miércoles, 29 de julio de 2009

lunes, 6 de julio de 2009

S'as gira


Una pequeña historia que el Maestro evoca en su libro “La misteriosa fiamma della Regina Loana” acerca de su abuelo, que resulta una anécdota divertida y muy representativa de algunos tiempos pasados. Transcribo a continuación una versión libre del texto:

El abuelo era de verdad un periodista, de los que trabajan en los periódicos. Lo fue hasta 1922, y el periódico era un diario o una revista socialista. En aquellos tiempos, con la inminencia de la Marcha sobre Roma, los escuadristas iban por el mundo con la porra y les alisaban la espalda a los subversivos. Pero a los que querían castigar de verdad les hacían beber una robusta dosis de aceite de ricino, para purgarles de sus ideas retorcidas. No una cucharadita, por lo menos medio cuartillo. Entonces sucedió que los escuadristas allanaron la sede del periódico donde trabajaba el abuelo: Calculando que debía haber nacido hacia 1880, en el 22 tenía como poco 40 años, mientras que los justicieros eran unos mozalbetes. Lo rompieron todo, incluidas las máquinas y la pequeña tipografía, tiraron los muebles por la ventana y, antes de desalojar el local y cerrar la puerta clavando 2 tablones, agarraron a los 2 redactores presentes, les propinaron una paliza suficiente y luego les dieron el aceite de ricino.

Un pobrecillo al que le hacen beber eso, si consigue llegar a casa con sus 2 piernas, pues no le diga donde se pasa los días siguientes. Debió de ser una humillación de las que no se pueden ni decir.

Se adivinaba, por los consejos que le escribía a un amigo milanés, que a partir de ese momento (visto que los fascistas se saldrían con la suya algunos meses más tarde) el abuelo decidió dejar los periódicos y la vida activa, puso su pequeña librería de viejo y así vivió en silencio durante 20 años, hablando o escribiendo de política sólo con los amigos de confianza.

Pero no se olvidó de quienes le habían introducido personalmente el aceite en la boca mientras sus compinches le tapaban la nariz. Era un tal Merlo, el abuelo lo supo siempre, y en 20 años no le perdió la pista jamás.

El abuelo había vuelto a casa con la carne debilitada por el aceite pero con el espíritu aún indómito. Con las 2 primeras descargas no tuvo tiempo de pensar en lo que hacía, y echó fuera el alma. A la tercera o cuarta, decidió defecar en un orinal. Y en el orinal recogió aceite mezclado con eso que sale cuando uno se toma la purga. El abuelo vació un envase de agua de rosas de la abuela, lo lavó cuidadosamente y metió dentro tanto el aceite como esa cosa. Enroscó el tapón y lo cerró con lacre, de manera que ese licor no se evaporara y mantuviera intacto su bouquet, como les pasa a los vinos.

Guardó la botellita en su casa de la ciudad y, una vez que nos refugiamos en Solara, se la llevó al despacho. Se ve que Masulu pensaba como él, y sabía la historia, porque cada vez que entraba en el despacho miraba primero el frasquito, luego al abuelo, y hacía un gesto: Tendía la mano hacia delante, con la palma hacia abajo, luego giraba la muñeca para colocar la palma hacia arriba y decía en tono amenazador: “S’as gira”, que quería decir si giran las tornas, si un día las cosas cambian. Y el abuelo, sobre todo en los últimos tiempos, respondía: “Giran, giran querido Masulu, los otros ya han desembarcado en Sicilia…”

Llegó por fin el 25 de julio. El Gran Consejo puso a Mussolini contra las cuerdas la noche anterior, el rey lo destituyó, 2 carabineros lo cargaron en una ambulancia y se lo llevaron quién sabe dónde. El fascismo había acabado.

Había llegado también la hora del abuelo. “Ha girado”, le dijo lapidariamente a Masulu, y éste entendió que tenía que ponerse manos a la obra. Llamó a 2 muchachotes que lo ayudaban en los campos, el Stivulu y el Gigio, ambos bien plantados, con la cara enrojecida tanto por el sol como por el Barbera y unos músculos tal que así, sobre todo el Gigio, que cuando un carro se quedaba atrancado en un foso lo llamaban a él para que lo sacara a pelo, y los mandó a todos los pueblos de los alrededores, mientras el abuelo bajaba al teléfono público de Solara y recababa información de sus amigos de la ciudad.

