domingo, 21 de diciembre de 2014

La tregua de Navidad


Pronto se cumplirán 100 años de la famosa tregua de Navidad,  en el contexto de una guerra tan absurda como trascendente, una guerra que cambió para siempre la configuración política, militar y económica del mundo.

Dentro de la barbarie y la estupidez de aquel momento, y eso que aún no habían llegado los peores momentos, se ha de destacar este curioso episodio. Sucedió en la noche de Navidad de 1914.  Los soldados de ambos bandos habían recibido paquetes con chocolate, cigarrillos, alcohol… y pararon de pelear al llegar la noche. Dejaron de matarse. Como sólo estaban separados unos de otros por unos pocos metros de “tierra de nadie”, no era muy complicado escuchar lo que hacían justo al otro lado. Lo que hacía el “enemigo”.  Y pasó lo que nadie preveía: La  Nochebuena de 1914, de forma espontánea, salieron de las trincheras. Pero no para hacer lo que llevaban ya meses haciendo, sino para darle las manos, compartir pequeñas alegrías, dulces, abrazos teñidos seguramente de recelo al inicio y de franca camaradería al final entre hombres que pretendían  matarse sólo 24 horas antes. Un milagro de unas horas de tranquilidad y curiosa comunión. Parece que comenzó todo cantando villancicos comunes en lenguas distintas: Soldados alemanes, comenzaron a cantar Stille Nacht (Noche de Paz). Los aliados también cantaron. El resto, siguió solo y terminaron  saliendo a la tierra de nadie, con prevención al principio, en masa después,  con saludos, enseñando fotografías de la familia, los hijos, las novias, un cigarrillo por aquí, un chocolate por allá, allí un bizcocho, un poco de vino, de cerveza o de schnapps que terminaron  intercambiando, pasando botellas de mano en mano y dando al contrincante las pequeñeces que tenían a uno y otro lado de la trinchera. 



 “Como ni nosotros ni ellos nos entendíamos en el idioma, comenzamos a hacernos entender por medio de señas y signos (…) todo el mundo parecía agradable. Y aquí estábamos, riendo y conversando con los hombres a quienes apenas unas horas antes, estábamos intentando matar” (John Ferguson).

Una curiosa estampa de aquel día fue un partido de balompié entre alemanes y aliados, que parece terminaron ganando los alemanes. De todas formas qué importaba el resultado…



Esto no se volvió a repetir. Los gobiernos de ambos bandos consideraron aquello como una confraternización que rozaba la traición. Castigos y extrema vigilancia fueron la respuesta que se obtuvo de las respectivas cúpulas del poder, y pese a que la tropa parece que quiso repetir el fenómeno en 1915, se logró impedir y los años siguientes se ordenó aumentar los ataques al enemigo durante la semana de Navidad y Año Nuevo. 




sábado, 6 de diciembre de 2014

El narcisismo desenfrenado del mundo digital

Una conferencia de prensa de Magris con ocasión de la feria de literatura. Transcribo simplemente el artículo que he cogido de "La jornada San Luis":

En esta entrevista, el tema es la literatura y aquello que su biografía oficial no dice.

–En las solapas de sus libros y en Internet siempre se escribe: Claudio Magris, escritor, traductor, profesor. ¿Qué es lo que no dice esa biografía?

–No dice las cosas que suceden en la cabeza y en el corazón de uno cuando escribe, la relación con los amigos, lo que significa traducir. Hay libros que nunca hubiera podido escribir si no hubiera hecho traducciones. No dice la sensación de cómo el lenguaje puede ser cortante como el filo de una espada.

“Era profesor, ya estoy jubilado, pero tampoco dice lo que ha sido mi relación con mis colegas o con los estudiantes. Con algunos colegas esa relación ha sido sólo de trabajo, con otros en cambio ha sido de amistad, hemos inventado cosas. He pasado años con los que eran antes mis estudiantes y con los que sigo en contacto; son personas que están en mi vida, aunque hubo años en los que yo estaba más opaco y quizá daba un poco menos, y los estudiantes también respondían limitadamente. Todas estas definiciones no dicen la realidad de lo que me ha ocurrido durante todos esos años". 

La relación de Magris con la literatura comenzó cuando era niño leyendo a Emilio Salgari. Así que escribe para que otro sienta la misma emoción que él sintió con las aventuras narradas por su compatriota. 

“La emoción de la escritura es como un encuentro con un libro. Creo que he mantenido plenamente esa capacidad de emocionarme al haber hecho una lectura ingenua de Salgari. Claro, ya no soy ingenuo como un niño de seis años al que su tía le leía esas aventuras. Después aprendí a leer y ahora leo otras historias con abandono. El otro día hojeaba Pedro Páramo y leí: ‘el viento que se lleva al día’. Cuando lo leí como un estudioso de literatura y como alguien que ve un viento que se va llevando la luz, esto es algo que se te queda; eso se me quedó, es una especie de ingenuidad. He releído Cumbres borrascosas y descubrí que lo leía con cierta ingenuidad, estaba el personaje de Heathcliff que me daba un coraje enorme.”

