preciosísimas del más selecto arte griego. Victoria de Samotracia incluida.



Y a destacar también la imposibilidad futura de arreglar nuestra casa al gusto, ya que nos fijamos en un fresco precioso medio escondido en una pared del recorrido, ni siquiera facil de encontrar ni de ver de no ser porque nos sentamos en un banco medio apartado de la masa. Colores ténues, casi apagados, pero con una composición equilibrada y sobria que nos hizo especular largo rato sobre lo bonito que sería tenerlo en casa como decoración. Hasta que nos levantamos a mirar de quién era la obra... Un Botticelli!!! Falta de gusto no es nuestro problema, sino la falta de financiación.



jueves, 21 de octubre de 2010

Der deutsche Donauradweg: Final

30/08/2010

La etapa final carece de interés ciclista. Consistió únicamente en desplazarnos con nuestras bicis desde Munich hasta Zurich, para lo cual debimos darnos un madrugón del carajo y subir al tren somnolientos y algunos de mal humor... Ejem... Mala leche cogen algunos con la falta de sueño... Lo curioso de estos alemanes es que en viajes de largo recorrido las bicicletas tienen un puesto reservado, pero nosotros no. Así que las bicis iban en su sitio pero maravillosamente bien mientras que nosotros hicimos el primo al sentarnos en unos asientos que otras personas SI tenían reservado, con lo que tuvimos que cambiar de asiento con cierta estupefacción y cara de merluzos.

Luego, ya en Zurich, tiempo lloviznoso y nada especial que ver. Seguro que es una ciudad bonita, como se ve en la foto, y tal, pero tras un recorrido de 10 días por uno de los paisajes más hermosos de la zona, la ciudad, pues qué se le va a hacer, se veía descolorida y falta de toda gracia. La gente allí además es más seca que un ladrillo, los precios desorbitados y para colmo de males, en una moneda diferente. Que manda narices que con el euro te recorras un porrón de países sin problemas, te la acepten incluso en zonas no adscritas al espacio común ni la moneda única, pero que en esta tierra de banqueros te la rechacen... Es lo que hay. Decidimos no hacer el primo con el cambio y comprar cuatro cosas en un supermercado. La gracia de los supers de alli es que tienen comida cocinada y calentita que puedes pagar con tarjeta de crédito sin problemas.

A partir de aquí, una espera continuada en la estación. Por cierto, en la estación los lavabos son de pago, pero de pago que te cagas, que al cambio salía que por meada te clavan unos 3 euros, y por algo más, ya se entiende, pues aumentando precios. Ahí yo me sentiría estafado, pues pagaría lo mismo que Barnabas pero la cagada suya debería contar doble... Mi tacañismo me impide semejante gasto, así que recurrimos al viejo truco hispano de ir a mear a un McDonald's, escamoteando la clave de la puerta de entrada al lavabo, claro, que si no pues tampoco.

Un apunte curioso acerca de las leyes del país y la cabezonería de los nativos del lugar: Nos compramos comida en el super y nos fuimos a la estación a comerla. Más que nada porque fuera llovía y allí se estaba calentito. Y como buenos hispanos pueblerinos nos sentamos en el suelo a darle a la mandíbula. Bueno, pues dos recios seguratas de la estación vienen hasta donde estamos sentados a llamarnos la atención. Pero no por comer, sino por estar sentados en el suelo. Si lo mismo que estábamos haciendo lo hacemos sentados en un banco, ningún problema. Así que nada, si se ponen ustedes así, pues miren con atención cómo me desplazo 5 metros en esta dirección, aposento mi culo en el banco y sigo con lo que estaba haciendo... Hale, contentos? Sí? pues venga, a vigilar a otra parte. Vaya parida más gorda.

Y la parte graciosa del día: Cuando faltaba algo más de una horita para que el tren saliese, tocaba preparar la bicis. En la página web de RENFE son claritos: Sólo se admiten bicis en compartimentos que ocupemos por completo (por tanto, a pagar a tocateja uno individual y uno doble), con las bicis desmontadas (quitar pedales, rueda delantera y girar manillar) y envueltas en una funda diseñada al efecto.

Con las dos primeras exigencias, sin problemas. Más o menos. Ya llevábamos unas buenas bridas para poder desmontar la bici y atarlo todo bien. El problema viene a partir de aquí, pues una funda diseñada al efecto aparte de carísima (rondan los 100 euros...) es imposible de llevar en un viaje como el nuestro. cualquiera la mete en la alforja. Así que había un problema, porque presentarse sin funda equivalía a dejar que el picas de RENFE de turno decidiera arbitrariamente si tomábamos el tren con bicis, o sin ellas, y ni de coña nos volvemos sin las bicis. Navegando por aquí y por allá, encontramos un curioso método que unos chavales usaron para llevar sus bicis. En su caso, en avión, pero bien adaptado podría lograr el mismo objetivo:


http://eldanubioenbicicleta.es/2009/07/01/como-empaquetar-las-bicicletas-para-ir-en-avion/comment-page-1/#comment-20118

Y procedimos a adaptarlo a nuestra necesidad.


