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lunes, 23 de septiembre de 2013

Ruta por Bretagne: Etapas 8 y 9

Días 30 y 31/08/2013

Me hubiera gustado poder escribir algo más, pero como ya he dicho ampliamente la conocida eficiencia y capacidad de jorobar que tiene SNCF nos acortó un día la ruta y tuvimos el viernes que parar todo para poder coger un tren a Rennes. Nuestro anfitrión fue más que amable al despedirse de nosotros y tras una visita calmada a Lannion, especialmente a una iglesia situada en la parte alta de la ciudad, desde donde se veía todo el pueblo, pillamos el tren de pacotilla de un solo vagón hacia Plouaret. Este era exactamente el mismo tren de mierda que nos había traído 2 días antes desde Paimpol. Lo reconocimos en el acto, especialmente porque el mismo espacio de mierda para bicis esta vez nos impedía subir a nosotros y a otros 2 cicloturistas. Nos pusimos como pudimos, coartando el asiento a casi todo el mundo pero qué le vamos a hacer, si sus vías férreas son de pacotilla no es a nosotros a quienes han de pedir cuentas, creo yo...


Por suerte bajábamos en la siguiente parada, Plouaret, y eran escasos 5 minutos. Para bajar tuvimos problemas porque una mema totalmente absorta estaba coqueteando con un mentecato en la puerta del vagón y no se apartaba ni a la de 3, hasta que Eli le gritó en un excelente francés hecho a base de exabruptos que se quitase de en medio. Lo curioso es que una vez se apartó, se dio cuenta de que también bajaba ahí... La curiosidad nos hizo preguntarnos si estaba con las hormonas tan disparadas como para haberse saltado la parada, pero en general no nos habría importado demasiado si no hubiésemos tenido que esperar casi una hora hasta nuestro tren a Rennes. En este espacio de tiempo vimos como se dedicaba a coquetear con otro tipo, babeante este, miestras enseñaba la ropa interior de forma descuidada a cualquiera que por ahí pasase. Entendámonos, no sabemos si la señorita era algo, digamos, laxa de moral sexual o no, pero desde luego no sabía como llevar una falda. La bautizamos como la tipa de las bragas rosas con puntitos, hbida cuenta la facilidad para su contemplación que nos dio, y vimos cómo además perdió su tren por estar coqueteando con el baboso, que también lo perdió, y de la forma más tonta además. Tuvieron que cambiar sus billetes.

Dejando de banda al par de futuros retozantes esos, la espera no se amenizó con nada más y encima nos tocó tren borreguero a Rennes. El día no aportó nada más aparte de que convencimos a Barnabas de tomarse unos mejillones a la crema que le encantaron, pese a que no se los comió bien.


El día siguiente consistió en un madrugón tan innecesario como peculiar. Eli se empeñó en que para cruzar la calle, que era la distancia entre nuestro hotel y la estación de Rennes, era imprescindible levantarnos UNA HORA antes. Perjurando en arameo le hicimos caso, pero aún no sé porqué. Y de ahí un maravilloso recorrido Rennes-Laval-Le Mans-Paris en trenes de media distancia o cercanías. Una soberana paliza, compensada en parte porque pudimos visitar Laval, un pueblecito de la región de Loira, y un poco de París, aunque este a rebosar de gente e insoportable solo por esto mismo. Una foto, de rigor, en el Jardin des Plantes, y tren a Cerbere. Poco más a decir.


Ruta por Bretagne: Etapa 7

29/08/2013

Hoy iba a ser el último día de ruta. Cortesía de los trenes de la SNCF no podíamos apurar y tocaba hacer una maratón de trenes para poder llegar a París a tiempo de pillar el tren a Cerbere, así que iba a ser la última ocasión de pedalear por estos paisajes de salvaje y domada belleza. Lo primero fue desayunar, y nuestro anfitrión nos dio conversació y un opíparo desayuno con pastelería bretona y mucha mantequilla y mermelada. Excelente todo y encima casero. Particularmente la mermelada de ruibarbo, hecha por su mujer, estaba excelente y me serví varias raciones acompañadas de la mantequilla salada bretona tradicional. Como le explicamos en ese rato la ruta que íbamos a hacer y resultó un enamorado de su tierra, nos explicó cómo llegar a Perros-Guirec por una vía verde, el GR-34, que además ES PLANO. Sin cuestas. No hubo más discusión y encima cogió su propia bicicleta y nos guió hasta la entrada del GR, pues sin él hubiera sido algo complicado encontrarla.

