
Aquest bloc preten ser un petit recull d'allò que ens agrada de la vida, els petits plaers, les coses que anem aprenent...
miércoles, 7 de octubre de 2009
Viaje al Danubio: Magris sobre Krems

Viaje al Danubio: Quinta etapa
Despertamos pronto para ir a desayunar y poder visitar con calma la abadía. El desayuno fue de lo más correcto, por más que peculiar, tratando de averiguar qué eran muchas de las cosas que nos servían. Los letreros en alemán no ayudan mucho en esto. Barnabas optó por inflarse de embutidos, que era algo seguro en cuanto a sabor, yo provoqué una fuerte mengua de mermelada de albaricoque, producto típico local, y Eli... bueno, Eli comió alguna cosilla. No me entretendré en hablar de la visita a la abadía, pues ya he relatado algunas cosas, pero baste saber que me encantó y desde luego reemprendí el viaje con cierta nostalgia, en parte por estar alcanzándose ya el final y en parte por el precioso lugar que dejaba atrás. Vida tranquila dedicada al trabajo en el campo y cuantos libros pueda soñar. De no ser por lo del celibato, es el tipo de vida ideal.
Pero el viaje es el viaje, así que descendimos al pueblo, rodeamos la abadía, atravesamos el puente y proseguimos etapa por el margen izquierdo. Esta etapa no ofrece nada en particular salvo un par de cosas: La primera, que se atraviesa el pequeño pueblecito de Willendorf. Para cualquier aficionado a la arqueología esto debería ser una especie de peregrinación a uno de los lugares marcados en rojo fluorescente en los libros de prehistoria, famoso por la Venus hallada casi única en su género. La realidad resulta algo decepcionante, pero más por las ilusiones que uno pudiere haber puesto en su visita que por lo que resulta el pueblo en sí. Nos llamó la atención lo reducido de sus dimensiones y la rareza de sus gentes, que ponen a disposición del viajero botellas de licor con vasitos en alacenas perfectamente al alcance, y a precios escanadalosamente asequibles. Dan por descontada la honradez de los viajeros, pero a estas alturas del viaje esto ya no constituía motivo de admiración. Bello país este, y digno de confianza.
La segunda cosa interesante es de tipo paisajista, y lo constituyen las extensiones de viñas hasta donde se alcanza la vista, ricos vergeles cargados de uva de delicioso aspecto, lugares magníficos donde parar un rato a la sombra de los pámpanos para reposar un rato. Por doquiera que íbamos, campos y campos de vides y bodegas donde se ofrecen vinos a buen precio. Sólo por falta de espacio en las alforjas obviamos una parada en la primera bodega para degustar y llevarnos algunas botellas.
Finalizamos etapa en la ciudad de Krems und Stein. En realidad son 2 ciudades unidas, diciendo los lugareños, medio en broma medio en serio, que son 3 ciudades: Krems, Stein y "Und". Llegamos a media tarde con ritmo tranquilo, sorprendiéndonos al llegar las calles de corte medieval de Stein, prácticamente vacías, decoradas con banderolas y estandartes realzando aún más si cabe su aspecto del medioevo. Al no disponer de alojamiento no nos quedó más remedio que llegarnos hasta la oficina de turismo en Krems, una ciudad más convencional, donde por el módico precio de 3 euros nos encontraron un bed&breakfast en las afueras. Lamentamos al principio la elección, pues estaba más bien lejos, pero fue de las mejores decisiones que hayamos tomado nunca. Para comenzar porque el lugar era mágico, un caserón del siglo XIII que aún servía de bodega, clavado enmedio de viñedos, absolutamente idílico. Nada más llegar tuvimos ciertas dificultades, pues aunque cueste de creer nadie había en recepción, y quien salió a darnos la bienvenida fue un tipo muy simpático que después averiguamos era el dueño, Herr Zöhrer, que en un horrible inglés pero con una sonrisa embriagadora nos ofreció agua, las llaves de la habitación y un torrente de palabras de bienvenida en alemán que lógicamente no entendimos. La estancia en esta casa fue magnífica pese a la manera tan particular y bohemia de llevar el establecimiento que pudimos comprobar las horas siguientes, y a que nadie allí hablaba inglés o cualquier lengua latina, pero supieron hacerse entender siemrpe.