Llevar durante todo el viaje unos tubitos de papel de envolver transparente no es ningún problema. Con esto solo debía ser suficiente, pues en RENFE información me dijeron que sólo con que la bici estuviera compacta, pues que no piden más, pero como toda cosa que depende del estado de humor de un picas no es demasiado objetiva, quisimos asegurarnos. Para dar más el pego aún, compramos 6 trozos de tela de los que se usan en los paraguas. Les pegamos cintas de velcro y así forman 3 hermosas fundas impermeables, que además de disimular con los ferroviarios puñeteros podían servir de improvisado cobertor en caso de lluvia o sol durante una etapa. Se puede veruna bici ya envuelta en su forro en la foto de arriba. Y así, bien pertrechados, nos dirigimos no sin dificultades, hacia el tren.


Y tanta preparación y tanta leche para que al final todo se solucionase en 15 minutos. Los que teníamos para meter las bicis en el vagón a toda pastilla, acomodarlas en nuestros departamentos y salir el tren zumbando de Zurich. Realmente no había tiempo ni de discutir, pues todo se resumió en darle los billetes al encargado y revivir un rato aquel viejo programa de "si lo sé no vengo" tratando de meter equipaje y bicis antes de que el tren arrancase. Y en Suiza si el tren sale a las 19:00, es que sale a las 19:00. Ni un minuto antes ni uno después. Por suerte el encargado resultó ser de lo más simpático y nos ayudó incluso a cargar las bicis. De hecho, me lo he encontrado en más de un viaje internacional y es increíblemente eficaz, con el añadido de que ese día todo el equipo que iba en el tren estaba de un humor excelente y hasta echamos unas risas durante el trayecto.

Aquí se acaba el tema. Y el viaje. Los paisajes son tan hermosos como los del "Danubio dulce" que vimos el año pasado pero el tiempo no nos acompañó y enturbia algo mis recuerdos entre la fiebre, el frío y la lluvia. Con los trenes, además, el precio sube con respecto al año pasado a unos 800 (y pico) euros por barba que seguro serían menos con viajes de los baratillos de avión, pero estoy hasta las narices de los aviones, sus trabas y sus puñetas. Y si pagando un poco más nos ahorramos tener que buscar como tontos una caja para meter las bicis, pues prefiero pagar a andarme con preocupaciones. El año que viene, nueva ruta. El Danubio sigue su camino hacia el Este y podríamos seguirlo un año más, pero seguramente buscaremos otro río. El Rhin? El Loira? Cerdeña (sí, ya sé que no es un río, pero es una posible aventurilla en bici muy atractiva...)?


miércoles, 20 de octubre de 2010

Der Deutsche Donauradweg: Etapa 10

29/08/2010

Día anodino en realidad. No teníamos ya camino que recorrer ni nada especial que visitar, así que fue un día entregado a la nostalgia paseando por Passau mientras recordábamos algunos eventos del año anterior. Incluso fuimos a visitar Fahradklinik, cerrada, por supuesto, y cruzamos el Inn por el puente para ver el punto inicial del camino del Danubio en el que empezamos a cicloturistear. Sólo recuerdos, pero nos hicimos la preceptiva foto en el mismo punto que el año pasado, sólo que en esta ocasión con más lluvia. Decididamente el lujo de visitar Passau con sol es un bien escaso. En la estación nos comimos unos soberanos bocadillos y tomamos el tren hacia Munich.

Hay varias opciones para ello, pero recomiendo el tren directo, más que nada por la comodidad de evitar un transbordo aunque no está exento de problemas. El principal es que todos los cicloturistas tenemos básicamente la misma idea con respecto al trayecto, y el tren está literalmente invadido por las bicis. Parece que eso en realidad excede a la previsión alemana y no gusta demasiado a viajeros sin bicicleta, pero nosotros además nos topamos con un problema añadido: En esos trenes parece que está institucionalizado que se vendan bebidas y bocadillos durante el trayecto. Suponemos que por empleados de la compañía. En nuestro tren el empleado en cuestión, turco, se paseaba con un carrito cargado hasta los topes pasillo arriba, pasillo abajo, pero claro, con la ingente muchedumbre que había y las bicicletas no tenía literalmente espacio para pasar. Su carrito no cabía por los pasillos entre el amontonamiento de bicis. Cuando llegó a nuestro vagón, berreó algo en alemán e hizo amago de pasar por donde no se podía pasar, pues una bici (de algún viajero) bloqueaba el camino. Justo al lado estaban nuestras 3 bicis, puestas en el lugar que les corresponde pero con las alforjas puestas. El muy cafre-bestia pega otro gañido en su idioma (ignoro cuál) y procede a lanzar el carrito cual ariete por entre el espacio imposible entre la bici que obstruía el paso y las alforjas de Eli. El muy pedazo de animal!!! Casi rompe, si es que no la rompió, la bici del otro y rajó la alforja de Eli. Al ver lo que hacía le pegué un berrido en español. Yo no puedo ni sé insultar en otro idioma. Con mi berrido paró de hacer el cafre, pero comenzó creo a soltarnos una bronca fenomenal por obstruir el paso. Claro que no le entendíamos una simple coma, pero el tipo insistía y eso que Eli le gritó clarito que no entendemos alemán en alemán. Viendo que con nosotros no se iba a desahogar, continuó con su camino renegando. La verdad es que medité seriamente si darle un par de yoyas que le pusiesen mirando a Cuenca, pero esa manera de meterme en líos nunca fue de mis preferidas.