Fuimos entonces por ese camino pero al carecer de mapa de la zona teníamos que fiarnos de la memoria de Eli para las explicaciones que le había dado el señor, pero no nos engañemos, esto no e algo muy fiable. Su memoria no, que es bastante segura, pero su capacidad de entender sobre el terreno lo visto en un mapa y sin poderlo consultar unos cientos de veces a cada curva... pues que no. Barnabas además nos sorprendió con una desconocida incapacidad de introspección, pues tras casi 10 km de ir siguiendo el GR con sus señales y todo, en una encrucijada dudosa va diciendo todos los caminos que salen en su GPS  hasta que Eli, con poca paciencia como en ella es habitual, le espeta que busque el GR y se deje de otras memeces. La respuesta de Barnabas fue altamente inesperada: El GR-34? Ah! Haberlo dicho!!

Pero será... Pues que carajo habíamos ido siguiendo los últimos 10 Km? Tendrá jeta... su versión de esta anécdota dista "un poco" de lo que he contado, pero dejaré que él mismo ponga en los comentarios cómo le parece que esto aconteció. Que no olvide mencionar que nadie le dió su merecida colleja.


Luego seguimos camino. COmo habíamos acortado mucho y encima por terreno casi plano, con poca fatiga acumulada, nos permitimos un almuerzo con pastel de ciruelas en Perros-Guirec y luego continuamos ruta hacia la izquierda en la costa Rosada. Esta se llama así por el granito de color rosáceo que está por toda la zona, siendo esto a tal nivel que casi cualquier construcción está hecha con esta piedra y tiene este curioso color rosa. Muchas casas y hasta un molino de la zona son así y resultan muy curiosas de ver. 




Para comer paramos en la playa de Saint Guirec, preciosa, medio escondida  entre arrecifes, acantilados y hasta con una mansión almenada al fondo de la cala. Además con poca gente, lo cual siempre es de agradecer. 


Lamentablemente a partir de aquí retomamos el rompepiernas habitual de cuestas por todas partes, y eso que abandonamos la costa para ir hacia el interior a visitar un molino antiguo, un dolmen muy bien conservado y, para alegría de Barnabas, un centro de investigación espacial y telecomunicaciones que tenía unas antenas enormes, de las que le gustan especialmente. Cada uno tiene sus manías, y la suya es la astronomía.



Pronto acabamos reventados y tras la última visita, a un menhir prehistórico al que un sacerdote católico medio lerdo, si le quitamos "medio" de la aseveración, decidió corregir mediante la adición de imágenes sacras cristianas y que no logró más que estropear, decidimos poner fin a la excursión. 


El Bodrio en cuestión.

Nos quedaban un buen montón de km hasta Lannion, y para acortar decidimos salirnos de la ruta y fiarnos del GPS de Barnabas. Esto resultó una curiosa fuente de conflicto, ya que Eli ponía una serie de condiciones difíciles de cumplir, tales como evitar cuestas (complicado en esa región) y carreteras. Algo quizá más complicado. Barnabas fue calentándose los cascos con cierta inhabilidad en la ruta, que Eli se dedicó a cambiar cuando veía la ocasión, al punto que nos metió por un GR lleno de barro que para hinchar bien las narices encima al cabo de 500 m estaba cortado para bicicletas. Barnabas puso cara de asesinar a alguien pero se reprimió, aún desconocemos por qué, y tras meternos por la carretera más grande que encontró llegamos por fin a Lannion y a casa.


Un estudio a doble ciego...

Nuestro anfitrión nos vino a buscar casi en el acto para darnos el paseo prometido en su simulador de vuelo. Eli se lo pasó pipa, pero los no franco parlantes del grupo nos quedamos algo menos entusiasmados. En fin, de todas formas resultó divertido y nos obsequió como un extra un viaje desde Perpignan a Barcelona que fue bien curioso, pues esa perspectiva de la ciudad desde un avión no nos era nueva pero sí interesante. 




Ruta por Bretagne: Etapa 6

28/08/2013

La noche por fortuna solventa algunos de los problemas digestivos de Eli y solo le queda el cansancio tras levantarse a las 04:00 horas para comprobar que las bicis estaban bien. Pese a todo andamos bastante cansados y parece poco probable que si el paisaje sigue en la misma guisa podamos completar la ruta planeada, incluso pese al trozo, ingente, de terreno que nos comimos con el tren a Saint Brieuc. Barnabas se muestra reticente, y lento, pero esto no es novedad, pero conviene con nosotros que forzar mucho a Eli acabaría por salirnos probablemente mal y las comunicaciones en esta tierra no dan para muchos inventos con el tren de vuelta. Así que vamos a la estación y comprobamos que podemos ir a Lannion, un buen trozo más adelante, sin necesidad de hacer tonterías como volver a Rennes y tomar otro tren allí de vuelta, con km a mogollón para nada. Y sacamos los billetes, claro.