http://www.zoehrer.at
Nada especial que reseñar de Krems. A las 19:00 horas resultó imposible encontrar un lugar donde comer algo, ni siquiera un kebab. Paseamos por el pueblo y compramos una pizza, por señas, en un puesto de reparto a domicilio que vimos abierto. Nos dijeron, o creímos entender, que debían entregárnosla en alguna dirección. Les pedimos que nos llevaran el encargo a la calle, "strasse", justo delante del establecimiento donde había un banco para sentarnos. Y allí nos lo comimos. Delicioso.
martes, 6 de octubre de 2009
Viaje al danubio: La visita a la abadía
Dedicaré una entrada sólo para este espléndido lugar, dejando de momento aparcado el relato del camino. Nos hallamos en una abadía benedictina que se levanta en lo alto de una roca en el pueblo del mismo nombre, ya desde la época medieval, remontándose su inicio hasta el siglo XI (si bien en el recorrido por su interior se llega a mencionar ya desde el IX)
La famosa escalera de caracol del interior de la iglesia. Esta fotografía es famosa y Eli fue capaz de reproducirla de forma espontánea, sin haberla visto nunca antes.

Viaje al Danubio: Cuarta etapa
La noche resultó aceptablemente tranquila pese a que el camping estaba más cerca de lo deseable de la carretera. Barnabas probablemente disienta, precediendo en sus recuerdos ciertas incomodidades derivadas de tener que dormir directamente sobre el suelo que no el hecho incuestionable de lo barato del alojamiento. Eli, por su parte, había dormido como nunca y se encontraba fresca y radiante. Mira que resulta difícil mediar entre estilos diferentes de viajar, pero entre estilos diferentes de dormir la cosa redunda en un surrealismo que roza lo kafkiano, pero esto son historias que no competen al viajero que pueda parar a leer estas líneas. Baste saber que desmontamos la tienda (bueno, Eli y yo desmontamos la tienda mientras Barnabas rehacía su mochila unas cuantas veces...) y nos marchamos a desayunar al pueblo, ya que no tardamos en comprobar que la simpatía del dueño del camping resultaba tremendamente parecida a la antipatía mostrada una vez habíamos pagado. Además, habíamos visto un local casi a pie del río donde desayunamos por poco precio con toda la parsimonia de que fuimos capaces.
En esta tesitura uno, que es observador y curioso, ve que hay un barco que parece hacer la ruta de orilla a orilla. La idea, antes de desayunar, era retroceder 2 km hasta el puente para atravesar el río hasta la orilla derecha y desde allí llegar a Melk. Si Schlogen era el sueño de Barnabas, Melk era el mío. Pero la perspectiva de tener que retroceder aunque fuera tan sólo ese espacio no nos alegraba, así nos dejamos caer por la zona del puerto de Grein y vemos una ingente cola en espera del trayecto en barco. Y allí nos añadimos, claro. Tuvimos que esperar una media hora larga bajo un sol de justicia, motivo por el que Eli y yo decidimos esconder nuestras cabezas bajo una ingente capa de tela, cual islámicos cualesquiera, y así logramos nuestro pasaje. Barnabas optó por chamuscarse al sol, como los hombres. El trayecto en barco, pese a lo corto que es, no queda exento de problemas, ya que a la muy honrada de Eli le dieron mal el cambio, devolviéndole de más, y el problema fue terrible para lograr que e capitán del barco la entendiera habida cuenta de nuestro patético alemán, y sobretodo por el horroroso inglés de él. Por suerte una pareja joven de alemanes nos hicieron las veces de traductores y se solucionó el dilema. Yo tengo menos dilemas morales cuando me devuelven de más en países que se obstinan en no hablar idiomas civilizados y habría optado por menos "show" y además habría tenido 1 euro extra para invertir en líquido frío durante el camino, pero bueno, es lo que hay.
