martes, 30 de septiembre de 2008

Sagas sicilianas. Día tercero.


25/08/2008. Lunes

Nos despertamos pronto, como pasa a veces, pero como casi siempre dejamos Eli y yo pasar los minutos en ese dulce reposar y remolonear que significa estar acostado más tiempo del que toca. Para eso están las vacaciones. Aproveché para leer algo más de mi Tucídides y, por supuesto, para apagar el móvil. Calladito hasta el final del viaje. El día se preveía largo y duro, pues teníamos que ir a buscar el coche, ya alquilado desde hace más de un mes, y viajar a Agrigento. Retrasar deliciosamente el momento de comenzar a conducir se nos antojó muy agradable y tardamos en bajar a desayunar.

El desayuno fue igual de contundente y bueno que el día anterior. Me pongo morado a higos mientras miro de reojo a Torracoglioni, esperando el momento oportuno en que esté despistado para zamparme libre de sermones un trozo enorme de pastel de chocolate que haría morir de envidia a los glotones mayores del reino. Después nos quedamos charlando con el dueño del hotel. Él disfrutó del partido (entero) y creo nos cogió cariño, pues se pasó sin necesidad casi una hora hablando con Eli, Barnabas y yo sobre sus próximas vacaciones en España y, evidentemente, llenándonos de consejos para sobrevivir a una conducción por Palermo y la mejor forma de llegar hasta la carretera de Agrigento. Quedamos encantados con ese señor, a quien deseamos toda la suerte del mundo por Madrid en cuanto vaya. Torracoglioni y Barnabas se quedaron en el supermercado al lado del hotel para aprovisionarnos un poco de cuatro cosas para comer en Agrigento (y picar durante el trayecto, claro), y el resto fuimos a buscar el coche, al otro extremo de Palermo.

Decidí tomar un trayecto largo para poder pasar un lunes por la mañana por el mercado de Palermo, la Vucciria. Reconozco que ni Eli ni yo somos los más adecuados para recomendar su visita, pues estamos “enamorados” de los mercados. En los de Sicilia nos han tratado siempre con gran amabilidad, y hemos comprado de todo por precios realmente bajos, así que mi objetividad temo sea cuestionable. Pero debo recomendar su visita. Tiendas a rebosar de productos que recuerdan a un zoco árabe: Higos chumbos, frutas de todas clases, pescado de aspecto delicioso, especias de mil colores y aromas… todo aderezado por gritos de los dependientes alabando sus productos y llamando a la clientela. Eso sí, hay que tener mil ojos porque a cualquier motorista se le puede antojar conducir por entre las paradas y no parece que miren demasiado si lo que pisan es asfalto o el pie de algún turista distraído. En fin, en una palabra: Genial. No pude resistirlo y acabé comprando peppe rosso del picante, para rememorar mis vacaciones más adelante con unos deliciosos spaghetti al aglio, olio e peperoncino.

Pero siendo más prosaico, fuimos a buscar el coche y, tras evidenciar que el modelo que nos dieron era muy avanzado tecnológicamente para nosotros (no sabíamos ni poner la llave, y ni mucho menos ponerlo en marcha), procedimos a una excitante excursión por Palermo. Conducen como locos. Lo de la dirección de las calles ya dedujimos rápidamente que no había señales indicadoras, pero tardamos en darnos cuenta que aunque hubiesen tampoco significaban nada. Cada uno conduce cómo y de la forma que les sale en gana en cada momento, y tratar de respetar los semáforos era sólo una forma de dar a entender que éramos extranjeros respetuosos de la ley en Palermo. Je, en Palermo respetar las leyes internacionales de tráfico... Eli se llevó más de un susto y más de un berrinche y yo traté varias veces de explicarle que se guardase de tocar el claxon, que allí sólo servía para que algún descerebrado te mirase con cara asesina. Y procuré no rememorar demasiado la asociación de cara asesina con Palermo y su historia reciente.

Tras varias vicisitudes y tras casi media hora de conducción temeraria por las calles de los arrabales en torno a la estación logramos por fin llegar al hotel. Recomiendo encarecidamente a Fernando Alonso hacer prácticas aquí. Esto sí que es peligroso y no las chorradillas del circo de la F1.