Nuestra sorpresa en a estación es doble: In primis porque vemos que en este pueblo enfocado al turismo tienen un tren de vapor para disfrute de guiris en general. Es bonito y parece bien cuidado, pero no estamos para turistas y esperamos pacientemente nuestra segunda sorpresa, que es nuestro tren. Consiste básicamente en una locomotora-vagón, con capacidad para unas 50 personas siempre y cuando vayan todas de pie. Menudo marrón. Meter ahí con toda la plebe que estaba en la estación esperando e tren nuestras bicis. Especialmente porque el espacio pensado, o más bien poco pensado, para ellas era exiguo y las 3 no cabían ni de broma. Lo logramos a medias entre la buena voluntad nuestra y el espíritu hispano de "por mis cojones que esto entra". Podemos afirmar con propiedad que el tren era una mierda, y que el revisor además se puso al mismo nivel, no queriendo indicarnos cómo hacer el transbordo con antelación alegando que no sabía cómo era la estación a la que íbamos. Las narices no lo sabía, pero tememos que tuviera una cierta digamos animadversión hacia los ciclistas y sobretodo hacia las bicis que tanto le incomodaban a la hora de pasar a hacer su trabajo de controlar quien tiene billete y quien no. Pese a tan maravillosa ayuda pudimos ahcer el transbordo bien. Solo teníamos 5 inutos entre la llegada de nuestro birria-tren y el siguiente, pero como la fortuna hizo que ambas vías fueran próximas no hubo ningún problema. Y pronto llegamos a Lannion.

Como resulta que era casi mediodía y en este pueblo tienen una oficina de atención al turista, preguntamos allí por un sitio para dormir baratito. Nos atendieron muy amablemente, incluso ofreciendo unas galletas bretonas de mantequilla de esas tan buenas de la zona, y nos reservan por teléfono un bed&breakfast que resultó cojonudo, y por esto lo menciono aquí con detalle: Le grand Chene, de Monsieur Stervinon. Este es un profesor jubilado que ofrece su casa, una auténtica mansión, por precio muy asequible y que resultó además un fantástico guía y anfitrión. No nos costó mucho encontrar su casa y una vez acomodados, tomamos las bicis, ya sin peso, para dar una vuelta por la zona.



No pretendíamos ir muy lejos, y omenzamos a bajar por el río en dirección a la playa de Yaudet, que nos habían prometido ser excelsa. POr el camino fuimos parando en algunas capillas, más casi para descansar de las terribles cuestas de la zona y haciendo algunas visitas aquí y allá. 



Cuando por fin llegamos, resulta que es una zona natural y está prohibido descender a la playa con las bicis. Hay unas escaleras para ir a la playa, pero evidentemente impracticables con 2 ruedas, y una bajadita precioooosa del 15% por si alguien se anima a ir, pero claro, bajar muy bien, pero subirla luego comoq ue no, que era cosa de 1 km de larga. O así. Solo basta con mencionar que ni siquiera Barnabas quiso hacer la heroicidad de bajarla habida cuenta de que luego le tocaba subir, y él sí está en forma como para poder hacerlo... Da una idea de lo bestia que se veía.

Decidimos entonces comer a la sombra de la iglesia y visitarla luego. Tienen una curiosa talla antigua, curiosa por representar a la Virgen acostada por recién parida (haber dado a luz, para los amantes de los eufemismos y de las babas), pero luego nos picó la curiosidad y bajamos a la playa, dejando la bicis al cuidado de Barnabas (que luego no quiso bajar). Los escalones eran pronunciados pero la visita valía la pena, por ver otro tipo de playa llena de mejillones. No eran comestibles, que si no me pego un atracón, pero era espectacular de ver. Allí en Bretaña cada playa es diferente a la anterior.




