jueves, 21 de junio de 2012

Manuel Vázquez Montalbán


He dedicado muchas páginas a Umberto Eco y a Claudio Magris,  dos auténticos gigantes de la narrativa. Pero creo que he sido injusto y pese a que realmente poco más se puede escribir sobre Manuel Vázquez Montalbán, es de justicia que al menos ponga algo sobre él. Escritor, ensayista, poeta y gastrónomo. Y además, comunista. Y de y del Barcelona. Uno de los autores más representativos de la literatura y la cultura de este nuestro pobre país, y dicen que el intelectual español más citado… y el menos leído.

Nació en Barcelona, en el Barrio Chino, en 1939. Mal año, desde luego, en un país desolado, hundido, más que pobre, paupérrimo, pero eso sí, unido. Bajo la bota del fascismo a la ibérica, en su ridícula carnavalada de la decencia y el nacionalcatolicismo. Siendo hijo de un militante del PSUC, pasó lo obvio: No conoció a su padre hasta que este salió de la cárcel, cuando tenía 5 años de edad.  Triste país. Pero como la mejor manera de convertir a la gente no ha sido nunca el palo (o la hostia, según se quiera poner un sustantivo u otro), también él se afilió al partido comunista, y lo pagó, cómo no, con la cárcel. Antes se había licenciado en periodismo y en filosofía.  Durante toda su vida fue un intelectual independiente, que hizo lo que creía correcto pese a lo que pensasen los demás. Así, se licenció contra el criterio de su padre, quien quería que fuese oficinista, y el PSUC le censuró sus constantes ironías y críticas. Carvalho, una de sus creaciones literarias (quizá la más conocida), trasluce algunas de estas cosas.

Como escritor alcanzó gran éxito en reconocimientos.  Destacan el Premio Nacional de Narrativa en 1991 por Galíndez, novela fruto de una exhaustiva investigación alrededor de la desaparición en 1956 en Santo Domingo, por orden del dictador Trujillo, del dirigente vasco que da nombre al libro. Galíndez también recibiría el Premio Europeo de Literatura en 1992. En 1994, le sería concedido el Premio de la Crítica por El estrangulador, que transcurre en un manicomio penitenciario, donde purga condena el criminal del título, quien mientras recuerda su propia historia lanza una furiosa andanada contra el mundo. Finalmente, en 1995, en reconocimiento a toda su obra es galardonado con el Premio Nacional de las Letras. Los lectores no le podremos agradecer nunca la serie Carvalho. Porque en el caso de Vázquez Montalbán este proceso de escribir borda lo sublime, está en la más absoluta excelencia y quienes toman sus libros poco más pueden hacer que disfrutarlos como se disfruta en verdad cualquier literatura de la buena. Otros auténticos gigantes, como Camilleri o Markaris así lo han hecho y reverencian como debe a su buen hacer literario. 

Pero no se trata sólo de novelas policiacas, no nos engañemos. En esto, Los mares del Sur es un ejemplo esplendoroso. Lo que suele ser habitual en las novelas de “polis y serenos” (resolver un misterio,  o simple acción como en las novelas negras norteamericanas) nunca se da en las novelas de Carvalho. Conserva una cierta forma, claro, pues hay evidentemente un caso que hay que resolver, una investigación, pero en realidad son una sucesión de opiniones en boca de diversos personajes que terminan por describir diversas capas sociales, las de la Barcelona que conoció Vázquez Montalbán. En Los Mares del Sur, quizá la mejor de sus novelas, nos deja ver y oír a un noble escéptico, un policía fascista, un negociante, un taxista, una viuda rica, una joven pasota y pasada, algún obrero, una muchacha militante de izquierdas, etc.

 Sus novelas están llenas de descripciones y discursos, que no son más que una excusa para explicar teorías sociológicas y políticas. Describe la realidad que conoce, pero a base de hacer hablar a diversos personajes con discursos complementarios, irónicos, satíricos, mordaces, que nunca dejan de atraer una sonrisa cómplice o sardónica. Y nunca lejos de múltiples referencias a la gastronomía y el placer de la mesa. Una constante en Carvalho.

 Aquí la novela policíaca ha sido usada como un pretexto, un gancho en el que prácticamente clava el sarcasmo, describe la naturaleza humana más rastrera sin por ello lograr en múltiples ocasiones un cariz poético que sorprende dentro del lodazal que supone la miseria humana de todos estos años en que la pobre Barcelona fue muriendo, y del que las páginas de Carvalho recogen su testigo más hermoso y a la vez más negro. En resumen, ampliamente recomendable casi cualquiera de sus novelas, con preferencia por las iniciales.








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