Barnabas y Torracoglioni, en cuanto vieron el coche, silbaron de admiración. Un Wolkswagen enorme muy superior a lo que esperaban. Y pronto iniciamos la búsqueda de la carretera hacia Agrigento. Desde Palermo hasta allí hay unos escasos 120 Km, para los que hay que invertir casi 2 horas de conducción, en unas condiciones muy similares a las que habíamos vivido por la ciudad. El estilo de conducir de los sicilianos se parece más a un tratado de suicidio sobre ruedas que a una simple forma de desplazamiento: Uso del “carril de en medio”, adelantamientos en curvas, camiones cargados a más de 120 km/hora que nos adelantaban con cara de desprecio, incorporaciones desde carreteras laterales sin mirar siquiera si cedíamos el paso o no… Bueno, que Eli, que conducía, llegó a Agrigento hecha un manojo de nervios. Y allí nos dimos cuenta que el encargado municipal de la señalización era pariente cercano del de Palermo, o al menos se educaron en las mismas teorías. Anda que no dimos vueltas antes de lograr entrar en la ciudad, y no menos antes de llegar al hotel.

Lamentablemente una pertinaz sequía asola las zonas del Mezzogiorno, y Agrigento está demasiado afectada con restricciones de agua. Supongo que la sobreexplotación del turismo y la sobreabundancia de hoteles tienen algo que ver, pero no parece que haya muchos agrigentinos dispuestos a discutirlo. Me preocupé porque el hotel no parecía de la categoría “exigida” en los tratos previos al viaje y las restricciones de agua podrían influenciar en la percepción negativa en torno al baño: Haber baño en la habitación, lo había, pero con tan poca agua que limitaba su uso. Así que era como si en realidad no lo hubiese. Me consolaba que las vistas eran excelentes, así que comimos el pan y el embutido que habíamos comprado, eludimos comentar la calidad del sitio y nos dimos una buena siesta antes de ir a visitar las ruinas.

De estas no puedo decir nada destacado. La verdad es que los templos son magníficos, en un estado de conservación increíble para tener más de 2 milenios. En mi Tucídides ya se mencionan, pero la verdad es que se han convertido en una atracción para guiris. Se ha de caminar mucho para poder ver todos los templos y el calor y la gente, que abarrota el lugar, convierten la visita en algo bastante molesto. Parece casi un parque temático para turismo de foto y pandereta. Cuando acabamos de visitar los templos pasamos a la otra parte de las ruinas, menos espectacular pero a mis ojos más atractiva, pues restos de columnas dispuestas al capricho de los elementos que derribaron a sus compañeras de estructura hacen del conjunto algo menos seductor para el guiri común. Allí conjuntos enteros de turistas dan una vuelta tímida y corren raudos a regresar, presurosos, al autocar que les devuelva al redil y a nuevos lugares en que hacerse la foto y sobre los que nada reflexionar. Yo disfruté allí de largos y buenos momentos de recogimiento, sentado contemplando la puesta de sol rodeado de piedras milenarias mientras degustaba un montón de almendras recogidas entre las ruinas mismas. Almendras que el guiri común desprecia, al igual que los preciosos restos de edificios que nos rodeaban. Hicimos fotos excelentes y me senté un rato a dibujar. Que no hay nada como viajar sin prisas y sin ataduras para disfrutar plenamente de cuanto se visita.



Por la noche fuimos a la trattoria Atenea, que sale en la guía Trotamundos. En realidad no fuimos a un restaurante al uso, pues nos sentamos en unas mesas dispuestas a tal fin en medio de una placita muy siciliana, con una noche fresca y agradable que nos hizo la cena muy amena. Se estaba realmente bien allí, un rato absolutamente delicioso. Además pude por fin tomar unos spaghetti a la sarde que estaban buenísimos. Concluimos la jornada en busca de un gelatto, pero este pueblo no pudo satisfacernos en esto. Tiempo tendríamos de degustar helados más adelante.