Para acabar el día dimos unas vueltecitas por Lannion, para verla un poco antes de cenar. Al llegar a casa el dueño nos estaba esperando para ofrecernos, cuando nos apeteciera, una visita virtual con una simulación de vuelo, por la costa Rosa (la costa donde estábamos). A menudos les fue a ofrecer: Eli tiene cierta reticencia a volar, y Barnabas algo ya rayano en la fobia a lo mismo, pero no le quisimos contrariar y aplazamos el posible vuelo a otro momento.





viernes, 20 de septiembre de 2013

Ruta por Bretagne: Etapa 5



27/08/2013

Bueno. Pues en un camping. Después de tantos años y sin que Barnabas se quejase. Se podria considerar una especie de pequeño milagro, especialmente en cuanto se refiere a las quejas, o a la ausencia de ellas por ser completamente correcto. Resultaba raro encontrarse justo donde estábamos, rodeados de campistas y despertados por el alegre corretear de los niños, con sus gritos y sus juegos, y su desayuno con tazas de metal y chocolate humeante. El día, frío, invitaba a recogerse plácidamente en la tienda con una bebida caliente, que es lo que justamente prepare. Barnabas no se avino a beber agua caliente por más que le pusiese té que la aromatizase y diese excelente gusto y calor, pero sobre gustos, los colores y le dejamos degustar unas galletas bretonas de mantequilla que también supusieron buena dosis de moral para el día que se avecinaba. Según lo habitual de estas tierras, rompepiernas, cuestas y fatiga, bien aderezado con algún recorrido por carreteras transitadas de cafres al volante.

La niebla que nos había recibido en este martes pronto comenzó, poco a poco, a retirarse y dar paso a un sol algo rácano en sus calores pero al menos prodigo en luz animosa. Poco viento, por fortuna, pero el rompepiernas continua impertérrito haciendo su trabajo y los km van cayendo a un ritmo exasperadamente lento, con paradas en varias playas para reponer algunas fuerzas pero dejando el regusto amargo de un excelente momento de relax interrumpido para subir unas cuestas vertiginosas, una y otra vez, en un ritmo constante de dureza sin par. Hay una sucesión muy hermosa de playas y capillitas románicas, bien hechas y agradables pero no por ello el día se hace menos duro. 


Vamos más lentos cada vez. En parte por el cansancio y la dureza del camino, pero también porque hemos dejado atrás las prisas Se llega hasta donde se llega, y el resto a tren. Esto me permite por vez primera en todo el viaje pararme tranquilo a dibujar, y es lo que hago en la capilla de St. Michel, donde comemos. Hemos recorrido poca distancia pero se hace realmente duro, y se ha de contar además el efecto desmoralizador que tiene ver una cuesta imponente no señalada en nuestro mapa, pues te hace pensar que la que sí está señalada ha de ser terrible. Lo cual termina por confirmarse en la gran mayoría de ocasiones. Nos pasa exactamente esto al ir a visitar el templo romano de Lanleff. Es un templo circular de la época romana, en ruinas pero bien conservadas que merece la visita. Pero en nuestro mapa figura ser relativamente plano, y 2 km antes de llegar nos encontramos con una bajada larguísima. Que obviamente luego tenemos que subir. Penosamente unos, mejor otro que yo me sé… Pero que te deja sin entrañas.



Dado nuestro estado de fatiga, decidimos merendar en Plehedel, a corta distancia. Hay un supermercado y paramos delante de la iglesia a comer unas patatitas con Brezh-cola. Allí una abuela le da conversación a Eli, la que habla francés, no se vayan a pensar que por otro motivo, a explicarle que ha dejado el coche aparcado y otro que vino después de ella le bloqueó la salida. Tenía más ganas de hablar y contar su aventura que de resolver el tema propiamente dicho, pues le ofrecimos conducirlo nosotros y sacarlo, pues algo de hueco, suficiente, había, pero no quiso. La dejamos con sus tribulaciones.

Nosotros regresamos a nuestro rompepiernas. En este caso fuimos amenizados por un evento altamente acojonante: Estábamos discutiendo si ir por un camino o por otro, cuando de repente veo un coche que baja una cuesta, la que quería tomar Barnabas, y se lleva por delante a dos chavales que iban en bici. Puedo asegurar que el chaval, de unos 10 años o así salió volando por el golpe que le propinó el animal del coche. Como locos corrimos, pero ya me imaginaba yo haciendo reanimación en medio de la nada y sin mucho que poder hacer, pues muerto le creía. Pero para mi sorpresa el chico se levanta, llorando, un poco magullado, con un hematoma no muy pronunciado (en ese momento) en la pierna y con dolor en un dedo, pero nada más. Casi no me creía la suerte del chico, mirándole por todas partes en busca de fracturas que no fueran aparentes. Su amigo se había marchado corriendo a buscar a su padre y el tarado del coche, otro nombre no merece, comienza como un desesperado a buscar desperfectos en su coche tratando a la par de arrancar la bici del chico de debajo de su parachoques. La bici daba pena verla, pero el grandísimo cornudo no se preocupó para nada del chico. Pero se puede ser peor alimaña?  Eli se esmeró en dar mil consejos a ese engendro que gasta el mismo oxigeno que el resto de la humanidad ante las acciones poco prudentes pero pronto le hicimos desistir. Si se preocupa tanto por su coche como para correr según que riesgos, que se pudra con él, hombre, que Darwin en ciertas cosas algo de razón tenía.