Bien, tras estas vicisitudes logramos por fin reanudar el camino. Este trozo del recorrido es uno de los más hermosos de todo el trayecto, circulando de nuevo al lado de un Danubio hermosísimo, en ocasiones de un azul pálido pero en diversos trozos alternando con un verde turquesa y multitud de cisnes contemplando a los viajeros bien cerca de la orilla. Aunque la temperatura era tórrida, disfrutamos durante muchos km de una arboleda cuya sombra alivió de forma importante nuestras pedaladas. Había incluso bosques frondosos durante varios km, con caracoles gigantes y setas de tamaño increíble:
Eli y yo nos recreamos en este pequeño vergel, aunque Barnabas logró enturbiar tan placentero tramo perdiéndose un rato. En ocasiones, durante los días anteriores, había mostrado cierta tendencia, digamos, a correr a toda la velocidad que podía durante algunos km sólo para adelantar a algún ciclista más “flipado” que el resto. A esto lo llamamos las “flipadas” de Barnabas, y entrañaban algún riesgo para todos dada la amplia historia de incapacidad personal que mostraba para mantenerse dentro de la ruta sin perderse. Que no mira las señales, vamos. Este día, pidiéndonos permiso previamente, se volvió a “flipar”. El problema es que estuvo prácticamente media hora sin que nosotros supiéramos dónde estaba. Claro que esto no tendría mayor importancia si no fuera por dos detallejos sin importancia: In primis, que era perfectamente posible que se hubiera perdido, y dada la capacidad que tiene en las piernas, que no se diese cuenta hasta no ver un cartel indicando “A Estocolmo, 10 km”. In secundum, a que en el reparto de carga él se había quedado con el almuerzo, así que por narices Eli y yo debíamos pedalear cagándonos en sus muelas esperando en vano encontrarlo tras cada recodo del camino. Cosa que sólo ocurrió tras la citada media horita.
Una vez rehecha la unidad grupal, y sin pasarnos con las collejas, pasamos Ybbs an der Donau y paramos a comer. Eran escasamente las 13:00, pero había un sol de justicia y Melk quedaba a unos escasos 15 km, que se podían hacer en poco tiempo por la tarde. Así que en cuanto encontramos un rincón adecuado paramos. Hoy era un día especial, destinado a la comida oficial de nuestros viajes: Legumbre con atún, tomate y aceite. Aceite de oliva virgen, por supuesto, que traíamos desde Barcelona para la ocasión en pequeños botes herméticos. Hay que decir que el pobre Barnabas no parecía muy entusiasmado con esto, evidenciado para un observador como yo por los gestos faciales de asco que realizaba de forma bastante estruendosa. Y magnificados cuando se dio cuenta de que yo me había olvidado los cubiertos y había que comer con las manos… Pero en cuanto probó las alubias, el giro copernicano en su gastronomía cobró el mayor de los sentidos. No es por echarnos flores, pero estaba delicioso y las energías para los últimos km nos permitieron llegar a Melk en un santiamén (una vez finalizada la siesta, claro, que hay costumbres hispanas la mar de recomendables…).
La preciosa Melk se ve desde la lejanía. Bueno, en realidad lo que se ve desde lejos es la abadía, un precioso edificio remodelado durante siglos, pero cuyo interés para mí reside en la evocación de este edificio por el Maestro en su novela "El Nombre de la Rosa". Y en que menciona varias veces en sus libros haber pasdo por ahí en el pasado.
Una vez llegamos al pueblo, buscamos la oficina de Turismo. Allí nos dan la clásica lista de hoteles y nos dicen con toda sinceridad que en este sitio, para visitar, sólo la abadía merece la pena. Curiosa gente son estos austríacos… Pero la sinceridad es muy de agradecer. Como eran casi las 15:30 horas y la abadía cerraba a las 17:00, decidimos buscar alojamiento y visitar la abadía al día siguiente por la mañana y sin prisas.