Sagas sicilianas. Día segundo



24/08/2008. Domingo

Una noche tranquila cedió paso a un día radiante. La mañana nos hacía intuir un calor intenso y empalagoso, así que apuramos el sueño al máximo, que para eso están las vacaciones, y bajamos a desayunar. Allí me dediqué en cuerpo y alma a degustar las inmensas cantidades de fruta y pasteles caseros que el hotel ofrece como desayuno ya incluido en el precio. Delicioso. Y con montones de higos frescos. Debo hacer constar que los higos me vuelven loco, así que tener una enorme provisión de estos para comenzar el día hicieron que mi humor se tornase en algo cercano a la excelencia. Así, decidí eliminarme de la complicada negociación/elaboración del plan del día: Capilla Palatina y Museo Arqueológico de Palermo. Torracoglioni y el resto se dedicaron a mover un horario de visita aquí, y otro allá, mientras yo me dedicaba con deleite a tragar un higo tras otro, meterme un par de pastelillos en el bolsillo para “más tarde” y esperar con paciencia el inicio del partido España-USA de baloncesto. La final de la Olimpiada.

Creo que en aquel momento sólo dos personas en el hotel sabíamos que había baloncesto en la TV: Yo y el dueño del hotel, que estaba en el comedor haciendo ver que nos servía el desayuno pero aprovechándose sibilinamente que la TV estaba allí encendida “casualmente” en el canal adecuado para ver la final, que prometía cierto espectáculo (ya que no incertidumbre en torno al resultado). El hombre estaba muy comunicativo con nosotros, pese a lo enfrascados que estábamos en la disputa del plan del día, y Eli estaba haciendo buenas migas con él. Sobretodo porque el deporte une a todas las culturas y en cualquier parte una buena conversación puede iniciarse en torno a cualquier evento deportivo. Torracoglioni también disfruta enormemente del baloncesto, y pronto estaba viendo el partido con nosotros, gritando incluso con cada canasta, hasta que su novia decidió imponer el plan del día. Con notable pena subimos a la habitación para coger 4 cosas e iniciar la visita al Museo Arqueológico. Como tenía casualmente TV en la habitación (fruto también de las necesidades innegociables previas al viaje y motivo de más de un disgusto por mi parte) decidí seguir el partido todo lo posible hasta iniciar la marcha y el resto se fue contagiando, pasando por mi habitiación y quedándose en ella sin disimulo, pues Gasol y compañía estaban aguantando bien y el partido era emocionante.

Pese a todo la situación era algo tensa, y se sometió la decisión a un proceso democrático para dilucidar qué hacíamos, si salir a ver el Museo o acabar el partido en el hotel: 4 votos para quedarse, uno para marchar. Por supuesto, dejamos el partido a la media parte y bajamos a la calle para ir hacia el Museo. Mis escasos conocimientos del sistema democrático no me impidieron pensar que algo raro había en Dinamarca… digoooooo… que algo no iba bien. A ver, recapitulando, 4 votos para quedarse y 1 para salir…. Eso significa salir. No, quiero decir, si…No sé. El hecho de que nadie dijese nada me tranquilizó. Si estaban todos de acuerdo era que la tradición democrática de nuestro hemisferio estaba a salvo y habíamos hecho correctamente. Claro que estaba leyendo mi Tucídides en los capítulos de la votación de los atenienses para invadir Sicilia y creí encontrar algunas contradicciones en cuanto al sistema de voto y la decisión de la mayoría. ¡Esos griegos! Mira que hacer las cosas al revés. Cuánto hemos progresado desde entonces, que aplicamos las reglas democráticas como está mandado.

Aunque creo que a Torracoglioni no le sentó demasiado bien la decisión. Me baso más que nada en pequeñas sutilidades de su conducta, imperceptibles salvo para el ojo entrenado que hacían pensar que estaba enfurruñado. Me baso también en expresiones sibilinas del tipo:

- “Cagüen” la p***, podíamos estar viendo el partido y estamos yendo a una mierda de museo.

Pronunciadas con voz estentórea y recio acento riojano. O bien:

- Pero como se os ocurre dejar el partido a la mitad para ir a mirar 4 mierda-piedras. Que las podíamos ver después sin prisas.

