miércoles, 5 de octubre de 2011

Loira en bicicleta: Etapa 5

31/08/2011

Miércoles. Día anodino por excelencia, y tal debía ser este también. Amanece nuboso y con algún chirimiri ocasional, pero no de calado suficiente como para impedirnos, de momento, pedalear. Nos zampamos un desayuno sencillo y a pelearnos con la guía y las indicaciones a veces inexistentes, de tal forma que en más de una ocasión damos rodeos absurdos. El peor fue el caso de un puente en el que nos hacen hacer un giro de 270 grados por debajo de un puente sólo con el objetivo de no tener que cruzar una carretera no demasiado transitada. Y en otras ocasiones vemos cómo damos vueltas bastante largas que sólo con recorrer algunos cientos de metros por una carretera eran perfectamente evitables. Mi único consuelo es que va pasando por varias iglesias románicas bien bonitas, y que me permiten visitar sin prisas. Total, fuera a veces chispea y por lo general hace mal tiempo, así que hasta Barnabas y su alergia a cuanto tenga que ver con la Iglesia ceden por un ratito de cobijo en algún soportal o en una visita lenta por dentro de la iglesia.


Pasamos Gennes, Besse y Cunault, y llegamos a un picnic bien acondicionado donde hacemos descanso. Barnabas se pasa un buen rato en el lavabo, pero Eli y yo ni le damos importancia. No nos percatamos de nada extraordinario, pero resulta que se había quedado encerrado dentro y tuvo que abrir la puerta a hostias. Cuando nos lo contó casi le damos como moraleja que algún problema tenía que tener ser lento, y es que los demás no nos damos cuenta de si hay problemas porque siempre tarda mucho.

Después de comer el tiempo empeora. Ya no es chirimiri de cuando en cuando, sino lluvia bastante tocanarices. Vamos bien equipados, pero los que tengáis gafas ya sabéis que molesto resulta pedalear de esta forma, así que ante las dudas que suscita este dichoso país para encontrar alojamiento decidimos ir a lo seguro y concluir etapa en Angers. Por ser una ciudad grande pensamos que no habría problemas, y tomamos un desvío hacia la ciudad, lo cual no nos permite visitar Les Ponts de Cé. Me aguanto y listos. Por fortuna soy compensado con un recorrido por la campiña, preciosa en esta época del año, y con un elemento de diversión añadido: Pasando la Daguenière hay que cruzar un río con una barcaza. Esta barcaza no tiene barquero, sino que por un sencillo ingenio de cadenas es el propio usuario quien la maneja para ir de una orilla a otra. Nos cruzamos aquí con unos madrileños que hacían el recorrido a la inversa, bastante majos pero algo inconscientes, pues nos dijeron que el tiempo era muy bueno. Yo, que veía llover cada vez con mayor preocupación, opto por dejar las relaciones institucionales a Eli y me pongo a estirar de la cadena para cruzar la barcaza. Barnabas más me estorbó que me ayudó, pero resultó divertido.


Tras unos kilometrillos de nada llegamos al fin a Angers. La llegada es a través de un paisje muy curioso con grandes túmulos de pizarra, pero que nos deja sin indicaciones justo al llegar a las afueras de Angers. Y aquí vimos que la guía que llevábamos no servía para nada, dejándonos más que colgados. Y sin indicaciones en el terreno. Por suerte el GPS de Barnabas aquí sí resultó útil y tras varios intentos frustrados llegamos al fin al centro. En el Grand Hotel de la Gare nos atendieron de maravilla, y obtenemos habitaciones a buen precio. Visitamos tras una reparadora ducha calentita la ciudad. Algo ruidosa para mi gusto, pero el aspecto monumental era excelente, así que me dejó una sensación agridulce. Bueno, el chateaux era algo chato pero bien fortificado, y tienen una catedral bastante impresionante. No forzamos demasiado. Al lado del mismo hotel paramos en un puesto de kebabs que era el más limpio que he visto en mi vida, y a dormir.

Loira en bicicleta: Etapa 4

30708/2011

El desayuno por la mañana fue digno de un rey. Chocolate en taza, buffet libre de mermelada con la mantequilla de la región (excelente) y una macedonia de fruta perfumada con menta. Incluye la mantequilla salada típica de Bretaña. Ah, 2 besos les habría dado a los dueños, qué manera de disfrutar. Había que compartir mesa con otros inquilinos, pero no fue un problema. Yo no hablo francés, y ellos no hablan ninguna lengua civilizada, así que ustedes deglutan a lo cafre sus viandas, que yo disfrutaré en mi rincón de las mías y no osen emitir sonidos molestos que me interrumpan. Merci.

Luego dimos un vistazo al pueblo. La impresión de la noche anterior se reafirmaba y la parte visitable del castillo sin tener que pagar era bastante grande. No entramos más por tener que partir enseguida, que no por el precio, que era asumible y quizá valiera la pena: Es el castillo mejor amueblado del mundo, ya que a un filántropo medio chiflado le dió por coleccionar muebles medievales y al morir los donó al pueblo. La tienda de regalos estaba bastante bién además. Cumplimos con la obligación aquí de pillar algo para respectivas santas madres.