Al llegar el padre de la criatura nosotros nos evaporamos. No quiso detalles ni testimonios, asi que seguimos camino. La ruta quedó evidentemente clara desde ese mismo instante: Por esa cuesta llena de locos no metemos a Eli ni con la amenaza de una pistola de gran calibre. Poco a poco fuimos completando el recorrido visitando las atracciones de la zona, un molino de viento la mar de cuco y la abadía de Beauport, una abadía antigua aún en uso pero con una iglesia en ruinas que permiten visitar en parte. Hasta Barnabas, que no suele disfrutar esta parte de las visitas digamos culturales, estuvo ampliamente contento en este sitio. Es la primera vez que le veo disfrutar de cosas como esta.







La idea era continuar, pero ya era tarde, y nuevamente en este viaje la fatiga pesaba hasta para Barnabas, así que al llegar a Paimpol optamos por parar. Tuvimos suerte en parte, pues en el primer hotel que preguntamos encontramos habitación con vistas a la bahía, y con un espacio destinado a las bicicletas. Bueno, esto era el marketing oficial. La realidad era que la habitación era minúscula, las vistas a la bahía eran a través de una reducidísima ventana, el lavabo y la ducha eran casi inutilizables por la pequeñez absoluta del espacio y el reducto para las bicicletas… bueno, este era en la calle tras una valla de medio metro con una puerta que se abría con clave electrónica pero que cualquiera que lo desease podía saltar sin esfuerzo. Y p r si no quisiese saltar, el posible ladrón habría de ir 4 metros más para arriba en la calle y ver que había una cancela abierta de par en par. En fin, con cierta sensación de ser estafados dejamos las bicis como mejor supimos, bien atadas, tapadas y medio escondidas de posibles chorizos, y nos fuimos a cenar. Eli y Barnabas optaron por los habituales crepes y gallettes, pero yo me lancé a por los mejillones de la zona cocinados con creme fresche. Buenísimos. Valían la pena.




Eli esa noche no durmió. Para empezar porque una molesta diarrea le asaltó, pero también porque andaba algo más que preocupada por las bicis. Tanto fue así que a las 04:00 horas salió a la calle para ver si estaban bien. Y lo estaban. No faltaría más, los chorizos no se levantan a esas horas a robar bicis.

Ruta por Bretagne: Etapa 4



26/08/2013

Comenzamos con el problema que dejamos sin resolver el día anterior. Que es el de la rueda pinchada de Eli. Confiando en una especie de milagro que reparase solito el desaguisado vemos nada más levantarnos que la rueda está como el día, bien deshinchada. Así que toca repararla, y como nos hemos vuelto comodones buscamos una tienda de bicis para pagar por algo que si hiciéramos nosotros podríamos pasar unas cuantas horas. Hinchamos la rueda, sabiendo que aguanta unas cuantas horas con suficiente presión, y nos vamos a la tienda. Para nuestra sorpresa, cuando llegamos a destino vemos que curiosamente libran todos los lunes. Y justo vamos en lunes. Si también será casualidad, hombre…

Bueno, pues ya que la diosa Fortuna nos escupe en la cara optamos por ir a la Gare, que por pura casualidad estaba justo al lado, y tomar un tren hacia Saint Brieuc, con la bici pinchada. La realidad nos mostraba que con la dureza de la ruta no íbamos a lograr completar lo previsto y era prudente avanzar con el tren un buen trecho, saltándonos partes poco interesantes y poder viajar con más calma. Vista aunque de una manera algo fugaz la Costa Esmeralda, e incluso pasando noche en Saint Malo, podíamos permitirnos el lujo de ir en tren a Saint Brieuc y continuar desde allí. Reparar un pinchazo era algo que pensábamos se podría hacer en algún momento del futuro, algo así como “el Yambo del futuro ya se apañará”. Por eso nos dirigimos a la estación. Allí nos espera la grata sorpresa de que para hacer ese trayecto hay que ir absurdamente a Rennes, y tomar allí otro tren. Y encima salía en 5 minutos. Bueno, pues tarjeta de crédito a toda pastilla, y corriendo al tren, que por fortuna estaba cerca (no hay que desesperar, en un pueblo de esas dimensiones apenas hay 4 vías) .