Bueno, la verdad es que dejando correr un tupido velo acerca de los adjetivos calificativos dedicados al museo y las piedras, convengo en que cierta razón tenía. Por media horita de nada, el museo no se iba a ir a ninguna parte, pero quién soy yo para cuestionar una decisión democrática!. Traté de no dar una vuelta demasiado larga y que no empeorase el humor del pobre Torracoglioni pese a que no resultó tarea baladí. Llegar al museo fue complicado habida cuenta de las "facilidades" habituales en Palermo para saber el nombre de las calles, y cuando por fin llegamos y vio que costaba 6 euros, creo que acabó de cabrearse del todo. Salas y más salas dedicadas al arte y la vida griegos y púnicos es toda una delicia para mí y Eli, y creo que también para su novia, pero no me parece que sea el tipo ideal de pasatiempo para él y se dedicó a un cierto “sabotaje” de la visita, caminando lentamente, quedándose atrás ex profeso y con reniegos constantes y disparatados en torno a cualquier obra expuesta. Poco a poco su novia, Barnabas, Eli y yo fuimos dejándole solo a ver si se le disipaba el enfurruñamiento.

Y cuando salimos del museo, durante el paseo hasta la Capilla Palatina nos perdimos unas cuantas veces. La pobre madre del concejal de Palermo encargado de las indicaciones y señales callejeras aún debe estar tratando de recuperarse de la retahíla de insultos varios que le dirigimos a su hijo, muchos de ellos incluyéndola, pero al fin dimos con ella. 6 euros más. Sólo la mitad con mi carné de profesor, je, je, pero valía igualmente la pena pagar los 6. Qué maravilla. Una capilla de dimensiones digamos que moderadas pero con fantásticas escenas bíblicas en pan de oro que daban a la sala un aspecto excelso, en una exquisita muestra de arte estilo bizantino. Se estaba fresco, tranquilo, con deleite de los sentidos y el milagro de la tranquilización de Torracoglioni pareció acontecer. La contemplación extática, la búsqueda de Dios como propósito de ese arte obraron maravillas en el ánimo colectivo y concluimos la visita por las cámaras del palacio, convertido en sede del parlamento regional (aquí sí que saben vivir) con gusto y placer. Aviso para turistas: Como la visita es a un lugar del clero, los hombres han de ir en pantalón largo y las mujeres lo más tapadas posible. En cuanto a los hombres, no es demasiada estricta la norma, pero si alguien tiene la atipia cromosómica XX recomiendo encarecidamente algo similar a un burka para evitar ser reprendido a la entrada por llevar un atuendo demasiado indecoroso para los gustos del guarda de la puerta (un poco mastuerzo, todo se ha de decir).

Claro que el enfurruñamiento de Torracoglioni no se había pasado completamente, y tuvimos que escuchar algunas imprecaciones sobre temas varios que traducidas a nuestro idioma significaban: “Quería ver el partido y la democracia no me lo ha permitido, y por eso estoy cabreado, pero en vez de decirlo abiertamente pienso pejiguerear toda la mañana”.

Así que decidimos sufrirlo en silencio, cambiando mentalmente su apodo de Torracoglioni por el de “hemorroides” y partimos en busca de un lugar para comer. De haber ido solos Eli y yo haríamos resuelto el dilema con facilidad: Un poco de pan y queso y la sombra de los portales de la Catedral. Suficiente. Y barato. Algo cutre pero efectivo. Dependiendo del sitio se puede dormitar, leer o contemplar el paso de las gentes del lugar. Pero como no íbamos solos, opté por dejar que la novia de Torracoglioni decidiera el restaurante al que ir. Dimos vueltas y más vueltas, desechando locales o por caros, o por raros hasta que al final llegamos a un local cutre, muy cutre, de bocadillos. Los precios eran baratos y el lugar, cercano a un parquecillo, era tranquilo. Hacía mucho calor, y deseabamos beber lo que fuera con tal que estuviera frío. Pero Torracoglioni comienza entonces a quejarse a voz en grito. Siguiendo mi táctica habitual decido ignorarle pero esta vez es imposible, pues no me deja esquivarle: Que si soy un tacaño (vale, cierto), que he dado mil vueltas para buscar ese lugar de mierda (esto ya no es verdad, pero opto por callar), que la comida es cutre (aún no la ha probado), que como comida basura (si, ¿y?), que él sabe lo que su cuerpo necesita (vale, pero y esto a qué viene?), que no hay que caminar tanto para encontrar un lugar peor que uno que estaba al lado de donde veníamos (¿y a mí qué me cuentas? Háblalo con tu novia, que la tienes al lado)… Lo logró. Me cabreé, y comí un bocadillo de mozzarella con tan mal genio que no me permitió degustarlo. No sólo me quedo sin ver el partido sino que encima me amarga la comida por no haberlo visto. Eli no andaba muy fina tampoco y el pobre Barnabas trataba de no involucrarse demasiado, no sea que se escapase una ostia y él la pillase accidentalmente….