Y nos ponemos en camino hacia Chinon. En medio del trayecto está el castillo de Rigny, que es un caso más en la sucesión de cosas interesantes que hubiéramos visto de no ser por el desorbitado precio de tiquet de entrada. Así que tomamos el desvío hacia Chinon y a la tónica rompepiernas. Después de varios días con esto los cuádriceps se están poniendo al nivel de culturista... pero la verdad es que se hace duro. Sobretodo porque la temperatura es más cercana a la esperable en andalucía que a la esperable en el norte de Europa.


A Chinon llegamos casi a la hora de comer. Es una llegada algo rara, pues llegamos directamente a un castillo que domina la región desde su altura, y que conviene visitar (si se desea pagar 15 euros, claro) antes de ir a la ciudad. ¿Por qué motivo? Pues porque para ir a la ciudad se ha de bajar una cuestecita que me fundió los frenos, y una vez abajo le das un vistazo y piensas a continuación que prefieres hacer la mili 3 veces antes que osar subirte eso con alforjas en agosto a las 14:00 horas. Barnabas dijo que él podía subir y con plato grande, pero Eli y yo nos lo miramos por encima de las gafas....

Una vez en Chinon es como regresar de golpe a la Edad Media. Todas las casas tienen un inconfundible aire medieval, y las calles son retorcidas y estrechas. Y llenas de cuestas. Está situada a los pies de una colina dominada por el castillo y si de golpe saliera un tipo a caballo y con armadura creo que nadie se sorperendería. Buscando una sombra, nos pusimos en un lateral de la iglesia de St. Jean y degustamos tranquilamente nuestro pan y queso. Y unos litros de agua. Vaya calor.


Como nos queda aún mucho de jornada por pedalear, decidimos irnos a Saumur y abandonamos Chinon. Desde las afueras la vista es aún mejor y paramos un ratito a zamparnos unos "haribos", sólo por ver la ciudad un rato más. Este nuevo tramo resulta agotador. No hay mucho rompepiernas, pero el cansancio de los días anteriores se hace notar, especialmente Eli y yo. Barnabas tiene uno de sus arrebatos flipantes y nos deja durante varios km muy por detrás de él. Además hace mucho calor. Con esto tengo una excusa perfecta para parar muchas veces, cosa que hago en Candes St. Martin y me dejan así visitar una iglesia románica muy particular en cuyo interior además está la tumba de San Martín. El santo ese que le dió la mitad de su capa a un mendigo... Franceses... Cómo se nota que ese santo es local, que en Hispania a nadie le hubiese llamado la atención semejante pamplina, que si San Martín hubiese sido ibérico le habría dado la capa entera. So tacaño, qué carajo quieres que haga un tipo con media capa? Un foulard? Por lo menos la iglesia valía mucho la pena por lo inhabitual de su arquitectura y adornos.



Como me van dejando parar de cuando en cuando logro superar el siguiente tramo de forma aceptable, y eso que un nuevo rompepiernas comienza a hacerse pesado. Subir, bajar, subir, bajar... y así kilómetros y kilómetros. El paisaje ofrece entretenimientos, como un molino de viento ciertamente curioso y casas excavadas en la piedra, troglodíticas pues, convertidas en elemento turístico, pero lo que más nos sorprende es al llegar a una bifurcación. El cansancio nos hace tomar la ruta al lado de río, teniendo que bajar desde las colinas que íbamos siguiendo de cúspide en cúspide, y de urbanización en urbanización. Al poco tiempo de comenzar a descender encotramos un montón de bodegas excavadas en la roca, que se pueden visitar completamente gratis. Y que no figuran en nuestra guía. Qué raro, o qué mierda de guía. Y estaban completamente organizadas para que el visitante no se extravíe y con numerosas placas con explicaciones sobre la razón de ser de cada elemento visitable. Una joyita, vaya, y justo antes de llegar a Saumur. Esta ciudad no nos ofrece nada espectacular salvo por el hecho de encontrar hotel a la primera. Cosa rara en estas tierras.



El chateaux no está mal, pero andamos ya algo saturados de castillos, y lo mejor acaba siendo un paseo que nos damos por calles sin luz hasta llegar a él, en lo alto de una colina. Una cenita de crepes y algunas quejas de Barnabas acerca de lo poco que le cunden y se nos ternina el día. Esto de las crepes tendrá su importancia en un par de entradas, je, je...

Loira en bicicleta: Etapa 3

29/08/2011

El día de hoy pretendía ser raro. Raro porque habíamos pernoctado en Amboise, cosa que valía mucho la pena, pero que provocaba un dilema de difícil resolución: Muy cerca se halla el castillo de Chenonceaux. Este castillo es único, elevado encima de un puente y con unos jardines muy bien cuidados, por lo que es casi de visita obligada. Ahora bién, este castillo se halla a 10 km en perpendicular de la ruta del Loira. Si seguimos la ruta, debemos abandonar el castillo. Y si queremos ver el castillo, por narices debemos recorrer 20 kms para volver al punto de partida, ya que no se puede retomar el camino desde más adelante.

