Como dentro de la burricie general se tiende a considerar que nada de lo pasado puede servir, me entra la risa floja al leer a veces sobe el pensamiento de los clásicos y ver los males presentes ya en el imaginario de entonces. Por algo son clásicos, caramba, no sólo por lo antiguo sino por lo atemporal. Y para esa clase dirigente tan inculta como soberbia (Annie Bottle podría leer esto y dedicarse menos al inglés...) quizá un poco de Cicerón le sería útil. Este es el pensamiento de este gran orador y político (cargo que en él tantas veces se olvida eclipsado por la fama que bien ganó con las letras) resumido en 10 consejos:
1. El gobernante debe poseer una integridad excepcional. Cicerón se
pregunta por las dotes de mando de quienes aspiren a velar por la paz y
dirigir el rumbo de un país: “Deben destacar por su coraje, su aptitud y
su resolución, porque en nuestra nutrida ciudadanía son multitud
quienes aspiran a la revolución y a la caída del Estado por tener el
castigo que se merecen las faltas que saben haber cometido”. Es decir,
que los gobernantes de una nación deben estar dotados de un valor, una
capacidad y una resolución notables.
2. Inteligencia, perspicacia y elocuencia. Si los dirigentes no
poseen un conocimiento meticuloso de aquello de lo que hablan, sus
discursos serán una cháchara de palabras vanas. La neolengua ya debía
existir hace veintiún siglos. Pero hoy no es fácil hacerse una idea de
la importancia que revestía la oratoria en el mundo antiguo, y quien
quisiera guiar a otros no tenía más remedio que dominar el arte de
dirigirse con elocuencia. “Para elaborar un discurso no importa sólo la
elección de las palabras, sino también su correcta disposición”. A eso
hay que añadir “la agudeza, el humor, la erudición propios de un hombre
libre, así como la rapidez y la brevedad a la hora de responder o
atacar, que siempre irán ligadas a un encanto sutil y a un claro
refinamiento”.
3. La corrupción destruye una nación. Lo sabemos. Sabemos a dónde
conduce la codicia, los sobornos y el fraude. Cómo devoran un Estado
desde el interior y lo vuelven débil y vulnerable. ¿Qué pensaba Cicerón
de la corrupción? Que desalentaba a la ciudadanía y la hace presa de la
cólera y la incita a la rebelión… En su discurso contra Gayo Verres,
antiguo gobernador de Sicilia y paradigma del político depravado,
Cicerón no dejó lugar a dudas: “Como si de un rey de Bitinia se tratara,
se hacía trasladar en litera de ocho porteadores, dotada de un elegante
cojín relleno de pétalos de rosa de Malta. Ceñía su frente con
guirnalda y llevaba otra al cuello, y cerca de la nariz, su saquito de
malla tupida hecho de delicadísimo lino y también lleno de rosas. De
esta guisa hacía los viajes…”
4. No hay que subir los impuestos. Al menos si no es absolutamente
necesario. “Quien gobierne una nación debe encargarse de que cada uno
conserve lo que es suyo y de que no disminuyan por obra del Estado los
bienes de ningún ciudadano”. El propósito principal de un gobierno
consiste en garantizar a los individuos la conservación de lo que les
pertenece y no la redistribución de la riqueza. Pero también condena la
concentración en manos de una minoría selecta. Asegura que el Estado
tiene el deber de ofrecer a sus ciudadanos seguridad y otros servicios
fundamentales. “También es deber de quienes gobiernan un Estado
garantizar la abundancia de cuanto se requiere para vivir”.
5. La inmigración fortalece un país. Roma se convirtió en un imperio
poderoso gracias a la acogida que tuvo a nuevos ciudadanos a medida que
se extendía por el Mediterráneo. Hasta los esclavos manumisos podían
tener derecho a voto. “Defiendo pues que en todas las regiones de la
tierra no existe nadie ni tan enemigo del pueblo romano por odio o
desacuerdo, ni tan adherido a nosotros por fidelidad y benevolencia que
no podamos acogerlo entre nosotros u obsequiarlo con la ciudadanía”.
6. No a la guerra. Si es injusta… los romanos, que podían justificar
cualquier conflicto bélico que desearan emprender, como tantos otros
pueblos que vinieron detrás de ellos. Pero para Cicerón, al menos, el
ideal bélico no puede darse si se hace por codicia en lugar de para
defender la nación o por castigo. “¿Cómo os sentís vosotros sabiendo que
una sola orden [de Mitríades] ha bastado para causar en un día la
matanza de miles de ciudadanos romanos?”
7. El mejor gobierno es un equilibrio de poderes. Sin equidad los
hombres libres no pueden vivir mucho tiempo. Sin ella tampoco hay
estabilidad. Cicerón advierte que no es difícil que de la virtud nazca
el vicio y que “el rey degenere en déspota, la aristocracia, en facción,
y la democracia, en turba y rebelión”. Supervisión y equilibrio. De ahí
que “el ejecutivo deberá tener cualidades descollantes propias de un
soberano, pero siempre concediendo autoridad a los próceres y al juicio y
la voluntad de la multitud”.
8. El arte de lo posible. Considera irresponsable la adopción de
posturas inflexibles, en política todo se encuentra en evolución y
cambio. “Cuando hay un grupo de personas que gobierna una república por
el hecho de tener riquezas, abolengo o cualquier otra ventaja, cabe
considerarlo una facción, aunque ellos se quieran llamar próceres”.
Negarse a transigir es un signo de debilidad, no de fortaleza.
9. Estar cerca de amigos y de enemigos. Nuestro enviado especial a
Roma sabía cómo tratar a un aliado ofendido y abordar un problema de
forma directa y elegante, pues los dirigentes fracasan cuando subestiman
a sus amigos y aliados. Le resultaba aún más importante asegurarse de
saber qué hace el adversario. Para Cicerón hay que tender lazos con los
oponentes. En el año 63 a.C., cinco años después de ejercer de cónsul,
sus enemigos políticos lograron exiliar a Cicerón con falsos cargos, y
20 años más tarde Marco Antonio mandó su ejecución. Sus propios
presupuestos no le sirvieron.
10. Leyes universales gobiernan la conducta humana. No supo del
concepto de derecho natural. Creía firmemente en la existencia de leyes
divinas, no sujetas al tiempo ni al espacio, que garantizan las
libertades fundamentales del ser humano y limitan la conducta de los
gobiernos. “Habrá un único dios que ejercerá de maestro y gobernante del
común, creador de este derecho, juez y legislador”.
Cómo gobernar un país
Una guía antigua para políticos modernos
Marco Tulio Cicerón
Editorial Crítica, 2013
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