Como él se había quedado a gusto, tras acabar de comer vamos a la Catedral de Palermo. Él de buen humor. Pero yo estaba enfurruñado ahora, así que me quedé con Eli y Barnabas. De todas formas, si alguien se lee esto alguna vez, que me crea: No vale casi la pena visitarla. Está la patrona de la ciudad y poco más. Por fuera es bellísima, pero el interior no es nada del otro jueves. Para colmo, mi humor no era el más adecuado, así que cuando decidimos volver al hotel a hacer la siesta me metí por las peores calles de Palermo, por desquite. Un paseo por calles de miseria, sinuosas, con olores indefinibles y repletas de malos imitadores de Makinavaja. Todo muy congruente con mi humor grisáceo.

La tarde la pasamos algo mejor. La breve siesta permitió mejorar los ánimos y las formas, y me dejaron luego deambular por donde quise sin pegas ni quejas, aunque fueran barrios de poco fiar. Procuré no pasarme demasiado. Al final hicimos una precaria paz dejando que Torracoglioni escogiese para cenar un puesto del puerto donde nos sirvieron un plato enorme de fruta, compensando así la "mierda de comida" que habíamos hecho.

Antes de dormir me despedí de la ciudad. Cierto era que Palermo es del tipo de ciudad que me gusta visitar, pero convine que en realidad no la echaría mucho de menos. Demasiado repudiada hasta por sus mismos habitantes como para lograr seducir a un viajero. Caótica y sucia, creo que sólo su gente con la amabilidad increíble de que hacen gala los sicilianos logra salvarla de la mediocridad. Con Barnabas estuvimos mirando la RAI un rato y pudimos ver los últimos 3 minutos del famoso partido que nos tanto nos amargó el día. Finalmente España perdió, pero dando la cara. No avisamos a Torracoglioni. Preferimos tener un fin de fiesta en paz.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Cosas curiosas


Parques de ensueño.
Higueras dela India de tamaño colosal que daban un frescor delicioso en las horas más calurosas.
Olvidando un segundo dónde estábamos, parecía transportarte a la selva siguiendo a Salgari.






En breves metros aparecen capillas improvisadas en medio de la calle.












Y al volver la esquina, un cartel explicando sucintamente ciertas conductas quizá habituales entre los palermitanos:

"Prohibido cagar"

Le hicimos caso.

Palermo, una ciudad de contrastes


Sorprendentes edificios, a cual más precioso.











Junto a otros de increíble dejadez.
Los olores suelen ir en consonancia.










Todo dentro de una urbanística, cuando menos, peculiar.
Los contrastes entre edificios son sorprendentes.
San Cataldo, de estilo normando, junto a una iglesia barroca.









El tráfico es caótico. Y las normas inexistentes. Este, en moto, sin casco, conduciendo mientras habla por el movil y con "paquete", no es una excepción.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Primer día