Su camino era imposible igualmente, pero el tipo continuó con su táctica de carrito-ariete y se enzarzó en una disputa verbal con un alemán de 190 cm al que casi le rompe la bici contra la pared. Nosotros es que alucinábamos. Debía pertenecer a algún movimiento ultra anti-bicicletas, o bien estar pagado por una petrolera, o bien haber escogido esa técnica dentro de las alternativas que conducen al linchamiento. Pero como había pasado de largo, miramos los daños en las alforjas, leves por suerte, y tratamos de olvidarlo... hasta que le tocó el recorrido de vuelta. Imaginamos que en el de ida se habría peleado con medio pasaje y abollado varias bicis, porque cuando regresó tenía una cara de mala leche impresionante. Antes de que llegase a nuestras bicis me levanté y me situé estratégicamente para evitar un nuevo atropello con el ariete del muy salvaje, pero con el resto de las bicis que le obstruían (ahora más que antes con nuevos pasajeros) yo no pensaba hacer nada. Me daba hasta curiosidad saber qué iba a hacer para pasar, pero además de cafre era poco imaginativo: Cogió carrerilla y arremetió con el ariete en sucesivas descargas sobre unas bicis hasta que se oyeron 2 cosas:

- La primera un sonoro "crack" que implicaba que algo se había roto. Las apuestas iban hacia la bici que sufría las acometidas.
- La segunda fueron una serie de imprecaciones en alemán seguidas del emisor de las mismas, que se abalanzó a su vez sobre el carrito-ariete, al que propinó una buena patada, e hizo retroceder al cafre y su carro.

Lo que siguió entra sólo dentro de mi imaginación, pues los insultos en alemán de Baviera proferidos por ambas partes quedan al margen de mi entendimiento. Claro que yo me ponía de parte del alemán y su bici vistos los modales de la cafre-mula del turco ese, pero es que además en muy anormal hizo el gesto de pegar al alemán que le chillaba con todo merecimiento. Mal gesto, pues la posible razón que tuviera (poca...) la perdía completamente con esta última salida de formas. Situación tensa que no sé cómo no derivó en pelea. En Hispania como mínimo sacamos las navajas por menos de la mitad, pero ahí acabó la cosa y ambos se fueron a relamer sus respectivas heridas. Los pasajeros que estaban sentados con nosotros comentaron la jugada, creo que con reparto de simpatías entre el cafre y la víctima, justificándole en parte al creer que el tren estaba masificado. Pero por masificado que esté y lo poco que pueda hacer su trabajo, esas no son maneras. Pero nosotros a lo nuestro y llegamos pronto a Munich.

Como ya teníamos reservada plaza en el Youth Hostel, dejamos el equipaje sin prisas y les llevé a visitar la ciudad, para ver el resto de cosas que no vimos el año anterior con las prisas. Así, un paseíto por las turistadas clásicas y a la atracción que pretendía mostrarles de un viaje mío anterior: En las esquinas de Von-der-Tann Strasse y Koniginstrasse, delante casi del consulado yanki, hay una fuente con una caída de agua muy especial. Allí el agua cae desde una altura media a una zona profunda de tal forma que crea un remolino lo bastante potente como para que la gente practique surf allí. No había nadie en aquel momento, pues era ya tarde, pero es un espectáculo curioso.

Acabada la visita, nos fuimos a la Hofbrau de Munich. En tiempos pasados, los alrededores del ayuntamiento eran un lugar un tanto poco recomendable, lleno de prostitutas y de indeseables, pero hoy día es de lo más caro de la ciudad. Y el Hofbrau, donde antes iban los muniqueses a tomas unas cañitas, hoy día es una turistada digna de ver sólo como turistada, o sea, entrar, dar un vistazo y ver la orquesta de polkas unos minutillos, y marcharse. Pero teníamos hambre y nos sentamos en una de las mesas. Allí son constumbres alemanas las que rigen, así que compartes la mesa con quienes quieran sentarse después y te sirven cuando pueden emnedio de una avalancha de japoneses. Nuestros compañeros de mesa eran rusos. Para beber, cerveza. Por supuesto. Medida única, de 1 litro. Dejo la foto de Eli tratando de llevarse a la boca una de las que pedimos. Más de un japonés trató de zamparse esa medida y salió haciendo "eses".
Nosotros acabamos rapidito, les tomamos "prestado" un bretzel a cuenta del servicio "maravilloso" que nos habían dedicado, y regresamos al hotel a dormir, que al día siguiente tocaba madrugar.