–Esos son libros que llevan a la reflexión. Hay críticos que dicen que la narrativa actual la hizo a un lado.

–No, no creo que se pueda generalizar. Para empezar, este problema nace por dos razones: la producción literaria ha aumentado, ha crecido y claro que existe la ambición de ser leídos, de vender también. Defoe hacía novelas también para ganar dinero, para vivir y esto no le quita nada a la grandeza de sus libros, de sus textos. Gabriel García Márquez vendía muchísimo y hacía literatura. A veces alguien me preguntó por qué no he leído a Dan Brown y le respondí por qué no me preguntaban por qué no había leído a Dostoievski (no lo he leído completo), pero no es porque no haya querido. Existe como una obligación de leer sólo los libros de los cuales tienen pilas enormes en las librerías. Pero, ¿qué pasa si quiero leer uno del que sólo hay una copia?

–¿Los lectores tendríamos que ser más exigentes?

–Sí. Tendríamos que ser más exigentes y más autónomos. Esa es una pregunta muy interesante. Un verdadero problema es que hay una desproporción entre la oferta y la demanda, o sea, la oferta aplasta a la demanda. Recuerdo que a los 14 años estaba en una librería de Trieste, donde compré el poema Ramayana, de hace siglos, en una traducción al italiano. Era un libro que fue publicado en 1872. Ese volumen, bueno estoy bastante anciano pero no tanto, era un libro antiguo y cuando lo compré tenía décadas esperando a un lector que por simple elección lo quisiera leer. Lo compré y lo leí. Eso es algo que ahora sería difícil, porque las librerías no pueden siquiera quedarse un mes con un ejemplar que no se vende de inmediato, jamás habría encontrado ese libro ahora. Hay instrumentos técnicos en el mundo digital, a lo mejor puedo conseguir una copia en inglés. El mundo es muy contradictorio, hay ventajas y desventajas, pero hay una imposición, continuamente me preguntan por qué no leíste a tal autor, bueno, tiene que haber un motivo para hacer algo, pero no un motivo para no hacerlo.

–¿Lo digital trae beneficios a la literatura?

–Como siempre son cosas en las que tengo que prescindir de mi experiencia, porque soy un teórico. Vivo en Italia y sigo escribiendo a mano. No es por coquetería o por manía, simplemente es porque digitalmente sólo puedo escribir palabras individuales, por ejemplo: Llego mañana. No puedo escribir más que frases comunes. El mundo digital ayuda, claro. Para la información y la comunicación es un inmenso instrumento que naturalmente crea un peligro, porque tenemos medios increíbles, podemos conocer lo que ocurre en cualquier parte del mundo, en Nueva Zelanda, pero tanta información también hace que sepamos poco o casi nada de muchas cosas. Por ejemplo, sobre Afganistán creo que no sabemos más de lo que sabían los lectores de Kipling, cuando éste hacía su correspondencia hacia Afganistán, sus cuestiones políticas, su relación entre poblaciones, esas cosas no las sabemos, el ciudadano medio las ignora. Hay otro aspecto en el mundo digital que, repito, tiene grandes ventajas. Ayer, por ejemplo, recibí de Trieste algo que necesitaba y que no habría podido recibir hace 10 años sin este sistema, de manera que sí da muchas ventajas que no hay que subestimar, pero debemos usarlo de manera humanista. Piense en Facebook, yo ni siquiera uso correo electrónico y menos Facebook, pero entiendo perfectamente que uno mande una fotografía a su novia, por ejemplo; pero decir ahí: ‘hoy en la mañana tomé un café con leche y azúcar’ es un énfasis en lo subjetivo y no creo que lo que hace alguien de nosotros sea algo que le tenga que interesar al mundo. Eso crea un narcisismo desenfrenado.

–Necesitamos mirar al otro.

–Claro, ese es el gran peligro, dejamos de ver al otro. Esta riqueza de información no combate la ignorancia. En cambio existe esta fiebre donde veo un gran peligro –y es otra contradicción muy grande– que esta enorme riqueza de información está creando una especie de ignorancia. En Georgetown, en Washington, daba clase a 31 estudiantes y cinco o seis no sabían quién era Stalin, esto es verdaderamente increíble. La sobrina de un amigo mío, un escritor de origen judío, vagamente sabía quién era Hitler. ¡Imagínense, una nieta de abuelos muertos en Auschwitz y no sabía quién era Hitler!

–¿Qué hacer entonces?

–No sé. No se pueden hacer campañas porque eso se vuelve ideológico, reaccionario, se vuelve reactivo. Hay que tratar de testimoniar, de decir, de señalar, uno trata de escribir lo que puede, decir lo que puede decir y, como dice un amigo mío, un viejo cura: y luego que el Señor también tome su responsabilidad.

–¿Y leer?

–Leer, ¡claro!