Sábado 23/08/2008

Fue entonces cuando nosotros empezamos el viaje. A finales de agosto Barcelona está vacía si te levantas a las tantas de la madrugada. Excepto si tienes que ir en tren al aeropuerto. Desde luego, le estoy cogiendo manía a esto de viajar en avión. Para comenzar has de darte el madrugón del año, desplazarte después a varios kilómetros de donde vives por medios diseñados por algún misántropo convencido de que quien quiera disfrutar del mundo debe sufrir primero varios pisotones, estrecheces y ausencia casi total de asientos en un tren lleno a rebosar, y encima tener que esperar casi 2 horas antes de poder comenzar el viaje de forma efectiva. O sea, subiendo al avión. Previa humillación en el puesto de seguridad, claro, con esa manía tan típica de cualquier uniformado por dar explicaciones sucintas en monosílabos para obligarte a ejecutar acciones de cierta complejidad. Y hacerte descalzar, por supuesto. Un viaje en avión no lo es si primero no te has tenido que quitar las botas en medio de una cola gigantesca de gentes cabreadas, con todas las pertenencias importantes en un cajón a varios metros de distancia al alcance de cualquiera que quiera cogerlas y con la cara de mal humor-estreñido habitual del que te contempla los calcetines con honda expresión de desprecio. Ya ni tan siquiera me preocupo de los efluvios de unas botas raídas por el uso, es más casi hasta lo deseo: “¿Quieres que me quite las botas? Vale. Sufre las consecuencias”. Los últimos viajes me están convenciendo de las ventajas de viajar hasta en patinete, si se tercia, antes que meterme en un tubo de metal con alas dada la amabilidad usual en el trato y que encima nos descarga cual ganado borreguero a varios kilómetros del lugar civilizado de destino más cercano, sin equipaje (al cual he de esperar un tiempo indeterminado antes de poderlo recoger, a veces incluso con desperfectos) y con una fatiga indefinible. Manía esta occidental de llegar a todas partes demasiado rápido. Sin olvidar el nada desdeñable hecho que a Eli no le gusta volar. La noche anterior ni duerme ni deja dormir y cuando llega a destino se pasa 2 días “evacuando los nervios padecidos”. Comienzo a odiar el avión.

En fin, cuando pudimos abandonar el aeropuerto era casi mediodía, cansados, fastidiados y medio muertos de hambre. Bueno, en realidad sólo yo medio muerto de hambre. Eli tiene un dios particular que le evita padecimientos mundanos relacionados con el hambre, pero en su infinita misericordia permitió que saqueara una máquina expendedora para zamparnos “a medias” unas patatitas fritas. Bendito manjar cuando hay hambre.

Por suerte llegar a Palermo no es caro ni difícil, ya que hay un tren casi directo a la estación central. Lo de “casi” es porque aprovecha el camino para parar en todos los pueblos entre el aeropuerto y Palermo. Así a ojo contamos unos 10 pero como no estábamos muy atentos puede que nos saltáramos alguno. El concepto de prisa en esta tierra no lo tienen demasiado claro. Así , escasos 30 km se traducen en 50 minutos de tren que te permiten casi contemplar a placer la vida cotidiana de cada uno de los pueblos.

En cuanto llegamos a la estación nos sentimos un poco raros. Habitualmente invertimos siempre un tiempo indeterminado entre 5 minutos y 6 horas en la búsqueda de un lugar donde dormir, dependiendo de la estación, la ciudad y la época del año. Pero esta vez tenemos “ya” hotel reservado a 1 escaso km de la estación. El paseo hasta allí fue conmovedor: Decrepitud, suciedad, y notable decadencia así en general. O sea, precioso. Sólo le encontramos una pequeña pega en cuanto parece que a algún funcionario del ayuntamiento le parecería en su momento que eso de poner el nombre de las calles era algo absolutamente innecesario, no fuera a ser que los turistas llegasen a destino sin necesidad de preguntar a nadie. Tras cagarnos en sus muertos durante varias travesías, decidimos preguntar al primer nativo que encontramos. La mala suerte tan típica de estos casos exigía que o no nos entendiera o que no supiera hablar, y no sé por qué escogió la segunda: Un viejecito encantador al que le pregunté en mi exquisito italiano por la calle a la que íbamos sin percatarme del insignificante hecho de que el pobre estaba laringectomizado. Sólo la amabilidad obligada hacia el extranjero que demuestra ser tonto evitó que nos empalasen en la calle mismo, y como quedaba claro que era un auténtico idiota los amigos del hombre optaron por indicarme toda amabilidad la calle con indicaciones claras y precisas. Total, no era muy difícil:

- Es esa calle. Se ve desde aquí a 20 metros.



Con mil y un aspavientos y demostraciones físicas de gran exuberancia. Y en 20 metros llegamos al callejón donde estaba el hotel Ai Galileo Siciliano. Callejón estrecho, inquietante, con las clásicas sábanas extendidas de casa a casa, capillitas varias con virgen incorporada y unos cuantos vecinos contemplando a Eli y a mi, cargados con las mochilas y unos recios zapatones colgados del hombro buscando la puerta del hotel. Mi sensación de sentirme idiota estaba empezando a inquietarme seriamente.