Para alojarse aquí nosotros recomendamos el Youth Hostel. Aunque está en las afueras del pueblo, eso en realidad supone que escasamente se ha de pedalear medio km, y el lugar es tranquilo, limpio y barato, regentado además por un personal extrañamente amable para los usos tan secos de trato de estas tierras. Una ducha parsimoniosa, un agradable tentempié a base de cuantos líquidos helados pudimos encontrar en una máquina expendedora (qué rico está el Nestea helado de melocotón), y a visitar el pueblo. Es sorprendentemente pequeño, apiñado en la base de la abadía, que lo domina con su inmensa mole, muy tranquilo y que invita a pasear y a perderse por sus calles en un infinito vagabundear por entre casitas de ensueño, tiendas de delicatessen y mil pequeños detalles para disfrutar. Ya en el crepúsculo las luces de la abadía eclipsan las del pueblo dando una atmósfera tan irreal como irrepetible para cualquier otro lugar de esta tierra. No hicimos nada esta noche salvo pasear y cenar lo más tarde que pudimos, pero nos sentó francamente bien. La timba de la noche acabó, como siempre, en victoria de este que escribe. Cuando este par de perdedores me lean: Que hago trampas, a ver si os fijáis un poco la próxima vez.
lunes, 5 de octubre de 2009
Viaje al Danubio: Magris sobre Grein
En estos pasajes vivía Strindberg, con su mujer austríaca; Encontraba, según dicen los estudiosos, inspiración para Infierno y Hacia Damasco. Miro a mi alrededor; Es fácil imaginar lo que podía sugerir este paisaje desvaído a la nostalgia romántica de Eischendorff, pero es arduo entender qué podía leer en él el furor visionario del sueco.
Viaje al Danubio: Magris sobre Mauthausen
Es posible que los testimonios más próximos a esa realidad tampoco los hayan escrito las víctimas, sino los verdugos, Eichmann o Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz – probablemente porque, para explicar lo que era aquel infierno, sólo cabe citar al pie de la letra, sin comentarios y sin humanidad -. Un hombre que lo cuente con ira o con piedad lo embellece sin querer transmite a la página una carga espiritual que atenúa, en el lector, el choque de esa monstruosidad. […]
El libro más grande de los Lager lo escribió, en las semanas que transcurren entre su condena a muerte y su ahorcamiento, Rudolf Höss. Su autobiografía, Comandante en Auschwitz, es el relato objetivo, imparcial y fiel de las atrocidades que sobrepasan cualquier medida humana, haciendo intolerables la vid y la realidad, y que deberían sobrepasar y por tanto impedir también su representación, la mima posibilidad de contarlas. En las páginas de Höss el exterminio parece narrad por el Dios de Spinoza, por una naturaleza indiferente al dolor, a la tragedia y a la infamia; Su pluma registra imperturbable lo que ocurre, la ignominia y la vileza, los episodios de bajeza y de heroísmo entre las víctimas, las dimensiones monstruosas de la masacre, la grotesca solidaridad automática que se crea por un instante, bajo las bombas, entre verdugos y perseguidores. […]
Desciendo la Escalera de la Muerte, que conducía a la bodega de piedra de Mauthausen. Sobre estos 186 elevados peldaños los esclavos transportaban piedras, caían por el cansancio o porque los SS les hacían tropezar y rodar bajo las piedras, eran abatidos a palos o a tiros. Los peldaños son bloques desiguales y empinados, el sol abrasa; La masacre está todavía próxima, acuden a la memoria divinidades arcaicas ávidas de sacrificios humanos, las pirámides de Teotihuacan y los ídolos aztecas, aunque unos dioses más modernos y civiles no hayan impedido que los torturadores sigan torturando. El libro de Höss es terrible – terriblemente instructivo – porque su épica concatenación de los hechos muestra cómo en la mecánica rueda de las cosas las personas pueden llegar, un paso tras otro, a convertirse no sólo en guardias urbanos o cocineros del ejército del Tercer Reich, comparsas del horror, sino incluso en campeones y directores del exterminio, comandantes de Auschwitz. […]
Pero sobre estos peldaños el individuo también ha sabido hacerse único e imborrable, mayor que Héctor ante las murallas de Troya. Aquella joven que, bajo el umbral de la cámara de gas de Auschwitz, se vuelve hacia Höss y le dice despreciativa- como él mismo cuenta – que no ha querido que la seleccionaran, como habría podido hacer, para seguir a los niños que le habían sido confiados, y luego entra segura con ellos en la muerte, es la prueba de la increíble resistencia que el individuo puede oponer a lo que amenaza con aniquilar su dignidad, su significado. En los diferentes Lager y también sobre esta escalera de Mauthausen se han producido muchas de estas gestas, de estas Termópilas que detienen la marea de la abyección.
