viernes, 20 de septiembre de 2013

Ruta por Bretagne: Etapa 5



27/08/2013

Bueno. Pues en un camping. Después de tantos años y sin que Barnabas se quejase. Se podria considerar una especie de pequeño milagro, especialmente en cuanto se refiere a las quejas, o a la ausencia de ellas por ser completamente correcto. Resultaba raro encontrarse justo donde estábamos, rodeados de campistas y despertados por el alegre corretear de los niños, con sus gritos y sus juegos, y su desayuno con tazas de metal y chocolate humeante. El día, frío, invitaba a recogerse plácidamente en la tienda con una bebida caliente, que es lo que justamente prepare. Barnabas no se avino a beber agua caliente por más que le pusiese té que la aromatizase y diese excelente gusto y calor, pero sobre gustos, los colores y le dejamos degustar unas galletas bretonas de mantequilla que también supusieron buena dosis de moral para el día que se avecinaba. Según lo habitual de estas tierras, rompepiernas, cuestas y fatiga, bien aderezado con algún recorrido por carreteras transitadas de cafres al volante.

La niebla que nos había recibido en este martes pronto comenzó, poco a poco, a retirarse y dar paso a un sol algo rácano en sus calores pero al menos prodigo en luz animosa. Poco viento, por fortuna, pero el rompepiernas continua impertérrito haciendo su trabajo y los km van cayendo a un ritmo exasperadamente lento, con paradas en varias playas para reponer algunas fuerzas pero dejando el regusto amargo de un excelente momento de relax interrumpido para subir unas cuestas vertiginosas, una y otra vez, en un ritmo constante de dureza sin par. Hay una sucesión muy hermosa de playas y capillitas románicas, bien hechas y agradables pero no por ello el día se hace menos duro. 


Vamos más lentos cada vez. En parte por el cansancio y la dureza del camino, pero también porque hemos dejado atrás las prisas Se llega hasta donde se llega, y el resto a tren. Esto me permite por vez primera en todo el viaje pararme tranquilo a dibujar, y es lo que hago en la capilla de St. Michel, donde comemos. Hemos recorrido poca distancia pero se hace realmente duro, y se ha de contar además el efecto desmoralizador que tiene ver una cuesta imponente no señalada en nuestro mapa, pues te hace pensar que la que sí está señalada ha de ser terrible. Lo cual termina por confirmarse en la gran mayoría de ocasiones. Nos pasa exactamente esto al ir a visitar el templo romano de Lanleff. Es un templo circular de la época romana, en ruinas pero bien conservadas que merece la visita. Pero en nuestro mapa figura ser relativamente plano, y 2 km antes de llegar nos encontramos con una bajada larguísima. Que obviamente luego tenemos que subir. Penosamente unos, mejor otro que yo me sé… Pero que te deja sin entrañas.



Dado nuestro estado de fatiga, decidimos merendar en Plehedel, a corta distancia. Hay un supermercado y paramos delante de la iglesia a comer unas patatitas con Brezh-cola. Allí una abuela le da conversación a Eli, la que habla francés, no se vayan a pensar que por otro motivo, a explicarle que ha dejado el coche aparcado y otro que vino después de ella le bloqueó la salida. Tenía más ganas de hablar y contar su aventura que de resolver el tema propiamente dicho, pues le ofrecimos conducirlo nosotros y sacarlo, pues algo de hueco, suficiente, había, pero no quiso. La dejamos con sus tribulaciones.

Nosotros regresamos a nuestro rompepiernas. En este caso fuimos amenizados por un evento altamente acojonante: Estábamos discutiendo si ir por un camino o por otro, cuando de repente veo un coche que baja una cuesta, la que quería tomar Barnabas, y se lleva por delante a dos chavales que iban en bici. Puedo asegurar que el chaval, de unos 10 años o así salió volando por el golpe que le propinó el animal del coche. Como locos corrimos, pero ya me imaginaba yo haciendo reanimación en medio de la nada y sin mucho que poder hacer, pues muerto le creía. Pero para mi sorpresa el chico se levanta, llorando, un poco magullado, con un hematoma no muy pronunciado (en ese momento) en la pierna y con dolor en un dedo, pero nada más. Casi no me creía la suerte del chico, mirándole por todas partes en busca de fracturas que no fueran aparentes. Su amigo se había marchado corriendo a buscar a su padre y el tarado del coche, otro nombre no merece, comienza como un desesperado a buscar desperfectos en su coche tratando a la par de arrancar la bici del chico de debajo de su parachoques. La bici daba pena verla, pero el grandísimo cornudo no se preocupó para nada del chico. Pero se puede ser peor alimaña?  Eli se esmeró en dar mil consejos a ese engendro que gasta el mismo oxigeno que el resto de la humanidad ante las acciones poco prudentes pero pronto le hicimos desistir. Si se preocupa tanto por su coche como para correr según que riesgos, que se pudra con él, hombre, que Darwin en ciertas cosas algo de razón tenía.

Al llegar el padre de la criatura nosotros nos evaporamos. No quiso detalles ni testimonios, asi que seguimos camino. La ruta quedó evidentemente clara desde ese mismo instante: Por esa cuesta llena de locos no metemos a Eli ni con la amenaza de una pistola de gran calibre. Poco a poco fuimos completando el recorrido visitando las atracciones de la zona, un molino de viento la mar de cuco y la abadía de Beauport, una abadía antigua aún en uso pero con una iglesia en ruinas que permiten visitar en parte. Hasta Barnabas, que no suele disfrutar esta parte de las visitas digamos culturales, estuvo ampliamente contento en este sitio. Es la primera vez que le veo disfrutar de cosas como esta.







La idea era continuar, pero ya era tarde, y nuevamente en este viaje la fatiga pesaba hasta para Barnabas, así que al llegar a Paimpol optamos por parar. Tuvimos suerte en parte, pues en el primer hotel que preguntamos encontramos habitación con vistas a la bahía, y con un espacio destinado a las bicicletas. Bueno, esto era el marketing oficial. La realidad era que la habitación era minúscula, las vistas a la bahía eran a través de una reducidísima ventana, el lavabo y la ducha eran casi inutilizables por la pequeñez absoluta del espacio y el reducto para las bicicletas… bueno, este era en la calle tras una valla de medio metro con una puerta que se abría con clave electrónica pero que cualquiera que lo desease podía saltar sin esfuerzo. Y p r si no quisiese saltar, el posible ladrón habría de ir 4 metros más para arriba en la calle y ver que había una cancela abierta de par en par. En fin, con cierta sensación de ser estafados dejamos las bicis como mejor supimos, bien atadas, tapadas y medio escondidas de posibles chorizos, y nos fuimos a cenar. Eli y Barnabas optaron por los habituales crepes y gallettes, pero yo me lancé a por los mejillones de la zona cocinados con creme fresche. Buenísimos. Valían la pena.




Eli esa noche no durmió. Para empezar porque una molesta diarrea le asaltó, pero también porque andaba algo más que preocupada por las bicis. Tanto fue así que a las 04:00 horas salió a la calle para ver si estaban bien. Y lo estaban. No faltaría más, los chorizos no se levantan a esas horas a robar bicis.

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