En fin, resolvemos el dilema a la brava, que implica 10 km de ida y 10 de vuelta. Total, de machadas absurdas en este viaje ya llevábamos unas cuantas. Lo que no indica nuestra guía es que en esos 10 km hay unas cuantas subidas, varias de ellas de las gordas, y Eli quiebra en la segunda subidita. Que era una subida de las de cagarse la culebra abajo. Era evidente que en esas condiciones no iba a poder seguir, por lo que me erijo en jefe/mandamás y determino que Barnabas se flipe el resto de kms que faltan hasta el castillo y yo me quedo con Eli en un recodo del camino, tirados al sol y sobre la hierba, hasta que este regrese. No se estaba mal, la verdad. Un poco de Simenon, un solecillo agradable y una temperatura correcta hacen milagros a la hora de recuperar las fuerzas. Barnabas se pegó además el palizón en balde, pues al llegar a destino se vió en la misma trampa de los precios elevados y encima con la taquilla a un par de km del castillo, de tal forma que ni siquiera lo pudo ver desde lejos. Hay que decir además que el tramito de marras se le hizo duro, y si se le hizo duro a éste, yo ni quiero pensar la patada en el hígado que esto me hubiera supuesto a mí... Pero como había decidido no comprobarlo, paladeé en la espera de su regreso una deliciosa coca-cola aún fresquita sintiéndome más que satisfecho.

Bien, volvemos sobre nuestros pasos y otra vez en la plaza de Amboise, que a este paso íbamos a conocer más que el salón de casa, a buscar el camino y en ruta hacia Tours. La primera parte del viaje es cerquita del río, por tanto plano y facil de hacer, pero luego al cenutrio que diseñó la ruta le da por darnos un recorrido por las urbanizaciones de la zona y regresamos a un nuevo rompepiernas. Durante un buen tramo del camino sorprendí a la audiencia con unas desconocidas dotes de adivino, pues cada vez que una curva no dejaba ver el camino yo vaticinaba: "Ahí viene una cuesta que te cagas" . Y ante la rechifla general debo decir que apenas fallé alguna predicción, con lo que me gusta equivocarme en estos casos. Me consolé con el paisaje, pues debo reconocer que era magnífico en cuanto salíamos de las dichosas urbanizaciones (por cierto, qué nivel de vida el de estos franchutes). Se podía transitar por unos viñedos hasta donde se perdía la vista, con los pámpanos en varios colores y bien cargados de fruta. Eli no resistió la tentación de hacer algunas fotos. Ni yo de coger unas uvitas.


Pronto llegamos a Tours. Lo primero que hicimos fue dar unas vueltas por las calles del centro pero no para hacer la turistada sino para buscar algún sitio donde comer. Ya estaba de bocadillos hasta los mismísimos, así que tras mucho comparar precios y rechazar (Eli) los restaurantes orientales, terminamos en un manido kebab. Bueno, pues bocata de nuevo, sólo que por un error en la traducción terminamos por zamparnos unos platos combinados de gran tamaño, dignos de mi apetito que quedó más que satisfecho.

Una vez terminado este prosaico materialismo, nos metemos en un cibercafé. La mala experiencia estos días nos había dejado un poco acobardados y procedimos a buscar por internet algún sitio barato donde caernos muertos, aunque fuera al margen de la ruta. Un par de llamaditas y logramos que una señora muy simpática nos reserve una habitación para 3 en Langeais. Hoy al menos no tendríamos que sufrir para encontrar hotel.


Y una vez hecho esto, ya podemos dedicarnos con calma a visitar Tours. La ciudad en sí no tiene demasiado, pero la catedral...Ah, la catedral... Esta sí es de las buenas. Gótica, bastante adornada y con vidrieras enormes que dejaban en el interior una luz coloreada absolutamente preciosa. Aviso para cicloturistas: Salir de Tours es algo molesto. Se ha de continuar por el centro de la ciudad y luego abandonar el Loira para ir a buscar el río Cher. Pero para ello se ha de atravesar toda la ciudad y sus arabales durante casi 4 kms, hechos por las calles en medio del tráfico y con conductores franceses, bastante cafres así en general. En un determinado momento, mientras atravesaba una plaza el semáforo se puso en rojo y los coches, lejos de dejarme terminar de cruzar deciden acelerar pero a lo bestia y pasar ellos. Si no es porque tengo buenos frenos, y porque había un guardia allí cerca, yo creo que me atropellan. Poco respeto por el ciclista, leñe.

Una vez abandonada la ciudad la cosa es muy diferente. Se circula por un parque nacional que discurre a lo largo del río Cher. El parque es utilizado por lo que vimos por la gente de Tours para todo tipo de actividades lúdicas, y durante muchos km es un auténtico vergel de humedales como en ninguna parte hemos visto después. Además de bonito es muy plano, y facil de recorrer. Alguna subidita había, pero poca cosa, y a lo largo del camino tenemos alguna sorpresita como una ermita románica en Savonières y el castillo de Villandry casi hacia el final. Este castillo sí se puede ver desde el exterior, pero con los precios abusivos habituales que hicieron que nuestra práctica fuera la habitual de largarnos sin gastar ni un duro.