Tras un mínimo descanso que nos permitimos, ignorando requerimientos varios para ir a comer, vamos a buscar a Barnabas y compañía. Estaban en un restaurante cerca de la estación, ya llegados desde Catania. Antes de verles decidimos entrar en un supermercado muy pintoresco para comprar unas patatitas fritas y unos croissantitos con los que traté de convencer a mi estómago para que dejase de rugir un rato. Pese a lo puñetero que es, las patatas le parecieron argumento suficiente y dejó de dar la lata.

Una vez reunidos, y tras hacer ver que ignoraba durante más de un cuarto de hora las admoniciones y reniegos de mi colega acerca de los efectos perniciosos de la comida basura sobre mi organismo y de lo asquerosas que son las patatas fritas que estaba comiendo, charlé un rato con Barnabas sobre su trozo de viaje mientras procedía a dirigir un paseo edificante hacia la ciudad vieja.

Por lo que me pudo contar, nuestro colega, un pejiguero aficionado nada exento de talento, había logrado un notorio virtuosismo en las quejas y puñetas que le habían hecho ganar el sobrenombre de “Torracoglioni”. Para entendernos, el tocacojones. Habida cuenta de la perorata inmisericorde contra las patatas fritas que me había endilgado tuve que convenir en que el mote estaba muy bien escogido y respondía a una inquietante realidad, pues estaba más pelma de lo habitual aún sin tener motivos de queja propios. De hecho creo que Barnabas apreciaba nuestra llegada, ya que eso minimizaba los efectos de la torracoglionada sobre él al repartirse sobre más gente.

Bueno. Le ignoramos como pudimos. Tras tanto estrés laboral tanto mío como de Eli la verdad es que necesitábamos dar un paseo tranquilo. Palermo nos recordaba mucho a Nápoles, con esos rincones degradados por el paso del tiempo y los nulos esfuerzos por hacer un mínimo mantenimiento, pero pudimos disfrutar un día soleado, delicioso, que comenzó con la iglesia de San Cataldo y concluyó en un paseo marítimo realmente bello. Resultaba maravilloso pasear sin prisa por esas calles estrechas, sucias, con un bullicio de vida que recordaba a zocos musulmanes. Sentí el sol lamerme la piel al crepúsculo a escasos metros del mar, deleitándome con el aire fresco y un delicioso helado de un sabor indefinible. Esto significa de verdad viajar, dejando el tiempo fluir mientras mi mente se relaja lentamente.


Y para concluir, nos fuimos a cenar a la pizzeria Angel, al lado del hotel. Por 4 euros por barba nos zampamos 2 pizzas familiares enormes que casi no pudimos acabar. Amistad, una ciudad caótica y bonita, buena comida y conversación rodeado de gente a la que aprecio. Un bello día en verdad.



Sagas sicilianas. Los inicios

Agosto 2008


Fue hacia el final del verano que por fin pudimos hacer el viaje. Elisabet y yo ya teníamos los planes hechos, al modo en que sólo ella y yo disfrutamos de planear un viaje, es decir, escogiendo sólo los lugares a donde ir y sin mirar nada más, cuando parece que todo se torció. Unos amigos decidieron que la mejor manera que tenían de gastar sus vacaciones sería añadiéndose a nuestra futura incursión a Sicilia, y claro, Barnabas, nuestro querido Barnabas, también se apuntó.