Homeostasis cultural

Un modelo utilizado para describir las estructuras disipativas es la inestabilidad de Bernard. Es este un modelo que nos explica, por ejemplo, qué es lo que pasa al calentar agua y apreciar que a partir de un momento determinado la propagación de la energía no se hace por conducción, sino por convección. La inestabilidad de Bernard muestra cómo un sistema puede ser llevado a través de una fase discontinua a un nivel de orden superior por un aumento de los impulsos ambientales. Y también cómo el mantenimiento del nuevo orden depende tanto del empleo aumentado de energía externa como de la aparición espontanea de estructuras mejor organizadas en condiciones de usar la energía de una manera más eficiente.

Este modelo podría ser útil en las estructuras culturales según nos explica Robert Artigiani. Y podría ser fructuosa una analogía con la semiótica, que ha hecho de la ciencia el código recíprocamente descifrable de la naturaleza y del hombre. La ciencia se convierte en una imagen de la naturaleza creada por los científicos para valorar el comportamiento de la naturaleza misma. Si la naturaleza reacciona tal y como prevería un modelo científico, se puede concluir que las conjeturas efectuadas eran correctas. La ciencia deviene en algo análogo al mapa cognoscitivo que, según los sociólogos, define una cultura: Una representación simbólica de nuestro medio ambiente y de nosotros mismos que regula nuestro comportamiento adecuándolo a lo que nos circunda. El mapa cognoscitivo es el fundamento de toda cultura, y mapas cognoscitivos específicos utilizados por personas diversas en diversos contextos determinan su identidad cultural. Los mapas cognoscitivos contienen las informaciones que contribuyen a crear la civilización más adecuada a un determinado grupo de personas, castigando al mismo tiempo los comportamientos que amenazan la estructura de esa civilización.

Los valores son los particulares símbolos cognoscitivos que motivan el comportamiento. Su validez deriva del hecho de que, al imponer una norma a la experiencia, generan reacciones emotivas. De la misma manera que el modelo de Bernard nos explica, los valores organizan las acciones. Su función esencial es la de permitir a las estructuras culturales llegar a una situación de homeostasis, condicionando nuestros comportamientos según modalidades que estamos preparados para aprobar. Los valores aparecen con las estructuras que deben preservar. Estos valores son funciones de las acciones que estimulan u obstaculizan y son creados por los comportamientos a los que perpetúan.

Las culturas son sistema abiertos vulnerables a cambios ambientales. Entonces, existe la posibilidad de que nuestros valores no logren armonizar con el ambiente que nos rodea. Esta es la causa de los cambios culturales, fases de cambio que se derivan de la incapacidad por parte de los viejos valores de descifrar de un modo adecuado un ambiente alterado. Se hace necesario en estos casos un nuevo mapa cognoscitivo, pero esto implica crear hombres nuevos, procedimiento que la mayor parte de nosotros encuentra desorientador y a veces doloroso. Muchos se oponen al cambio. Y tratan ciegamente de reconstruir el ambiente originario. Algunos se aferran a elementos aislados de la tradición y hacen caso omiso de la complejidad de ésta. Otros pocos tratan de trazar un nuevo mapa, de captar del ambiente muevos símbolos que produzcan comportamientos más válidos, búsqueda que puede llegar a ser desesperada, y aquel que se convierte en un mutante cultural con frecuencia aísla algunos factores o idealiza condiciones particulares al tratar de imponer nuevos principios. Pocos puede desde el punto de vista emotivo comprender que la revolución es tan inhumana como la reacción, al tolerar la ambigüedad implícita en el paso de un sistema a otro, corrigiendo al mismo tiempo el riesgo que comporta la búsqueda de un modelo de realidad más adecuado.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Wittgenstein en "El nombre de la rosa"



Hay una curiosa frase que me ha quedado desde hace años enquistada en la mente, ya que no supe nunca a qué se refería, ni cuál era el guiño intelectual que hacía Eco al hablar, casi al final de la novela, de un "místico alemán" al que cita. La fase traducida de forma burda venía a decir algo tal que así:  

"Hay que arrojar la escalera por la cual se ha subido". 

El nombre del "místico alemán" al que se le atribuye esa sentencia no sale nunca. Como tras muchas lecturas voy conociendo un poco al maestro, no deja de serme claro que está haciendo una broma, pero mi nivel no alcanza y hace años que le doy vueltas sobre a quién se refería. Hace nada que he leído que se hizo traducir (o tradujo) una frase de Ludwig Wittgenstein (1889-1951) a alemán medio-alto y la coló como si se tratase de un hombre de la época, en uno de sus mil juegos de palabras y de conceptos. Y, en efecto, se puede encontrar la frase, más o menos, en el "Tractatus logico-philosophicus" 6.54:  

Mis proposiciones esclarecen porque quien me entiende las reconoce al final como absurdas, cuando a través de ellas –sobre ellas– ha salido fuera de ellas. (Tiene, por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella.) Tiene que superar estas proposiciones; entonces ve correctamente el mundo”. 

Sé que es una pequeña tontería, pero por si a alguien le resulta de provecho se la dejo transcrita.

Barcelona

Siguiendo a Perich. Hay días en que no se puede tener más razón...