Si alguien decide seguir esta ruta alguna vez, hay un detalle importante: En la confluencia del Cher con el Loira, ya pasado Villandry, tras varios kms de un camino de tierra muy agradable a alguien le ha dado por complicar la vida del ciclista y no se le ocurrió nada peor que un camino adoquinado. De casi 1 km de largo. Con mi bici no fue mucho más que una moderada molestia, pues tengo rueras de diámetro superior al habitual, pero cualquiera con un bici normal, por tanto, los otros 2 que conmigo iban, el tramo es una tortura asiática de las bastas. Suerte que no duró mucho.

Y llegamos por fin a Langeais. Nuestra idea inicial antes de venir al Loira no pasaba por dormir aquí, pero mira, es el único sitio donde habíamos encontrado alojamiento así que tocaba pringar. Sólo teníamos la reserva y ni idea de cómo llegar al hostel, el Anne de Bretagne. Vale, sí, nos habíamos apuntado la dirección, el 27 de la rue Anne de Bretagne, pero sin un mapa encontrar una calle es algo complicado, pero por una vez en la vida teníamos suerte y siguiendo sólo la ruta ciclista fuimos a parar a esa misma calle, y pronto localizamos el hostel. Nos quedamos encantados. Por poco precio nos dan una habitación enoooorme, decorada a lo antiguo y con buen gusto, y con desayuno incluido. Los dueños además eran de una amabilidad exagerada. Era un buen día después de todo, y tras una buena ducha damos un rápido vistazo al pueblo. No parecía muy grande, y estaba conservado con un aire medieval muy interesante. Nos llamó la atención el castillo. No figuraba en nuestra guía ni habíamos oído nada de él, pero era grande, bien conservado y parecía digno de ver, así como una iglesia antigua cuyo arquitecto debía ser pariente del que hizo la torre de Pisa. Unas crepes, como está mandado, y a dormir.

martes, 4 de octubre de 2011

Loira en bicicleta: etapa 2

28/08/2011

Noche tranquila, pagamos el hotel y nos vamos a desayunar a Blois. El motivo no fue tanto que nos encrontráramos con fuerzas, sino que el desayuno valía 9 euros. Por persona. Vamos, que ni de broma, que Blois estaba cerquita y el tacañismo cobra valor en situaciones así. Hacemos parada y fonda en una boulangerie con buena pinta al lado de un parque donde degustamos con lentitud unos croissants. Eli y Barnabas con un poco de una tableta de chocolate que traíamos de Barcino y que tienen que racionarse porque quedaba muy poco. Si comento esto es porque un poco más adelante esto del chocolate tendrá su relativa importancia en forma de colleja de una hacia el otro.




Siguiendo la tónica hasta el momento, visitilla rápida a Blois sin entrar en ningún sitio de pago, habida cuenta de los precios sin descuento posible. Delante del castillo había una placita con un jardín donde paramos un buen rato, por lo bien que se estaba y por el curioso espectáculo de la Maison de la Magie que estaba justo delante. Una especie de dragón mecánico de varias cabezas daba su show y resultaba entretenido un rato. Luego nos fuimos a ver la catedral. Allí nos fijamos en un señor que estaba justo delante del castillo cuando lo visitamos (por fuera, se entiende), con aspecto de votante del PP para quien quiera entender y nos pareció curioso la velocidad con la que había llegado a la catedral, que está a un ratito de pedal y con una cuesta del carajo justo antes de llegar. A él también le debimos llamar la atención, pues nos abordó en castellano sin vacilación. Nos había oído hablar antes. Resultó estar interesado en lo de las alforjas y nos hizo algunas preguntas, no muchas, y enseguida salió pitando para ir a misa. No es broma, para ir a la misa que en ese momento hacían en la catedral. Por si acaso se le ocurría volver llenamos la cantimploras en un lavabo que había ahí al ladito y nos fuimos a terminar la visita a Blois. Poco más a reseñar salvo la iglesia de St. Nicholas, estrecha, alta, gótica y muy bien conservada. Como detalle curioso, justo delante de esta iglesia crecía entre 2 baldosas una espléndida tomatera, con unos atisbos de tomate. Curioso sitio este Blois...


Como ya no pensábamos en visitar nada y sobretodo porque Barnabas tenía suficiente de arte y arquitectura sacros, retomamos la ruta. El sol era terrible, pero la ruta muy bonita. Pasamos por muchos castillos pequeñitos dignos de foto. Cuando nos hartamos de sol, y de que Barnabas se picase con algunos ciclistas en plan de "a ver quien aguanta más", llegamos a un pueblo llamado Candé, donde habían muy generosamente acondicionado un espacio para picnic público. Y hubo gran regocijo. La unanimidad imperante nos exigió parar a la sombra para comer algo y tras un breve rato de asueto, en ruta hacia Chaumont.


Chaumont es un castillo de los que vale también la pena en esta ruta. Bueno, maticemos. A partir de este momento diré que vale la pena cualquier castillo que sea importante por su arquitectura o por lo espectacular de su construcción, pero con total y absoluta sinceridad, no entraos en ninguno salvo en el de Langeais. Otra vez un precio disparatado. 15 euros por barba. Y ni siquiera en este con el consuelo de verlo por fuera, pues se paga bastante antes de llegar al castillo, el cual está oculto por la distancia y la arboleda que crece justo delante. Por cierto, cosa curiosa, el votante del PP estaba justo pagando la entrada cuando llegamos. Hicimos discretamente mutis por el foro.