Mientras permanezco en la escalera, tengo ante mis ojos una fotografía de las muchas que he visto poco antes en el Lager. Es la fotografía de un hombre sin nombre, por el aspecto probablemente un balcánico, un europeo sudoriental. El rostro está desfigurado por los golpes, los ojos son dos grumos hinchados y ensangrentados, la expresión es paciente, de humilde y sólida resistencia. Viste una chaqueta remendada, en los pantalones se ven unos parches cosidos con cuidado, con amor al decoro y la limpieza. Ese respeto de sí mismo y de la propia dignidad, mantenido en el corazón del infierno y dirigido incluso hacia sus propios pantalones andrajosos, hace que los uniformes de las SS, o de las autoridades nazis que visitaban el Lager, se perciban en todo su miserable travestismo carnavalesco, trajes alquilados en el monte de piedad, con la convicción de que un baño de sangre conseguiría hacerlos durar un milenio. Duraron 12 años, menos que el viejo anorak que suelo llevar cuando viajo.
sábado, 3 de octubre de 2009
Viaje al Danubio: Tercera etapa
La primera parte del trayecto consistía en recorrer lo más rápidamente posible unos 25 Km para legar a Mauthausen. Pocos habrá que no reconozcan el horror en el nombre de este pequeño pueblo anclado en uno de los más bellos paisajes de Austria, que sería desconocido para el mundo de no ser por la barbarie que acompaña a su sonoridad. Es inexcusable atravesar estas tierras sin pararse a visitar el lager Mauthausen, uno de los más conocidos campos de concentración de la II Guerra Mundial, testigo del horror más abyecto que pueda pensarse que sea capaz el género humano. Nos costó llegar hasta allí. Para comenzar porque, a diferencia de lo que nos habíamos encontrado hasta el momento, el encargado de la señalización de esta zona debía ser siciliano (entendámonos, no había indicación ninguna y nos perdimos). Tuve que entenderme con un fontanero austríaco que, en el idioma universal de los signos, tuvo a bien indicarnos por dónde era. Pero no bien habíamos encontrado ya el camino, nos cercioramos que nuestra guía no exagera cuando dice que ascender hasta el lager, en lo alto de una colina, no era tarea nada fácil: Rampas de ascenso de hasta 14%.
Eli y yo, que no tenemos apenas orgullo ni sensación de ridículo para estas cosas, optamos por bajar de la bici y proceder a empujarla cuesta arriba, como vemos que hacen los nativos de la zona que nos anteceden. Barnabas, que tiene en más alta medida su capacidad ciclista, decide tirar de “molinillo” y hala, “p’arriba”. Loable, aunque si a alguien le interesa un buen consejo, con las mochilas y la solana es mejor empujar la bici. Tras un interminable ascenso llegamos por fin al lager. La visita es impresionante. Testigos mudos del horror, los muros aún conservan la estructura fundamental que tuvieron entonces y nada falta en la visita que impida comprender qué fue lo que allí aconteció. Los visitantes deambulaban como nosotros apenas susurrando entre ellos en un silencio casi sepulcral. Fotografías espeluznantes, relatos para la inmortalidad de las salvajadas allí practicadas, banderas, recordatorios, mensajes en papel en casi cada rincón de familiares y supervivientes que, supongo armados de valor y venciendo la repugnancia, regresaron al lugar para quizá recordar, seguro a lamentar y llorar el recuerdo de sus pasos eternos por el campo. Las cámaras de gas, el crematorio, lugares de ejecución, los barracones, hasta las letrinas emanaban un lamentable y espeluznante aura de crimen y terror. Casi todas las explicaciones estaban sólo en alemán, pero apenas había necesidad de ellas. Al menos, nosotros no las necesitamos.