martes, 19 de octubre de 2010

Der Deutsche Donauradweg: Passau

Este año me permití el luo de darme un paseo por Passau sin lluvia. Con un sol algo rácano que aparecía y desaparecía entre las nubes dándonos poco calor pero una luz preciosa que Eli supo captar para incluirla en la arquitectura barroca y el agua que enmarca la ciudad tanto como la luz. Dejo una muestra de las mejores fotos que hizo allí:






Der Deutsche Donauradweg: Etapa 9


28/08/2010

Amanece en Straubing tras la pasada tormenta. Toda la noche no paró de llover, si bien no con la dureza del final de la tarde de ayer. Ahora no llueve, pero se ven nubes en abundancia, y hace mucho frío. Y 3 hispanos en agosto sólo pueden encontrarse extraños si hace frío. Mientras damos buena cuenta del desayuno vamos discutiendo la continuación del viaje. Se supone que debíamos llegar hoy a Nesslbach y al día siguiente a Passau, pero el tiempo amenaza más lluvia y yo estoy ya harto de frío y humedad, así que convenimos en ir a Passau en tren y disfrutar tranquilos de la visita de la ciudad. A Barnabas no le agrada demasiado coger tantos trenes, que ya le escatimamos bastantes km de pedaleo hasta Straubing, pero accede porque ve que realmente el día se presenta chungo. Pagamos la habitación y vamos hacia la estación.

Una vez allí, logro una solución que puede contentarnos a todos: Para llegar a Passau se ha de hacer transbordo en Platting, y luego en Vilshofen. Tanto transbordo es bastante incómodo y propongo parar en Vilshofen y si el día se muestra algo propicio, pedalear desde allí a Passau, que son escasos 20 km y se pueden hacer bien aunque nos llueva. y así procedemos. Aviso para aquel que lea esto y decida algo similar: Se ha de pronunciar "Filsjjoffenn" porque si no no te entiende nadie. El día que me tope con el cretino que me dijo la memez esta de que el alemán se pronuncia como se escribe...

La verdad es que el día a medida que transcurrían los Km en el tren parecía arreglarse y estropearse por minutos, pero para cuando llegamos a Vilshofen al menos no llovía. Frío y humedad a cántaros, pero asumible. Y comenzamos a pedalear. Antes de salir me quedé tentado de tomar algo calentito en un bar que había justo en el centro del pueblo, un local llamado "Zorba", pero preferí continuar viaje, no fuera que empezase a llover y me arrepintiera. Poco a reseñar de este trayecto, pues lo hicimos a una velocidad endiablada, de casi 30 km/hora de media al tener frío, ganas de llegar y sobretodo viento de espalda de los fuertes. Casi en llano que no hacía falta pedalear, y cuando lo hacíamos aquello era una bendición. Pero el paisaje, ah, pese a ir al lado de mi querido río realmente no valía mucho la pena porque los últimos km pertenecen al área industrial de Passau y no son nada que destaque. Lo único era un puente con compuertas que estuvimos mirando un rato a ver un barco de pijos que debía atravesarlo, y era curioso ver el llenado de las compuertas. Como hacía frío, tampoco nos entretuvimos mucho, y le dimos caña a ver si llegábamos a Passau antes que los pijos.


Poco a poco llenamos los km que nos separaban de la ciudad, y tras un leve repecho la estación de tren se nos aparece a la vista. Allí es donde empezamos el viaje el año pasado con dirección a Viena, y allí lo concluíamos este. Un poco por orgullo, y un poco para chinchar a Barnabas, aceleré para llegar el primero. Je, je, un poco de maldad tampoco es malo. Que así le puedo decir siempre que quiera que el campeón fui yo por llegar el primero a la meta. Y llegamos antes que los pijos.

Un poco por nostalgia, nos dimos unas vuelta por la estación que tan bien record
ábamos del año pasado, aunque más pasados por agua que en este, y nos buscamos un hotelito en el centro. Antes de ir al hotel dimos un vistazo a la tienda de bicicletas que no nos quiso alquilar una el año pasado, pese a tener reserva previa. Cabrones.

Cosa curiosa, en Infromación nos cobraron 3 euros por un servicio que nos hacían gratis en todos los demás pueblos de Alemania, pero ca
rajo, que era sábado y cualquiera se la juega a que haya plazas libres en un fin de semana en una ciudad de las más turísticas.

El resto del día lo dedicamos a vagabundear por la ciudad. Como ya la conocíamos del año pasado, hicimos un recorrido "nostálgico" por los lugares emblemáticos que ya teníamos vistos, sobretodo el encuentro de los 3 ríos que ahora podíamos ver con facilidad porque esa tarde hacía sol y un calorcillo que invitaba al paseo.