Tras una coca-cola bien fría (sin hielo, país de bárbaros...) enfilamos un auténtico rompepiernas hasta Amboise. No sé qué les debía pasar a los que hicieron la ruta pero desde luego se lucieron: Nos hicieron pasar por todas las colinas que rodean al río, de un montón de chalets al siguiente. Parecía "ruta turística por los chalets de Francia", y no la ruta de los castillos. Tras cada bajadita, nueva subidita. Perdí la cuenta cuando íbamos por las 50... y la madre del que diseñó la ruta con los oídos retumbando.

Por cierto, en uno de los escasos lugares llanos de la ruta decidimos hacer un alto. Para picar alguna cosilla, vamos. Y entonces Barnabas comenta, como de pasada, que tiene en las alforjas nocilla, chocolante, leche condensada... Un verdadero arsenal. En ese justo momento Eli monta en cólera recordando cómo por la mañana se ha tenido que fastidiar con chocolate racionado con el croissant y el muy berzas tenía media chocolatería suiza en las alforjas. La colleja le hizo bailar las orejas....


Suerte que por fin llegamos. Amboise es una ciudad grande y teníamos la esperanza de conseguir alojamiento en un sitio u otro. Ah, que ingenuidad. Dimos vueltas y más vueltas por una ciudad de buen tamaño, sin mapa, parando en todos los hoteles visibles sin lograr más que decepciones. Así estábamos, pues, delante del castillo real, el lugar más turístico de toda la ciudad ya pensando el largarnos a algún camping cuando Eli ve un hotelillo y dice: "Bueno, porqué no, voy a preguntar".



Mis carcajadas debieron escucharse desde Blois, pero me las tuve que envainar cuando al cabo de unos minutillos vuelve diciendo que tiene 2 habitaciones, bastante espartanas, a buen precio. Te cagas. A 10 metros del castillo. Un domingo. En Francia. Eso no es suerte, es un milagro!!!!. Pero bien aprovechado, que nos dimos unas cuantas vueltas disfrutando del enoooorme castillo real de Amboise, por fuera, obviamente, que el precio era el usual en esas tierras. Una pizza gigante, y a dormir. Empezaba a cambiarnos la suerte con lo de los hoteles.

Loira en bicicleta: Etapa 1

27/08/2011

Nuestro tren hacía el recorrido desde Cerbere a París. Así que hacia las 06:30 de la madrugada llegamos a destino. Como previsores que somos, ya habíamos hablado (bueno, eso lo hizo Eli toda solita) con el revisor para que nos dejase bajar sin prisas del tren. Así que sin demasiados problemas bajamos bicis y equipaje, y con calma montamos las alforjas en el mismo andén. Por si alguien no ha viajado en un Lunea, debo aclarar que son algo incómodos para subir y bajar bicicletas, pues resultan algo estrechos, la bici no cabe bien por los pasillos, y para rematarlo entre el suelo del vagón y el andén hay una distancia considerable. Que están muy en alto, leches, y no va nada mal algo de músculo para poder cargar y descargar. Por suerte andamos ya con cierta experiencia y de forma coordinada procedimos a descargar y hasta arrancamos unas expresiones de felicitación por parte del revisor. Tampoco hacía mucha falta correr mucho, pues Eli le había pedido paciencia para nosotros y una chica guapa pidiendo algo a un francés tiene asegurada su concesión de forma automatica.



El día era frío, húmedo, sin lluvia pero tirando a feo. No me costó mucho orientarme con el mierda-plano de la estación, y nos acercamos al centro de la ciudad en una excursioncita más larga de lo esperado. El GPS de Barnabas no resultó demasiado útil aquí... Como era bastante de madrugada de un sábado, la ciudad estaba desierta. Tanto es así, que la catedral y la plaza que sería el equivalente de la mayor las visitamos nosotros solitos. Ni un alma. Barnabas y Eli aprovecharon para cambiarse en los soportales de la misma plaza. Se pusieron en el centro de una de las ciudades históricas más importantes de Francia en ropa interior pero sin dar el espectáculo. Estar en bragas y gallumbos a esas horas igual sí les molestó por el frío, pero es lo que hay. Pudimos además hacer unas fotos imposibles a horas más civilizadas.

Visita rápida a la ciudad. Fuera de la catedral, la estatua de Juana de Arco y de su supuesta casa (conservada como ella la habría dejado, ejem, ejem...) no quisimos dar más vueltas. Y procedimos a lo más importante: Parar en la primera boulangerie que abrió, como premio por ser madrugadores en ese país de vagos. Opíparo desayuno y a buscar el río, al que íbamos a acompañar durante 500 km.