Llegados a Rennes preguntamos por una tienda de reparación de bicis y la suerte parece que nos sonríe esta vez: Hay una justo a 500 metros de la estación. Hacia allí vamos y… Caramba con los vagos de los franceses, también cierra los lunes. Será posible que en este país de vagos y maleantes no haya nadie que trabaje los lunes? Y luego dicen que África comienza en los Pirineos, pues no te fastidia…Bueno, pues a la porra. Nos ahorramos el dinerito y ya veremos cómo nos las apañamos para reparar un pinchacito de nada, que tan complicado no ha de ser tampoco.

Así que tren a Saint Brieuc, y una vez llegados Eli saca de su mochila mágica un inventito que no los del profesor Franz de Copenhagen: Un spray la mar de mono para reparar pinchazos. Funciona de un modo más simple que el mecanismo de un botijo: Se aplica el spray directamente a la válvula y le inyecta dentro de la cámara de aire una espuma que retrasa evidentemente lo inevitable, que es que pierda presión. Pero confiamos que con un poco de suerte dure lo suficiente, y un poco a trancas y a barrancas procedemos según las instrucciones y listos. La rueda tiene presión otra vez y parece que aguanta. Por lo menos los primeros km, que son para salir del pueblo, la rueda no pierde presión. Por cierto, qué recorrido tan feo  tenemos que hacer por Saint Brieuc para salir a la ruta ciclista, pasando por todas las zonas industriales de la costa del pueblo y por carretera un tanto transitada. El riachuelo que seguimos a partir de ahí tampoco es la belleza sacrosanta, pero se agradece la novedad de pedalear sin demasiados coches y al menos con algo de paisaje marítimo. Se ha de decir que es básicamente el mismo tipo de recorrido rompepiernas que nos estaba dejando baldados pero en fin, en esta ocasión, libres de prisas dado el enorme trozo que nos hemos saltado con el tren podemos pararnos en playas que son pequeñas calas pedregosas. Pero se agradece el cambio/ Nos permitimos pequeños paseos por ellas, pudiendo recoger conchas y caracoles de curiosos colores y de buen tamaño. Se hace realmente agradable parar unos minutos en cada playa, tanto por estirar las piernas y picar algunos frutos secos como por retrasar siquiera un poco la ascensión que se sigue de cada cala. 






Así vamos procediendo por toda la costa hasta que no podemos realmente seguir. Viento de cara, algo de frío, semioscuridad y sobretodo mucha fatiga y las piernas reventadas. Demasiado. Llegamos a un pueblecito llamado Etables-sur-Mer y decidimos buscar alojamiento ahí. Encontrar el pueblo supuso un problema añadido, y es que las casas de este país están terriblemente dispersas, y no hay forma a veces de saber si has llegado, salido, o circulas en el centro. Llamados por la regla de oro de buscar la iglesia del pueblo, que debe ser algo similar al centro y es fácil de ver, por el campanario, encontramos al final una especie de información sobre los alojamientos de la zona. Vamos a parar así a una casa particular que se ofrece como bed&breakfast por poco precio. Bueno, el vamos a parar supuso dar unas cuantas vueltas por calles sin placas informativas ni casi números en las puertas, para al final nos diga una amabilísima mujer que no tiene hueco, ya que se lo ha dado a unos británicos muy hijos de la Gran Bretaña que llegaron antes que nosotros. Curiosamente se muestra muy interesada en darnos una mano, y ella misma comienza a llamar a todo el mundo que conoce en el pueblo (casi todo el pueblo por lo que pudimos ver) a ver si nos encontraba algo. No hubo suerte, pues estaba todo lleno, llegando incluso a ofrecernos su propia caravana para dormir, algo que a su marido, el dueño probablemente oficial del trasto, no le sentó demasiado bien habida cuenta la cara que puso..  El caso es que después de mucho pensar y llamar, nos envía a un camping justo al ladito.



Eli se encargó de gestionar las cosas con el camping, que estaba a reventar también de ingleses (les debe de hacer gracia eso de ir a Francia solamente cruzando un charquito de nada con el ferry) pero nos consigue una tienda ya montada, con camas y todo y francamente cómoda. Pudimos incluso pedirnos unas pizzas y dormir como reyes. Casi mejor que algún hotel y todo. 