Fuimos además a ver el palacio del obispo. El Oberhaus. Esta ciudad fue durante mucho tiempo la residencia del obispo y un territorio gobernado por este. El palacio en el que residían los obispos-príncipes de aquí está en un monte al lado de la ciudad, a la que domina. El príncipe se levantaba cada mañana contemplando la ciudad que gobernaba en nombre de Dios, pero gracias a los cañones que desde el Oberhaus podían alcanzar la ciudad. Dios con pólvora. Mala combinación. Dado mi gusto por este tipo de cosas, la foto que le hicimos al castillo fue en un momento en que un nubarrón negro pasaba justo por encima de él, dándole un aspecto tenebroso y terrible. Parecía Mordor.


Llegar hasta el casitillo cuesta lo suyo, se ha de decir. Que el paseito hasta allá arriba es de cerca de media horita de camino empinado. La palicilla valía de todas formas la pena, que las vistas desde arriba son fantásticas (si mal gusto no tenían esos obispos, no...). Lo curioso del sitio, además de la terraza y sus vistas, es que el Youth Hostel de la ciudad está justo aquí. No me imagino ni bajo mórficos capaz de pedalear cuesta arriba con las pendientes que se gastan, pero Barnabas dice que él sí puede. Decidí que no lo íbamos a comprobar de todas formas.


El descenso nos proporcionó claros entre las nubes para hacer unas cuantas fotos a cual más hermosa. Dejaré las mejores en una entrada aparte. El barroco de la ciudad, tan semejante a Venezia en algunos aspectos, resultaba magnífico bajo esta luz. Luego nos entretuvimos mirando a una mamá pato con sus patitos. Les llevaba con disciplina, cómo no, germánica, y aunque los pobrecillos querían comer las chucherías que unos turistas les daban, una órden verbal de la mamá pato les obligaba a bajar al río nuevamente. La escena era cómica.


Decidimos además tomarnos un caprichito: El año anterior, el día que iniciamos la marcha, paramos a desayunar en un local céntrico que fue el único que vimos abierto. Era domingo, y las fiestas en estas tierras son sagradas. No costó nada localizar el local en cuestión y, aunque era caro, tomarnos una meriendita allí. Por los viejos tiempos. Barnabas seguro que tiene algo que decir al respecto, pues nuevamente el italiano era el idioma adecuado al lugar y mediante una hábil táctica logré que pagase él la merendola y hacer que se riese el camarero y el dueño del local. Je, je, la cabronería además resulta divertida. Luego nos fuimos a cenar una pizza. Qué mejor para una pseudo-Venezia como esta. La pedí frutti di mare, que no podía ser de otra manera. Y a dormir prontito, que no hay que perder las buenas contumbres.

lunes, 18 de octubre de 2010

Der Deutsche Donauradweg: El grabado de Straubing.

Una de las pocas fotos que hicimos que cuadra bastante con el grabado original, aunque la tuvimos que tomar desde el lado contrario de la plaza (el sol nos deslumbraba desde el lado correcto y la foto resultaba un contraluz tipo churro). Aún así, parece que no haya pasado el tiempo para Straubing, pues está prácticamente igual (salvo por los coches, señal inequívoca del siglo XX y XXI).

El grabado de 1844




La foto de Eli desde el lado contrario.
De todas formas, la plaza es simétrica.

Der Deutsche Donauradweg: Etapa 8


27/08/2010

Noche lluviosa. La bicis, mal aisladas del temporal, están mojadas y el día aparenta ser desagradable por frío y lluvia. Decidimos visitar con calma la ciudad y coger después el tren a Straubing, el supuesto final de etapa. Hasta Barnabas accede a no pedalear, visto cómo amanecía el día.

Así que nos dedicamos a callejear a gusto por toda la ciudad. Es una ciudad con un casco antiguo declarado Patrimonio de la Humanidad, y de las pocas ciudades alemanas que conservan relativamente intacto el casco viejo medieval (Adolfo y sus irresponsables seguidores tuvieron gran parte de culpa en 1945 al no querer rendirse con todo ya perdido, y los cafres de los aliados tampoco tuvieron mayor moderación con bombardeos que no venían a cuento para nada en maravillas arquitectónicas cuya única culpa era ser alemanas...). Ratisbona para los hispanos, Regensburg para los alemanes, es el lugar de nacimiento de un bastardo famoso, Don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II y coautor de la escabechina de turcos en Lepanto.