Por fin, el 30 de julio, se localizó al Merlo. Su casa o su finca de cmpo estaba en Bassinasco, no muy lejos de Solara, y allá se había retirado sigilosamente, sin hacerse notar. Nunca había sido un pez gordo y podía esperar que se olvidaran de él.

- Iremos el 2 de agosto- Dijo el abuelo – porque fue precisamente el 2 de agosto de hace 21 años cuando ése me dio el aceite. Iremos después de cenar, porque a esa hora el Merlo habrá acabado de atiborrarse como un preboste, y es el momento adecuado para ayudarlo a digerir.
Tomaron la calesa y salieron al atardecer hacia Bassinasco.

Llegados a casa del Merlo, llamaron a la puerta. El Merlo fue a abrir con la servilleta de cuadritos todavía en el cuello, quiénes sois quiénes no sois, naturalmente la cara del abuelo no le decía nada, lo empujaron dentro, Stivulu y Gigio lo obligaron a sentarse sujetándole bien los brazos detrás de la espalda y Masulu le tapó la nariz con el pulgar y el índice, que solos se bastaban para tapar una damajuana.

El abuelo, con calma, recordó la historia de 21 años antes, mientras el Merlo negaba con la cabeza, como si dijera que se trataba de un error, que él nunca se había interesado por la política. El abuelo, una vez acabada su explicación, le recordó que a él, antes de meterle el aceite en la garganta, le habían animado, con algún que otro bastonazo, a que dijera con la nariz cerrada alalá. Él era una persona pacífica y no quería usar el bastón, así que si Merlo quería colaborar amablemente era mejor que dijera enseguida ese alalá para evitar escenas embarazosas. Y Merlo, con énfasis nasal, gritó alalá, que en definitiva era una de las pocas cosas que había aprendido a hacer.

Después de lo cual, el abuelo le introdujo el frasquito en la boca y le hizo tragar todo el aceite, con su dosis de materia fecal en solución, correctamente envejecido a la temperatura adecuada, añada de 1922, denominación de origen controlada.

viernes, 3 de julio de 2009

Venezia



Extraña ciudad. Se esperaría siempre que el epíteto fuera "bella", pero resulta ya tan manido que vale quizá más ser sincero y mencionar la extrañeza y la irrealidad de una ciudad enclavada en una laguna con el impacto viasual del resol de sus aguas a mediodía. Y el efecto embriagador de su estética al anochecer. Encanto para poetas, músicos y pintores, y resonancia de alegrías y una vida del pasado de la República Sereníssima.
Paseando por sus calles se encuentra uno miles de veces con una casa muy hermosa encaramada al borde del agua, con un camino al lado de un puente para confrontar la pena rosada, por donde por la noche se encarama una luna de sucia nieve. Las barcas estrían en unas aguas vinosas, izada en los palos el trapo y la enseña de San Marcos que tornan en un bosque sombrío los arcos del puente de piedra. Otras veces es un "palazzo" solitario, lleno de arabescos, de aspecto tímido pero novelesco que oculta a las miradas fragantes jardines de un inmarcesible deseo de naturaleza terrestre dentro de la propia laguna, y con flores de desencanto del acuático entorno. Ciudad inverosímil, de maquiavélica delicadeza.

lunes, 29 de junio de 2009

Consolación de la Filosofía

El poema que inicia "la consolación de la Filosofía":


Yo, que con juvenil entusiasmo compuse en otro tiempo canciones,
¡ay!, me veo obligado a entonar llorando tristes poemas.
Las Camenas, desgarradas, me dictan lo que debo escribir
y versos elegíacos bañan mi rostro con sinceras lágrimas.

Al menos a ellas ningún terror pudo impedir que, fieles compañeras, me acompañaran en mi camino.
Gloria de mi juventud, feliz y vigorosa,
ellas consuelan ahora la desgracia de un triste viejo.
Impulsada por los males, la vejez, inesperada, ha llegado,
y el dolor ha decidido que empezase su estación.
Precoces canas cubren mi cabeza
y la piel marchita se estremece sobre mi debilitado cuerpo.
¡Bienvenida sea la muerte para los hombres cuando, sin turbar los dulces años,
acude a la llamada del afligido!.