Ruta por Bretagne: Etapa 3

25/08/2013

Una buena noche reparadora hace milagros, pero en el hotel donde nos alojábamos no tenían un sitio específico para las bicicletas, así que optaron por dejarlas por la noche en el comedor. En medio de las sillas, mesas y demás. No era en realidad una molestia, pues a partir de las 22:00 cerraban el local y sólo funcionaban como hotel, pero nos pidieron que a las 08:00 las sacáramos fuera para dar los desayunos. Y tal hicimos. Nos levantamos a las 07:45 horas y sin tiempo ni para saber si nos habíamos despertado aún o no (de hecho en situaciones similares trato de mantener al menos medio cerebro dormido, y de poder ser, un ojo cerrado y así volver a dormir lo antes posible) bajamos al comedor a realizar tan ingrata tarea. Nuestra sorpresa es que nos recibe la dueña con unos modos dignos de un australopiteco poco menos que llamándonos en un francés entendible hasta para mis hasta ese momento dormidos oídos, que despertaron de golpe, impresentables, maleducados y demás lindeces. Y que el comedor se abre a las 08:00 y que faltaban en ese momento 10 minutos. Tratar de decirle algo a ese monstruo acerca de que había sido ella misma y su marido quienes nos dijeron de sacar las bicis antes de las 08:00 resultó imposible. No nos dejó hablar en una ristra de improperios y malos modos que ninguno habíamos sido siquiera capaces de esperar. Pues vaya mala leche se gasta la vieja-los-cojones. En fin, atendiendo a sus deseos cruzamos la puerta del comedor, esperamos 10 minutos y volvemos a entrar, siendo recibidos en esta ocasión sin insultos pero con una mirada glacial, la cual, siendo sinceros, nos importó bien poco. Sacamos las bicis al patio, las dejamos bien ataditas y para adentro de nuevo desfilando delante de la gélida dueña del comedor y señora de las mesas del desayuno para sin darle ni los buenos días regresar a la habitación a dormir hasta las 11:00 horas, que es la hora en que debíamos salir del hotel. Suponemos que se pensaba que nuestra intención era desayunar, y se colapsó con la hora (valiente memez por otra parte), porque después, al levantarnos para salir y sin desayunar (en su casa, se entiende) no digo que se prodigase en sonrisas, pero al menos hizo ver que no había pasado nada y hasta nos regaló unas postales. Para mí que le faltaban un par de tornillos o un ajuste general de los mismos, y como soy un profesional de esto mi opinión tiene cierto peso. Así que el que se la quiera creer, pues bien, y el que no, pues que lo compruebe por sí mismo si es que tiene ganas.


Bueno, el día, salvo la sorpresa de la inmerecida bronca, no pintaba mal del todo, ya que en Bretaña solo llueve para los tontos y no digo que hiciera sol, pero por lo menos no nos íbamos a mojar, y nos fuimos a la panadería a comprar algo para desayunar e ir tirando por el camino planeado. Comprobamos con cierta aprehensión que los usos sicilianos de indicar la ruta sobre el terreno van ganando adeptos por Francia y poco a poco estamos más tiempo parados consultando el mapa y el GPS que casi pedaleando. Al final, pasó lo que tenía que pasar:  Nos perdemos. o cual por cierto notamos porque de repente aparece una vía de tren que no tenía que estar ahí. Esto desató las iras inmerecidas de ese par de aprendices de boy scout con plano que me acompañaban pero pocas soluciones prácticas para retomar el camino. Por fortuna un ciclista local nos ve parados con cara de merluzos y nos indicó muy amablemente como regresar a nuestra ruta. Tiramos luego sin más problema por donde tocaba, sin perdernos de nuevo, hasta Cancale, en la costa. El camino era agotador, una sucesión de subidas y bajadas, de vértigo ambas que hacían durísimo llevar un ritmo y las horas iban pasando sin que pudiéramos avanzar apenas por el plan previsto. No teníamos pensado hacer una kilometrada de las de aúpa pero el avance era poco menos que miserable y sin tiempo para apenas vislumbrar unas playas preciosas que se nos aparecían a casi cada recodo. A veces era cuestión de maldecir cuando tocaba llegar a ellas, pues cada una se seguía de una cuesta arriba del carajo de la vela e íbamos echando los hígados kilómetro tras kilómetro. Al final paramos a comer en una placita de Cancale antes de reventar. Este es un pueblecito costero bien digno de ver, lleno de guiris ingleses pero tranquilo pese a todo y suficientemente lleno de tiendas de comestibles como para zamparnos alegremente un par de buenos bocatas de foie con higos dignos de un rey.