Pero seamos menos chauvinistas, que esta ciudad es más conocida mundialmente por ser la sede de la Dieta, el centro de poder del estado medieval que incluía gran parte del mundo germánico y quebradero de cabeza de los estados italianos y del propio Papa: Aquí era el centro de poder del Sacro Imperio Romano-Germánico. Y conserva aún un Reichstag donde se ve la pompa del poder. La catedral (Dom) gótica es dignísima de ver. La schottenkirche, una construcción románica muy antigua, oscura, con unas arcadas llenas de esculturas absolutamente inéditas para mí (y mira que he visto muchas). Pero sobretodo destaca el puente de piedra, una construcción que en nada desmerece el famoso puente de Carlos de Praga salvo por la ausencia de esculturas a lado y lado flanqueando el paso del río. Eli disfrutó enormemente en esta ciudad haciendo fotos, tanto la noche anterior como el día siguiente. Pasear por esas maravillas a uno lo retrotraen al medievo más absoluto, salvo porque se tiene que regresar al presente en cada establecimiento, en cada tienda y en cada peatón con indiscutibles aspectos de la edad contemporánea. Debo decir de todas formas que el caos callejero propio de la Edad Media es aquí algo básicamente arquitectónico, pues está todo absolutamente ordenado y previsto por el conocido celo alemán. Incluso en recodos donde los peatones han de convivir por obligado defecto de espacio con el tráfico, hallamos un respeto increíble de los conductores hacia el ciclista o el peatón que jamás encontraré en mis tierras meridionales. En más de una ocasión, un autobús urbano, eléctrico y silencioso, esperó a paso lento a nuestras espaldas a que nos percatásemos de su presencia sin estridencia ninguna, reniegos ni claxon pidiendo paso. Incluso con una sonrisa cómplice del conductor cuando al fin nos dábamos cuenta de su presencia y nos apartábamos para permitirle el paso. Gente civilizada, estos bárbaros del Norte...



Para comer nos dirigimos sin prisas al Hofbrau nuevamente. Vale, es una turistada, pero se come barato y abundante. En el hotel, al recoger el equipaje y la bicis nos regalaron 3 almuerzos. No entendimos bien por qué nos lo dieron, pero resultó agradable. El día anterior nos quedamos un tanto desconcertados al ver que los anteriores inquilinos de nuestro cuarto les habían robado las pilas del mando a distancia de la TV, que procedimos a solicitar en recepción. En ese momento lo que dominó el ambiente fueron las considerables risas de la recepcionista. Quizá le hicimos bastante gracia como para regalarnos luego los almuerzos... quizá. O como agradecimiento por no robarles las pilas...

El tren a Straubing no supuso ningún problema y llegamos en escasa media hora. Bueno, sí, alguna dificultad sí hubo: Se ha de pronunciar "Estgggaubing" si quieres que te entiendan, y te vendan el billete. El alemán se pronuncia como se escribe... No sé quién dijo esta estupidez.

Luego nos costó encontrar el local de Información Turística. Dimos vue
ltas y más vueltas a la plaza central del pueblo sin ver el dichoso local en donde se supone debería estar según la guía que llevábamos, hasta que al final lo localicé. Está sólo "aproximadamente" donde señala el mapa, pero está como medio camuflado con aspecto de tienda con ofertas de viajes, así que se nos coló la mayor parte de las veces. Como siempre en esas tierras nos localizan un hotel y allí vamos.

Nos pasamos casi toda la tarde dando un paseo por la ciudad. Hacía curiosamente calor y sol, preludio de más lluvias, pero no había en realidad mucho para ver. A destacar la catedral y la plaza central, con aspecto del inconfundible medioevo alemán y una bonita torre que domina la ciudad desde su punto central. Y un detalle sólo para mí: En la plaza una estatua dedicada a San Tiburcio. Toda la vida burlá
ndome de la fealdad de este nombre y resulta que me lo acabo encontrando en forma de una bonita estatua que corona una bonita fuente en uno de los extremos de la plaza central de Straubing. El otro extremo es para Santiago. En fin, cosas que pasan.


He de decir otra cosa curiosa: A lo largo de los km que íbamos completando por Alemania, tanto en Baden-Wurtemberg como en Baviera, habíamos parado a comprar pan en las pastelerías/panaderías locales. No resulta difícil hacerse entender, y son muy honrados, pero siempre había algo que nos daba una curiosidad terrible: La tolerancia a niveles atmosféricos de la gente hacia las avispas. Era bastante normal que en cada pastelería una o dos avispas estuvieran dándose un festín con los pasteles y pastas expuestos patra el comprador, y sin problemas. En una ocasión quise hacérselo notar a la dependienta, pero no hubo forma de aclararnos. La avispa estaba sencillamente allí, y listos. En Hispania el mismo suceso hubiese motivado histéricos aspavientos, gritos, golpes al azar hacia el pobre himenóptero y el seguro daño de una de las partes hacia la otra, habitualmente con la muerte de la avispa, o con un doloroso picotazo al dueño de la tienda/dependiente de turno. En Alemania, no pasa nada. El dependiente/dueño sirve de forma normal los pedidos, y el insecto se pone hasta las antenas de glucosa. Curioso país. Pero lo de Straubing era excesivo. Al comprarnos un pastelito de postre, caprichosillo que me pongo en los viajes, le pedí al dueño que me quitase el enjambre de avispas si no era mucha molestia. Porque al tratar de contar las avispas que había en la tienda decidí parar cuando superaba las 2 docenas, y ya resultaba complicado descontarse. Algunas de ellas estaban en el pastelito que yo quería, y si a ellos no les molestan los véspidos himenópteros, pues vale, pero yo tengo recuerdos muy dolorosos de encuentros anteriores con ellos y mucho gusto no tenía en tener de nuevos. La cara que me puso la dependienta no sabía si interpretarla en el sentido de "pero qué bobada" o bien como un "a mí ya me han picado 50 veces hoy, así que si quieres pastel sin avispas, te las quitas tú mismo". El caso es que me dió pastel con avispa incluída, pero tuvo la decencia de no cobrarme suplemento por ello. Asumimos ambos que el jodido bicho era un regalo de la tienda y listos. A la avispa la convencí yo luego de largarse del pastel bajo pena de ingestión por mamífero ciclista hambriento. A gorrear glucosa a otro.