Enseguida ponemos plato y piñón adecuados para rodar a buen ritmo y seguimos el carril bici. La primera impresión es muy favorable: Pese al frío reinante, y a unas nubes nada halagüeñas, por lo negras y amenazantes, vamos bordeando el río rodeados de castillitos preciosos y abadías muy bien conservadas. Da la impresión de un paisaje bonito, ideal para cicloturistear. Pronto llegamos a La Pointe de Courpain, donde hay unas vistas preciosas y nos alegramos por haber escogido este viaje... Para a continuación empezar a maldecir a más de uno, pues hay una escasez de indicadores excesiva para poderse aclarar, y debemos parar continuamente para no perdernos en cada cruce. Pronto nos damos cuenta que perderse es facil, y algún comentario sobre el parentesco del encargado de las indicaciones con sus primos de Silicia sale a la luz.

Como estamos cansados por un sueño insuficiente (yo no, pero el resto sí, je, je..), hacemos una paradita en Meung. Es un pueblo bonito con una colegiata románica que se puede visitar. Muy destacable. Además hacía frío fuera, y dentro hacía un calorcillo agradable, con sonido ambiente con canto gregoriano. Pasamos un buen rato allí. Tratamos de visitar también el castillo, bastante impresionante, pero el elevado precio de la entrada nos hace desistir. Por bastante menos que la cuarta parte de 3 entradas nos pagamos otro desayuno bien bueno.A quien esto leyere que no se extrañe: Cuando se pedalea hay más hambre.

La idea era rodar aún unos cuantos kilometros más, y el día comenzaba a aclararse, haciendo cada vez más calor. Enseguida nos quitamos parte del ropaje de la mañana, y los caminos ya comienzan a llenarse de otros cicloturistas. Nuestra sorpresa es que la enorme mayoría de ellos siguen la ruta al revés, hacia Orleans, y pronto nos damos cuenta de que el viento sopla de forma casi constante en esa dirección, tocándonos un poco la fibra a lo largo de todo el día (y de todo el viaje, que eso también se ha de decir).
Recomiendo un par de sitios en esta ruta:

- Baule, un pequeño pueblecito con una iglesia en lo alto de un monte muy agradable para parar un rato.

- Beaugency: Un pueblo medieval que parece haberse quedado anclado en su pasado, y no ha evolucionado nada. Casi cada casa y cada calle tienen el aspecto que tenían hace casi 800 años.
- Lestiou. Como pueblo no merece mucho la pena, pero tiene unos lavaderos medievales que se pueden visitar totalmente gratis.

El paisaje aquí es casi danubiano. Un carril para bicis a lo largo del río bastante tranquilo rodeado de verde por todas partes. Lo único que rompe el paisaje es una central nuclear justo en la orilla izquierda del río, idéntica a la del Sr. Burns de "Los Simpson" pero pronto queda atrás y nos permite disfrutar del río sin obscenidades visuales. Justo antes de St. Dye decidimos parar a comer bajo un enorme árbol, y como teníamos intención de dormir justo en el pueblo, nos lo tomamos con calma. Ilusos. Bien caro habíamos de pagar nuestra falta de alojamiento, pues dimos vueltas y más vueltas por el pueblo sin encontrar ni un mísero sitio para dormir. Una familia de franceses que iban también en bicicleta se mostraron tan corteses como inútiles a la hora de ayudarnos en la interacción con los indígenas. Los muy (%*^&) se quedaron mirando cómo trataba Eli de localizar algún sitio sin siquiera ofrecerse a mediar, logrando ponernos nerviosos diciendo cosas en plan "hoy no vais a encontrar nada". Agradecería si el consejo no es útil cerrar la p*** boca, pero hacerlo entender el francés era fatigoso y decidimos no molerlos a palos, por lo que pudiera después pasar. En fin, decepcionados, no nos queda más alternativa que continuar el viaje e ir al castillo de Chambord, al menos para visitarlo antes de volver a buscar camping u hotel.


No tardamos en llegar, aunque no gracias a las indicaciones de nuestra guía, ni a las sutiles señales del camino. Por suerte se ve de lejos, y pudimos atajar un par de veces. El castillo es realmente precioso. Diseñado en parte por Leonardo, aunque con varios añadidos posteriores, tiene una planta única y una arquitectura de ensueño. Se disfruta de su contemplación sin dudarlo ni un segundo. Vale la pena verlo, aunque debo ser honesto y decir que vale tanto la pena verlo como quizá valga la pena también no entrar a verlo. 12 euracos por persona, y eso con descuento por universitarios. Nosotros le dimos un buen vistazo... por fuera. Nos ahorramos el dinerillo que invertimos en unos buenos helados. Y encima parece ser que está siempre a reventar de turistas ruidosos, impertinentes en una minoría y con bastante incomprensión por los ciclistas. A ellos los descargan en paletadas de autobuses y a nosotros nos costaba movernos sin atropellar a nadie. Bajo un sol de justicia damos una vuelta con calma y proseguimos en dirección a Blois, si bien en el momento en que cualquier tipo de alojamiento quedase a nuestro alcance nos tirábamos a por él de cabeza.