Luego proseguimos hacia la punta de Grouin, un espacio natural en un cabo de la costa que visitamos en poco tiempo, pues íbamos retrasados, estaba a reventar de gente y soplaba un viento frío, helado, que nos estaba comenzando a fastidiar. Nuestra intención era partir hacia Saint Malo, pero justo cuando ya íbamos a partir el hado funesto me deparó trabajo inesperado. Y desagradable. Para poner claros los antecedentes, hay que decir que estaban en esos momentos arreglando unos parterres, imagino que para adecentarlos con césped, pero claro, o le pones un vallado o la plebe que llega ahí a carretadas lo pisa y destroza. A algún iluminado no se le ocurrió mejor idea que poner un alambre a ras de suelo, a unos 20 cm del suelo, envolviendo los terrenos en cuestión. Esos alambres ya al llegar nos parecieron poco adecuados, pues con las condiciones de luz imperantes, dígase nublado y con luz difusa aunque escasa, había momentos en que eran difíciles de ver. El caso es que una señora con aire de "camada" y mirando al tendido, en plan "qué bonito es todo esto", no los ve. Esos alambres hacen su función y la pobre ilusa se estampa directamente con ellos en forma de un penalty clarísimo, zancadilla alámbrica y señora al suelo. Y multitud que se agolpa para reírse de ella y ayudarla, a partes proporcionales, creo. Eli y yo, que estábamos a unos 5 metros de todo este show más bien nos levantamos a ayudarla porque desde donde yo estaba ví perfectamente sangre correr a borbotones de su tibia. El alambre le había cortado la piel. Y el chorro de negra sangre era copioso. Curiosamente al ver la sangre la plebe curiosa se volvió medio idiota y nadie, salvo el marido de la susodicha, movió un dedo. Dilema bien curioso, porque ayudarla yo podía pero cómo narices le explico lo que ha de hacer, que es básicamente quedarse quieta y no molestarme miestras restaño lo que se pueda en un idioma que no conozco. Eli me ayudó en esto con su excelente francés, pero a la que doy un rápido vistazo a la herida la cosa es chenga: Se veía claramente el hueso, y parar la hemorragia no iba a ser fácil con unos pocos cleenex que llevaba. Un viandante algo más listo que los demás me dio un pañuelo y con esto le apañé al menos un vendaje de mierda que paró la hemorragia, pero eso estaba más allá de loq ue podía hacer incluso con el botiquín que Eli me alcanzó enseguida de nuestro equipaje. Tuvo que ser ella misma la que corriese al puesto de control a avisar de lo que estaba pasando, pues ni un sólo gabacho tuvo los arrestos o el conocimiento de hacer exactamente esto. Especialmente porque me dejó solo y a ver cómo me las arreglaba yo para explicar lo que tenía que explicar. 




En fin, y resumiendo para no alterar almas sensibles, que al final llegó un equipo de bomberos, nos dieron las gracias efusivamente y yo maldiciendo el hado funesto que me hace trabajar estando de vacaciones, nos fuimos de allí. Y nos damos cuenta en menos de 1 km que Eli tiene la rueda pinchada. En medio de la nada. Y a 10 km por carretera de algún sitio donde poder reparar. Definitivamente no era nuestro día. Por fortuna, solo hinchando la rueda, alcanzamos presión de aire suficiente y el ritmo de desinchamiento era lento, y a trancas y barrancas, viento de cara y por una carretera costera hecha a base de rompepiernas, llegamos a Saint Malo. Ese día lo dimos por concluido. Reventados, con la bici pinchada, rueda trasera para más recochineo, ya oscureciendo y con un viento que helaba hasta los huesos, no quisimos ir más allá y buscamos hotel. A la primera encontramos uno de precio asumible. Al menos algo de suerte teníamos. La ciudad es de las que merece la pena visitar: Tiene un casco viejo hecho de calles estrechas y caserones antiguos. Con luz nocturna resulta un paseo muy bonito, y hay multitud de sitios para tomar una crepes (y gallettes) a buen precio. No hay edificios que destaquen por una soberbia perfección, sino que es el conjunto de una ciudad antigua, nada decrépita y parece que orgullosa de un pasado de pobreza y soberbia a partes iguales, por suerte menos dedicada al turismo que el parque temático de Mont Saint Michel. 

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Se podrá disfrutar en Bolonia. Al parecer estimó que podía ser difrutada así durante los próximos 90 años. Es su biblioteca personal, que te...