Y faltaba la famosa cantera. Hacía unos años, en un reportaje que llegaba al alma, uno de los supervivientes españoles, endurecido por la experiencia y los años, se dejó filmar con abundantes lágrimas en unos ojos de increíble ternura, cogiendo una pequeña piedra de la cantera y depositándola en el monumento de los prisioneros españoles, dentro del mismo lager. Inolvidable escena, e inolvidables palabras: “Es la última piedra que subo de la cantera de Mauthausen”. Buscamos entonces la escalera de la Muerte. Nunca un nombre estuvo tan bien buscado… Escalones irregulares de piedra casi resbaladiza. Barnabas y yo la bajamos con precaución y mucho tiento y aún así resultó complicado. No quisimos imaginar cómo sería eso con cientos de prisioneros trastabillando a nuestro alrededor, en invierno, con nieve y hielo, y multitud de guardianes llenos de sadismo poniendo el pie en el momento más inoportuno:
Daba pavor sólo de pensarlo. Llegados abajo, recogimos 3 piedrecillas que subimos luego y depositamos en el citado monumento, reprimiendo seguro alguna lágrima en este tierno homenaje a aquella pobre gente. Y nos fuimos de allí. Hartos ya de tanto horror aunque es una visita que nunca jamás debería dejar de hacerse. Cuando marchamos estaba ya cercano el mediodía solar, pero teníamos que partir para llegar este mismo día a Grein, a 50 km de distancia. Las rampas tan fatigosas al subir devienen en maravillosos caminos de descenso pero precaución, que es fácil correr más de la cuenta en una bajada tan larga y empinada. A partir de ahí fuimos tan rápido como pudimos hasta que el calor resultó excesivo y buscamos un lugar donde comer. Cerca de Au an der Donau encontramos un maravilloso espacio arbolado al lado mismo del río donde comer y hacer una siesta reparadora. Ya por la tarde pedaleamos con un par de paradas de descanso rápido, atravesando uno de los paisajes más maravillosos que habíamos visto hasta el momento. Cabe decir que pasando el pueblecito de Mitterkirchen im Machland el camino se desvía hacia el interior y el contraste del paisaje resulta contundente: Se atraviesa por medio de bosques espesos, campos de maíz, manzanos, cañaverales salvajes… Nuestro cansancio nos impedía disfrutar del lugar como merecía, pero si alguien desea viajar más despacio o con menos imperiosidad puede parar aquí tranquilamente a merendar. El sitio vale la pena. Muertos de cansancio llegamos por fin a Grein. Desde la lejanía se nos aparecía como un pueblo hermoso, más aún por lo deseable de su advenimiento y en verdad que no ha de desengañar su aspecto a su tangible realidad. Una vez acomodados, es un decir, en el camping del lugar, procedimos a buscarnos la cena. Aviso para viajeros: Toda la simpatía y capacidad políglota del encargado del camping desaparecen como por arte de encantamiento una vez se ha pagado preceptivamente en la entrada. A partir de entonces el encargado se muestra brusco, hasta hostil, en un esfuerzo mínimo por disimular el fastidio que le producía nuestra presencia. En fin, dada la “simpatía” del tiparraco este, optamos por ir a un restaurante a cenar. El pueblo es una colección de calles bonitas y tranquilas. En algunas esquinas se oía música tradicional y en conjunto el lugar resultaba muy agradable. Eso sí, por precios asequibles se come muy bien. Recomiendo el Goulash. No decepcionará a nadie.
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