Ese verano resultó agotador para mí. Trabajo y más trabajo convirtieron mi más que menguada paciencia en una especie de reducto abatido y destrozado, haciendo que además la preparación del viaje se convirtiese en una especie de tortura asiática. Tanto Elisabet como yo solemos trasladarnos al destino y, una vez allí, nos buscamos la vida. No solemos tener tiempo para preparaciones exhaustivas y menos aún ganas. La rutina habitual ya nos tiene bastante fastidiados y decidimos invertir el tiempo de las vacaciones en otros menesteres temo de menos prosaico materialismo. Imagino que a mi amigo y su novia tal estilo de preparar el viaje les resultaba, digamos, algo insuficiente, y llamadas y más llamadas de teléfono con mil requerimientos y cierta sensación de parecerles cutre me hicieron desistir de mantenerme fiel a mi estilo. También más para aplacar sus iras decidí que ellos se encargarían de planificar mil y un vericuetos, hoteles, visitas y demás, ya que ninguno de los otros teníamos la más mínima demanda insoslayable que satisfacer en cuanto a alojamiento y etcéteras. Además ellos saldrían antes, junto con Barnabas, para visitar Siracusa y Catania, y Eli y yo nos reuniríamos con ellos en Palermo pasados unos días, y creí justo que se manejasen a su antojo, armados de una guía Trotamundos y algunas nociones de mi experiencia previa en la isla, muy alejada lo que entenderíamos como normal y dentro de un estilo de locura inspirada que personalmente a mí me encanta pero que puede resultar insufrible para gentes amantes del orden y la planificación.

Los inicios. Sagas sicilianas.


Agosto 2008
Fue hacia el final del verano que por fin pudimos hacer el viaje. Elisabet y yo ya teníamos los planes hechos, al modo en que sólo ella y yo disfrutamos de planear un viaje, es decir, escogiendo sólo los lugares a donde ir y sin mirar nada más, cuando parece que todo se torció. Unos amigos decidieron que la mejor manera que tenían de gastar sus vacaciones sería añadiéndose a nuestra futura incursión a Sicilia, y claro, Barnabas, nuestro querido Barnabas, también se apuntó.
Ese verano resultó agotador para mí. Trabajo y más trabajo convirtieron mi más que menguada paciencia en una especie de reducto abatido y destrozado, haciendo que además la preparación del viaje se convirtiese en una especie de tortura asiática. Tanto Elisabet como yo solemos trasladarnos al destino y, una vez allí, nos buscamos la vida. No solemos tener tiempo para preparaciones exhaustivas y menos aún ganas. La rutina habitual ya nos tiene bastante fastidiados y decidimos invertir el tiempo de las vacaciones en otros menesteres temo de menos prosaico materialismo. Imagino que a mi amigo y su novia tal estilo de preparar el viaje les resultaba, digamos, algo insuficiente, y llamadas y más llamadas de teléfono con mil requerimientos y cierta sensación de parecerles cutre me hicieron desistir de mantenerme fiel a mi estilo. También más para aplacar sus iras decidí que ellos se encargarían de planificar mil y un vericuetos, hoteles, visitas y demás, ya que ninguno de los otros teníamos la más mínima demanda insoslayable que satisfacer en cuanto a alojamiento y etcéteras. Además ellos saldrían antes, junto con Barnabas, para visitar Siracusa y Catania, y Eli y yo nos reuniríamos con ellos en Palermo pasados unos días, y creí justo que se manejasen a su antojo, armados de una guía Trotamundos y algunas nociones de mi experiencia previa en la isla, muy alejada lo que entenderíamos como normal y dentro de un estilo de locura inspirada que personalmente a mí me encanta pero que puede resultar insufrible para gentes amantes del orden y la planificación.

martes, 2 de septiembre de 2008

Camino a casa.

Diario de viaje del verano de 2008. Un nuevo viaje a Sicilia.

Según mi manera de ver las cosas, un viaje a la isla donde había pasado las mejores vacaciones de mi vida, acompañado de mis mejores amigos, era como buscar un atisbo del paraíso.

Pero nunca las cosas salen como uno las pretende. Parafrasando a Shakespeare (Coriolano):

Mirad, los cielos se abren, los dioses
miran desde lo alto y se rien
delante de esta escena contra natura.

Era buscar la cuadratura del círculo. Según mi costumbre iré transcribiendo los párrafos de nuestro diario de viaje, y en cuanto pueda, las fotos de Barnabas (a quien tantas cosas debo agradecer para que no acabase todo mal) dentro de la mayor jocosidad que pueda para que quien esto lea pueda, con el paso de los textos, entender cómo son las circunstancias que rodean a un viaje. Para no repetir mis errores. Y si puedo, orientar al viajero que busque qué hacer en las zonas que recorrimos.

Pronto daré inicio a las sagas sicilianas.


Barcelona

Siguiendo a Perich. Hay días en que no se puede tener más razón...