Pero ¡ay!, cómo huye en las desgracias con oídos sordos
y se niega cruelmente a cerrar los ojos de los que lloran!.

Cuando la infiel Fortuna me favorecía con sus vanos éxitos,
poco faltó para que la hora fatal se apoderase de mí.
Ahora que, ensombrecida, cambió su engañoso rostro,
esta vida despiadada prolonga sin esperanzas el final,
¿por qué, amigos, aclamasteis tantas veces mi felicidad?
Quien ha caído no sabía caminar con paso firme.


jueves, 25 de junio de 2009

Las Confesiones


Las Confesiones se redactan entre 397 y 398, cuando San agustín tiene 43 años. No es la obra de un viejo que rememora su pasado sino la mirada de un hombre maduro que mira hacia atrás en su vida, angustiado por el peso del pecado cometido años ha. Es una obra complicada y su contenido corresponde sólo de forma parcial a lo que se conoce hoy en día con este término. Así, los libros XII y XIII son un comentario alegórico sobre el Génesis. El libro XI trata del tiempo y expone su famosa teoría sobre la creación y el tiempo. El X es una reflexión sobre el hombre de 43 años que escribe la obra, sobre sus convicciones, sus sentimientos, su sensibilidad. Los elementos biográficos son poco numerosos y están interrumpidos por largas disgresiones, algo inusual para la narrativa moderna. Este género literario tiene pocos antecedentes, como enla literatura de memoria en Roma, de res gestae, destacando Sila, Varrón o Cicerón. Este tipo de obras se daba en exclusiva en hombres de edad madura que se dedicaron a la vida pública. Para análisis del pensamiento íntimo sólo encontramos breves reflexiones de filósofos, como las del emperador Marco Aurelio. Algunos escritores cristianos habían intentado explicar los motivos que los habían llevado a convertirse, como san Hilario en sus primeras páginas sobre la Trinidad, o Gregorio Nacianceno que compuso un poema sobre su vida. Estos intentos tenían como objetivo una especie de justificación teológica y no suponían un relato vivo como el de Agustín. Su originalidad aquí es importante. Las Confesiones responden a un sentimiento de humildad. Agustín confiesa faltas pasadas y errores de juventud, por “miedo a que alguien lo estimara por encima de lo que en realidad era”. Este aspecto lo confirma su biógrafo y amigo Possidio. Es el resultado de una larga meditación teológica. En los años que preceden a la obra medita fundamentalmente sobre la gracia divina. Acaba de convencerse de que, sin la ayuda divina, la libertad humana deriva inevitablemente en mal. Su vida, relata, es ejemplo de esto porque sin mérito por su parte, Dios lo ha apartado del mal camino, y por tanto ha de proclamar la gracia que a recibido. El verbo confiteri expresa en su significado ese deseo de exaltación y de reconocimiento. Y este es el sentido fundamental de la obra que la traducción oculta bajo el de las confesiones. Así se explican largas plegarias y las disgresiones sobre el esplendor de la obra divina., algo que raramente puede comprender un lector de nuestro tiempo. Esta obra tuvo un enorme éxito, que Agustín mismo recuerda en las Retractaciones: “Sé que mis Confesiones han gustado y gustan mucho a numerosos hermanos”. Apenas hay relatos de conversiones que en mayor o menor grado no se hagan eco de San Agustín.

lunes, 22 de junio de 2009

Vida de San Agustín


Con San Agustín la literatura cristiana latina alcanza una maestría jamás conseguida hasta entonces, por un uso del latín escrito comparable al de los grandes autores romanos. Su latín expresa matices muy finos. Profundamente romano, San Agustín introduce en el dominio latino análisis filosóficos, psicológicos y morales de gran agudeza.