No cayó esa breva, no. No hubo forma de encontrar nada, porque o bien los que había estaban llenos, o, cosa inconcebible para nuestras hispanas mentes, los dueños cerraban en agosto por vacaciones. En mitad de una zona de alto interés turístico cierran por vacaciones!!!!! En agosto!!!! Voy a cambiar la frase de Asterix: Están locos estos franceses. Pulverizamos cualquier récord mundial en localización de hoteles sobre un mapa y en llegar a ellos para preguntar, con respuesta negativa, o hallarlo cerrado a cal y canto. Abatidos, agotados, chamuscados por el sol, por una de esas casualidades ya a un par de km de Blois pasamos justo por delante de un hotel de carretera con pretensiones. Habitaciones caras, pero ya no teníamos fuerzas para discutir ni mucho menos para rechazar. Una cenita en el mismo hotel y a dormir, que yo al menos estaba reventado.


Loira en bicicleta: Etapa 0

26/08/2011

Hoy simplemente iniciamos el viaje. Yo salgo de trabajar y tengo el tiempo bastante contado para llegar a casa, comer, acabar de comprobar que no nos dejamos nada y a esperar a Barnabas para ir a coger el tren. La idea es repetir la parte inicial del viaje del año pasado, o sea, un tren regional de Barcelona a Cerbere y esperar allí con calma para enlazar con un lunea francés.

Todo podría ser más sencillo si RENFE ayudase un poco a los cicloturistas, pero esto no deja de ser una simple quimera. Así que debemos armarnos de paciencia y hacer acopio de fuerzas para superar las dificultades y obstáculos que deben ser salvados antes de llegar al andén. Y la mala educción habitual de la gente, que da igual que tú vayas cargado con bici y alforjas y que no tengas más alternativa que coger el ascensor para llegar a la vía. Da absolutamente igual. Aunque vayan sin equipaje y ligeros de cuerpo y mente, si pueden se ponen por delante tuyo y te quitan el ascensor. Con lo cual te condenan a esperar con cara de bobo a que terminen su absurdo viaje y poder por fin acceder al tren, siempre y cuando algún otro tuercebotas no vea el ascensor y se vuelva a colar. En fin, un poco de mala leche, mis casi 90 kg y una cara de cabreo que dice "como te cueles te pateo el hígado hasta gastar los zapatos" logra que un par de ruidosos sudamericanos ni osen siquiera acercarse, aunque se les veía la mala idea de tratar de birlarme la tanda, y me reúno con Eli y Barnabas, que han podido bajar antes sin problemas.

Pillamos el tren sin problemas, y en un breve intercabio de impresiones con el "picas" nos aposentamos lo más cómodamente posible. Bueno, Eli y yo cómodamente. Barnabas, que ha distribuido sus pertenencias por medio vagón, hace casi todo el viaje de pie controlando que nada le pase a su bici. Pelín innecesario, pero yo me agarro mi Simenon y ya me avisarán al llegar a Francia.
El viaje transcurre sin incidencias y bajamos en Cerbere, cosa rara, sin que nadie nos pida la documentación. Luego la eterna espera tirados literalmente hasta que se anuncia el andén de nuestro tren. Aquí teníamos un pequeño problema: Al reservar lo billetes no pudimos reservar espacio para las bicis. Con lo cual nos podían obligar a desmontar la bici y subirla como equipaje. El plan trazado consistía en que Eli usase sus "armas de mujer" y su conocimiento del idioma local (por algo habla francés, caramba...) para lograr que el "picas" local se apiadase de nosotros y nos apañase un rinconcito. El plan tenía evidentes lagunas pero al final no fue necesario, pues la indolencia habitual, llámese pereza, de los revisores que además estaban de muy buen humor nos permitió poner las bicis en su sitio así por la patilla. Yo estaba reventado, y me puse en la litera durmiéndome casi en el acto, miestras que Eli y Barnabas se quedaron con las bicis para comprobar que los siguientes clientes en poner sus bicis en el espacio tirando a pequeño que hay en el tren no nos hiciera una desgracia. Suerte que lo hicieron, pues en estaciones posteriores subió la gente con el espacio reservado, y pagado, y al final la aglomeración de bicis allí era algo digno de contemplar. Dejo la foto por si alguien no me cree...





Al poco de salir, empieza a llover. Y hace frío. Bastante frío. Convencemos a Barnabas para que no toque el aire acondicionado, so pena de muerte (y no por kiki precisamente...) y a descansar como podemos. Yo en los trenes duermo de maravilla, casi que me subo a un tren y me adormezco en el acto. Barnabas no estará muy contento de sus noches en los trenes, pero eso debe contarlo él.

lunes, 3 de octubre de 2011

Lógica medieval: Abelardo. Una introducción.