Aprovechamos el ratito que hubo sol para dar un agradable paseo a orillas del Danubio. Bellísimo a su paso por esta ciudad. Por la noche cayó una tormenta con aparato eléctrico de 3 pares de tazones. Nos arropamos calentitos en nuestras mantas, con gran regocijo al pensar que no habíamos querido ir a dormir a un camping.



viernes, 15 de octubre de 2010

Der Deutsche Donauradweg: Etapa 7

26/08/2010

Partimos de Neustadt tras una excelente noche de sueño y descanso. Las camas tenían colchones de lana, y eso es para mí de una comodidad sin posibilidad de igualarse por cualquier tejido sintético. Incluso los edredones raros esos que nos dan en cada hotel devienen en cómodos. Eso sí, calentitos lo son un rato. Como nos habíamos sentido muy bien acogidos en el hotel, al acabar otro de esos gigantescos desayunos que tan mal le sientan a mi oronda figura, ayudamos a los abuelos que nos servían a recoger la mesa. La verdad es que no nos costaba nada, y por echar una mano a unos ancianos nunca se nos han caído los anillos. Este gesto, de pura cortesía, parece que les sentó fenomenal, y al ir a recoger nuestras bicis uno de los abuelos se dirigió a nosotros, por señas, por supuesto, para regalarnos un mapa de las rutas ciclistas de Baviera. La amabilidad a veces tiene su recompensa.

Hoy el tiempo nos deparaba unas pocas nubecillas, y un solazo de justicia. Tórrido es poco, que a medida que transcurría el día íbamos parando para quitarnos la ropa de abrigo, y yo además para cubrirme con gorra y braga todo lo que pude, no fuera a insolarme. Esto me daba un aspecto algo particular, como de asaltabancos del oeste, y provocó que cada ciclista o nativo con el que nos cruzásemos me dedicase unas nada disimuladas miradas. Pero honestamente, me la trae al fresco, que ya se sabe: "Ándeme yo caliente... (en este caso a cubierto del sol), y..."




El camino transcurre a medias entre campos de cultivo y la orilla del Danubio, pero es algo irregular. Al menos no nos depara las enormes cuestas que pasamos los días anteriores. De cuando en cuando había campos de cañas para plantas enredaderas, que no supimos identificar, que al menos daban algo de frescor y sombra, pero para cuando llevábamos unas horitas pedaleando la verdad es que estábamos tostados en su punto, excepto Barnabas, que parece que tiene la piel ignífuga (o poco torrefactable). Pues eso, como andaba bien de fuerzas decidió fliparse otra vez. Y otra vez se volvió a perder. Al final le compraremos un cencerro, a ver si así le localizamos sin problemas cada vez que le de por picarse con otro ciclista.

Pronto llegamos a las inmediaciones de la abadía de Weltemburg (Kloster Weltemburg). Es una abadía antigua, aunque como todas las de aquí han sufrido los estragos del estilo Habsbúrguico y ha sido remodelada en la época dorada del barroco. No es tan malo después de todo, pues son construcciones sencillas, un poco al estilo de Melk. Yo es que soy un amante del románico y no puedo evitar lamentar la pérdida de la construcción original, pero es lo que hay. Además la gente del lugar le tiene especial devoción a esta abadía en concreto, y la visita es de la que merece la pena un rato si a uno le gustan estas cosas. La idea era una visita y coger el barvo que lleva a Kelheim, unos km más allá, pues aparte de contentar a Eli con un "crucero" por el Danubio, nos ahorramos unos km de especial dureza por las cuestas. La abadía se encuentra en un cerro, como es lógico para las épocas en que se construyó, y se tiene que pasar por narices ese cerro para continuar el camino. La unanimidad democrática concluyó por aceptar el barquito.


Antes de llegar una pareja de ciclistas estuvo a punto de tirarnos al río. Para ser exactos del todo, a punto estuvieron de echarme al río, pues se cruzaron en mi trayecto pedaleando a toda pastilla para adelantarnos, sólo que yo iba primero y no les ví hasta que se me cruzaron por delante. Los frenos de mi bici impidieron la barbarie, pero quedé un poco "disgustado" con ellos. La razón de tal tropelía era que vieron un embarcadero antes de llegar a la abadía y pensaron que desde allí salía el barco. Y que había que hacer cola. Por eso las prisas y una considerable falta de educación. Lo que no sabían los muy chorras es que ese embarcadeero es el de los monjes de la abadía, y que el barco salía desde detrás de la curva según se llegaba, así que corrían para nada y me molestaban inútilmente (nosotros es que llevamos una buena guía y ya sabíamos eso). Vista la impresentabilidad de ambos cretinos, pasamos de largo por el embarcadeero y allí los dejamos, para que aprendan modales en la espera inutil de un barco que ni siquiera iban a ver desde allí. Nosotros pronto encontramos las taquillas para pagar el pasaje. Ni caro ni barato, 20euros para 3 pasajes con 3 bicis. Acabada la compra, vemos a la parejita susodicha con una bandera americana (EEUU) en sus alforjas (en la que no me había fijado cuando casi me tiran al Danubio) que llegan a la puerta de la abadía y se paran a preguntarme en ese inglés pronunciado con voz de pito que suelen usar: "¿Dónde está la abadía?"