Aurelio Agustín nació en Tagaste (Numidia) el 13 de noviembre de 354. Romano de África, su familia recibió la ciudadanía por un edicto del emperador Caracalla en 212. Su familia pertenece a un medio rural humilde, y su madre, Mónica, es cristiana y muy piadosa. Aprende en la escuela primaria de Tagaste y más tarde acude a la escuela de Madaura. Debe interrumpir sus estudios a los 16 años de edad por falta de medios económicos, pero puede retomarlos un año más tarde en Cartago gracias a un amigo de la familia. Cartago es la segunda ciudad de Occidente, y lógicamente hace sucumbir a sus encantos a un joven recién llegado del campo aunque pese a su afición reconocida por los espectáculos sigue siendo un alumno aplicado al frente de su clase en la esuela de retórica.

Siguiendo el ciclo normal de los estudios, a los 19 años de edad procede a la lectura del Hortensius de Cicerón, que le provoca el gusto para siempre del debate intelectual. Es entonces cuando también leería la Biblia siendo catecúmeno. La encuentra obviamente oscura y de estilo bárbaro en comparación con la literatura clásica, y se siente atraído por los maniqueos. A afirmación de un principio del bien y uno del mal le parecía que resolvía mejor los problemas del origen y existencia del mal. Fue maniqueo durante 9 años con convencimiento cierto.

Al acabar sus estudios se instala en Tagaste como profesor de retórica y vive con una mujer, si bien sin casarse con ella. Su nombre nos es desconocido, y con ella tiene un hijo, Adeodato. Más tarde abandona su ciudad y se instala en Cartago durante 8 años. Entonces sus convicciones maniqueas se rompen tras un encuentro con un obispo, Fausto, que le provoca una enorme decepción y le incita a una ruptura definitiva. En 383 parte a Roma, pero obtiene la cátedra de Milán, ciudad imperial, donde busca progresar con un panegírico a Valentiniano II y otro al conde Bauto.

En esta época está lleno de dudas. No está seguro de la existencia de la verdad y busca en San Ambrosio consuelo intelectual, seducido por su fama de elocuente. Se hace asiduo de sus sermones. Su crisis decisiva se da en 386, y él mismo la cuenta en sus Confesiones: Meditando en su jardín de Milán, oye la voz de un niño que parecía cantar: “Toma y lee” (Tolle et lege). Abre entonces las Epístolas de San Pablo y lee: "Nada de francachelas ni de orgías, nada de asuntos de cama ni de excesos: Revestíos del Señor Jesucristo y no busquéis más contentar a la carne en su concupiscencia". Recibe el texto como una advertencia divina. Se retira entonces con su madre y unos amigos a Cassiciacum para pasar el retiro y la meditación previas al bautismo, que recibe en Padua. Regresa después a África, aunque su madre muere en Ostia y le supone un gran retraso. En Tagaste vende sus bienes y organiza una comunidad monástica, y 3 años después el obispo de Hipona, Valerio, le nombra sacerdote, de una forma digamos que un poco imprevista. A la muerte de este, le sucede en el puesto. Su autoridad doctrinal crece rápidamente, de tal forma que el obispo de Cartago acaba por consultarle cualquier cuestión doctrinal. Intervendría en todos los debates religiosos componiendo obras intelectuales hasta su muerte en Hipona en 430, con 76 años, momento en el que los vándalos de Genserico ponen sitio a la ciudad.

martes, 16 de junio de 2009

Sobre la Barba


Umberto Eco se presentó en el Círculo de Bellas Artes ante la prensa con su característica barba rasurada. Los calores del verano quizá hayan influido en esta decisión sobre su imagen.

Aunque espero que se la vuelva a dejar crecer...

Apoyado en un bastón, Eco no ha perdido, a pesar de sus 77 años, ni un ápice de vigor intelectual ni de simpática ironía. Rodeado por una auténtica nube de fotógrafos, como si se tratara de una estrella de cine, visiblemente contento por recibir un premio en España, el escritor no ahorró críticas para sus compatriotas ni para el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. Al contestar a una pregunta sobre el libro que le regalaría a este, este doctor honoris causa por más de 30 universidades de todo el mundo declaró: "No le regalaría ninguno porque él mismo ha dicho que hace 20 años que no lee, aunque a la vista de las últimas noticias, le regalaría Lolita, de Nabokov".

Biblioteca de Umberto Eco

Se podrá disfrutar en Bolonia. Al parecer estimó que podía ser difrutada así durante los próximos 90 años. Es su biblioteca personal, que te...