La primera mitad del siglo XII fue la época en la que la filosofía medieval cobró la fisonomía que habría de tener hasta el Renacimiento. La obra de Abelardo Sic et Non fue una de las obras que más contribuyó a ello. En ella cita una serie de opiniones de autoridades en conflicto sobre temas de teología, no para desacreditarla sino para ejercitar con ello la razón (para él este tema tenía una importancia fundamental). tanto influiría, que obras posteriores, como las de Sto. Tomás, seguirían el mismo procedimiento. el estudio en teología, filosofía e incluso jurisprudencia queda así marcado por el procedimiento de las quaestiones. Al comienzo de cada quaestio las opiniones contrapuestas, o que parecen serlo, se enumeran un tras otra. Luego, el maestro ha de demostrar su destreza en la provisión de pecisas distinciones sobre el significado de las quaestiones hasta lograr la solución del problema. En las universidades que van surgiendo en el siglo XII este método es adeptado hasta para los estudiantes, pues sus exámenes consistían en disputas en las que los candidatos habían de demostrar su capacidad para proseguir la tarea de sus maestros. Claro está, las conclusiones de las disputas habían de ajustarse a la Revelación, pero en la Edad Media hubo un gran entusiasmo pr este sistema. El problema surgía con algunos críticos que afirmaban que el cristianismo nada tenía que ver con la cultura secular, pero las críticas hacia la razón, y obviamente hacia la lógica, acabaron por no prevalecer y las universidades se organizaron en el supuesto de que veritas veritatis non est adversa.
Abelardo compuso 4 obras sobre lógica:
  1. Introductiones parvulorum, integrada por 4 glosas la Eisagogé de Porfirio y las Categorías y el De Interpretatione de Aristóteles.
  2. Logica ingredientibus, llamada así por ser Ingredientibus la primera palabra del texto, escrita antes de enseñar en París en 1120.
  3. Logica nostrorum petitioni, llamada así también por las primeras palabras del texto. Amplía las glosas a la Eisagogé y podría fecharse en la época en que enseñaba en la ermita del Paráclito.
  4. Dialectica, una obra independiente que abarca las materias tratadas en los escritos lógicos de Boecio y el De Definitionibus de Victorino. En esta obra da cabida a materiales de diferentes épocas de su vida y es posible que no fuera definitiva hasta poco antes de su muerte en Cluny. Es la más valiosa de las obras citadas y un texto bastante original.
El texto de la Dialectica se halla dividido en  5 tractatus que corresponden a la agrupación de las obras de Boecio:

  1. Liber Partium.Dividido en 3 volumina que tratan sobre los antepraedicamenta (o quinque voces, de Porfirio), los praedicamenta (o categorías de Aristóteles) y los postpraedicamenta (o cuestiones).
  2. De categoricis.
  3. Topica.
  4. De Hypotheticis.
  5. De Divisionibus et definitionibus.
 En el tratamiento de Abelardo de las categorías la cantidad es objeto de un examen más detallado que los otros apartados. Incluye una sección sobre la oratio o lenguaje, que Aristóteles había caracterizado como un proceso que discurre en el tiempo. Abelardo cree que la lógica ha de ocuparse de la oratio como vehículo del razonamiento. Concluye que, ya que una expresión oral se considera conclusa y no subsiste por más tiempo una vez que ha sido dado a conocer su significado completo, su significatividad no puede constituir una propiedad o una forma que le pertenezca por derecho propio, sino que tendrá que constituir sencillamente en el hecho de haber dado lugar a un pensamiento. Pero Abelardo también apunta que oratio puede aplicarse a otras cosas que las meras expresiones verbales (discurso escrito, hablado y mental).

Define además la propositio como oratio verumfalsumve significans. La fórmula deriva de Boecio, de su definición de enuntiatio, pero Abelardo la lleva un paso más allá, pues se muestra consciente de que la verdad o la falsedad corresponden primariamente a los contenidos significados por los signos porposicionales. Nada le impide hablar de las proposiciones mismas como verdaderas o falsas, y hasta de cambiar de una a otra según las circunstancias. Añade que calificar una proposición de verdadera tenemos que aludir o bien al hecho de dar lugar a un pensamiento o bien al hecho de exponer lo que es el caso (id quod in re est), añadiendo que, de ambas, la segunda es la fundamental. Los signos significan en 2 sentidos, el uno concerniente a pensamientos y el otro a cosas, y lo que nos interesa de la proposiciones cuando nos ocupamos de ellas en lógica es su capacidad para significar aquellas últimas. Cuando decimos, por ejemplo, que una porposición implica otra, lo que queremos decir no es que el pensamiento envuelto en la primera sea imposible sin el pensamiento envuelto en la segunda, puesto que el uno podría darse sin que ocurriera el otro: 

Cum enis dicimus Si est homo est animal, si ad intellectus propositionum consecuentionem referamus, ut videlicet de ipsis intellectibus agamus, nulla est consequentiae veritas, cum scilicet alter intellectum sine altero omnino subsistat

El sentido de la proposicion es el que tenemos cuando decimos Socratem currere verum est, pues el acusativo y el infinitivo de la oración subordinada oficiarían aquí como un nombre de lo expresado por los correpondientes nominativo e indicativo en régimen de oración principal (quasi nomen illius quod propositione exprimitur).

Así, hay una relación de los contenidos proposicionales y su posición acerca de los universales. Aquello que todos los hombres poseen en común es ser-un-hombre, y esto no es una cosa de las indicadas por palabras como Socrates y homo. Lo significado por Socrates est homo es el ser-un-hombre-de-Sócrates, que de nuevo tampoco es una cosa (res) por más que probablemente sea algo (aliquid), pues una palabra puede aplicarse hasta a un objeto inexistente. El verbo ser apunta a la entidad abstracta sometida a consideración.


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