Es verdad que andaba algo disgustadillo por el frenazo que me habían hecho dar los fitipaldis esos, pero el alma de payaso no pudo resistirse, así que giré la cabeza mirando la inmensa mole del edificio abacial, la iglesia y el recinto, les vuelvo a mirar a ellos y les digo sólo unas estoicas palabras miestras señalo con el pulgar hacia atrás: " Es esto". La expresión facial además expresaba un "pero tú eres imbécil o qué?", pero me quedé satisfecho con tal ruin venganza y les dejé ahí plantados. Eli creo se entretuvo en explicarles cuatro cosillas sobre el barco y los pasajes, pero yo ya había cubierto mi cuota anual de perder el tiempo hablando con idiotas y aparqué la bici para visitar la abadía.


No estaba mal del todo, pero desde Melk que estas construcciones barrocas me dejan de impresionar, así que nos pusimos en la cola para coger el barco. Tiene la abadía mejores vistas que edificios. Creo que de alguna forma ofendí a la diosa Fortuna, no sé en qué, pero ese día me castigó nuevamente con la pareya yanky y me los puso justo detrás en la cola. Pero qué habría hecho yo para merecer esto, con lo devoto que soy de la diosa? Suerte que se apiadó pronto de mí y me envió un ángel salvador en forma de pareja alemana de ciclistas, que se pusieron justo detrás de los gringos. A partir de ahí les tocó a los ángeles salvadores hacerse cargo de los cretinos yankis, aguantando una demostración de fanfarronería sin precedentes en la cual para presumir de músculos, el gringo se dedicó a tocar la pierna del alemán, y las mochilas de Barnabas, que le dedicó tal mirada al gringo que se abstuvo de tocar más los cojones de un hispano. Pero vaya par de tocapeloten.

Una vez en el barco, les perdimos de vista. Disfrutamos del trayecto, que no es muy largo pero permite degustar de un crucerillo barato por el río hasta llegar a Kelheim.


La ciudad, a excepción del edificio que la domina desde lo alto, no parecía tener much
o interés, así que seguimos camino.


Para mi placer, seguía justo al lado del río. Para mi disgusto, la parejita tocapeloten, añadida a los pobres alemanes, decidió de acuerdo único de su jeta acompañarnos en ese trozo del camino. No era por el calor, pero mi cabeza estaba echando humo. Me consolé pensando que podía devolverles la "gentileza" del frenazo en algún momento, pero la verdad es queme estaba poniendo de mal humor. Barnabas se dedicó a bajarle los humos un rato al tiparraco ese, pues quiso presumir de potencia ciclista y Barnabas, que anda en buena forma, le dejó atrás para pública y general rechifla. Eli se dedicó a consolar a la pareja alemana, que parecían simpáticos, pero en un momento dado quisieron parar en un recodo del camino a darse un baño. Ocasión la pintan calva, a pedalear a saco y les dejamos unos km atrás, que yo con esos no sigo. Y nos fuimos de allí a la francesa. Antes de irnos vemos como los recataditos tocapeloten se metían poco a poco en el río, mietras que el alemán se quitaba toda la ropa y se echaba de golpe al agua enmedio de los escandalizados yankis.

Paramos a comer en la primera sombra que encontramos, en una especia de picnic que había antes de llegar a Bad Abbach. Y cuando el sol cayó un poco, hacia Regensburg. Este tramo se nos hizo de los más duros de todo el viaje. No porque hubiese muchas subidas o irregularidades, sino porque parecía que nunca llegábamos. Para entrar a Regensburg hay que dar una curva enorme siguiendo el río, a través de un parque con pistas de tierra que hacen el pedaleo algo pesado. Además, con viento en contra. Pero lo peor es que ya desde antes de la curva se ve la ciudad, pero las afueras, y uno va pedaleando a través de km y km sin llegar nunca a la ciudad vieja.


Por suerte acabamos la tortura y en información turística nos reservan un hotel la mar de mono sin cobrarnos nada. Dimos una rápida visitilla a la zona y a comer nos fuimos a un típico local bávaro, el HOFBRAU. Cena a base de salchicas, Chou-krut y cerveza, cómo no, pero nos permitimos la turistada.

Biblioteca de Umberto Eco

Se podrá disfrutar en Bolonia. Al parecer estimó que podía ser difrutada así durante los próximos 90 años. Es su biblioteca personal, que te...