martes, 27 de enero de 2009

De la estética Carolingia. Beda el Venerable.



La doble nota cristiana y antigua que caracteriza la estética carolingia no siempre llega a formar un todo orgánico. Así, esto es lo que vemos en las cuestiones que conciernen a las relaciones entre las verdades escriturarias, necesarias para la salvación, y las artes liberales que proporcionan los fundamentos para las bellas artes por su teoría literaria (gramática y retórica) y su teoría de las proporciones plásticas y sonoras (aritmética y música).

Las artes profanas no parecen tener otra importancia que la de servir a las verdades religiosas:

- La gramática enseña la métrica útil para la inteligencia de los salmos.
- La retórica expone los tropos y figuras que según Beda el Venerable hay que conocer en la exégesis bíblica.
- La dialéctica, desarrollando la teoría del razonamiento hace ver lo que se puede deducir legítimamente de la Escritura.
- La aritmética (mística), enseñando las proporciones de los números, sirve para penetrar el sentido alegórico.
- La geometría fue empleada por los constructores del Templo y el Tabernáculo.
- La astronomía permite calcular el cómputo y fijar la fecha de la Pascua.

Esto no es más que el mínimum indispensable para la instrucción de los eclesiásticos, no la significación total de las artes profanas..

Así, la filosofía se divide en 3 partes:

1. La física.
2. La ética.
3. La lógica.

Conocían tratados griegos que se refieren a cada una de estas disciplinas. Pero para ellos, en el pueblo escogido (hebreos) se anticipaban a los helenos en estas cuestiones:

1. Las cuestiones morales fueron tratadas en el Génesis.
2. Las cuestiones morales en los Proverbios y el Eclesiastés de Salomón.
3. Las teorías dela discusión por el Cantar de los Cantares.

Establecen así un paralelismo entre la cultura profana grecolatina y el humanismo religioso, basado en Beda y sus teorías sobre los géneros literarios:

- Drama: El Cantar de Salomón es un paralelo de ciertas Églogas de Virgilio.
- Narrativa: La Sabiduría viene a ser un doble de las Geórgicas.
- Mixto: El poema de Job corresponde a la Ilíada, la Odisea y la Eneida.

Y aún van más lejos en esta vía: Puesto que la antigüedad hebrea precede a la cultura griega, todo lo que se admira en los helenos fue descubierto mucho antes por los israelitas. Es la doctrina que Isidoro y Beda introdujeron en Occidente y que desde entonces se aplica a todas las artes sin distinción.

lunes, 26 de enero de 2009

Sobre el Nombre de la Rosa

Un interesante artículo que circula por la red:

“Tenía ganas de envenenar a un monje”. Ésa fue la razón de peso que Umberto Eco (Alessandria, 1932) da en sus Apostillas a el nombre de la rosa sobre los motivos que le habían impulsado a publicar, tres años antes, en 1980, su gran novela histórica. Con anterioridad el profesor de semiótica de la Universidad de Bolonia había sacado sólo ensayos, algunos de tanto éxito como Obra abierta, Apocalípticos e integrados o Lector in fabula que sus discípulos leíamos con fruición.

El nombre de la rosa se convirtió de manera fulgurante en un best seller. Y de alguna suerte el admirado profesor dejó de ser patrimonio de aquellos estudiantes para abrazar al gran público. No nos sorprendió: Sabíamos de su pasmosa habilidad para saltar de santo Tomás de Aquino a Snoopy, de Supermán a Joyce, del Beato de Liébana a Agatha Christie y Mafalda pasando por Gertrude Stein, los hermanos Marx y la música de Luciano Berio o John Cage. Un tipo así estaba llamado a salirse de los límites del aula.

Confieso, en cambio, que sí nos sorprendió que después de aquel boom escribiera las Apostillas. Tras habernos empapado de su Lector in fabula, ¿no habíamos quedado en que el autor era el lector menos adecuado para hablar sobre la obra, el más sospechoso, al poseer una información inaccesible al lector común? ¿No debía el autor morirse, tras publicar, para que fuera el texto, esa máquina siempre perezosa, quien hablara por él interrogada por el lector? Sí, habíamos quedado en eso, y precisamente por eso ahí estaban las Apostillas: Para confundirnos una vez más e invitarnos a no creernos nunca al autor.

Ese opúsculo, en efecto, está lleno de mentiras jocosas. Pero también contiene una verdad que acaso interese a los lectores de esta colección de EL PAÍS. Se trata de una de las mejores definiciones que puedan encontrarse de novela histórica. Eco distingue tres formas de narrar sobre el pasado. Una es cogiendo ese pasado como mera escenografía o pretexto para dar rienda suelta a la imaginación, al modo de Tolkien. Sus personajes, en efecto, podrían hacer lo mismo en cualquier otro tiempo y lugar y la narración no se resentiría. Una segunda manera es utilizar personajes reales, que podrían haber hecho lo que hacen aunque esto sea inventado, junto a otros personajes ficticios que, en cambio, podrían haber actuado como lo hacen en cualquier otro tiempo y lugar. Es el caso de D’Artagnan y Richelieu en la novela de Dumas. La tercera posibilidad es el de la novela histórica propiamente dicha: no hace falta que los personajes sean reales, pero sí que todo lo que hagan y digan sea lo que hubieran dicho y hecho si hubieran vivido en aquella época. Es sin duda el caso de El nombre de la rosa.

Eco crea una Edad Media perfectamente real, perfectamente medida incluso en detalles como la distancia que puede haber entre el hospital y la biblioteca de su misteriosa Abadía, de cuyo nombre -y situación geográfica- el autor no quiere acordarse. Guillermo de Baskerville y su buen discípulo Adso de Melk, que es quien narra la peripecia, pertenecen por entero a esa época, aunque la intertextualidad -y especialmente la excelente película de Jean-Jacques Annaud sobre la novela- nos permitan identificar a ratos al primero con el Agente 007 del MI5 al servicio de su Majestad la Reina (¡qué grande Sean Connery en el papel!).

¿Y por qué la Edad Media? “Ni qué decir tiene que todos los problemas de la Europa moderna, tal como hoy los sentimos, se forman en la Edad Media: desde la democracia comunal hasta la economía bancaria, desde las monarquías nacionales hasta las ciudades, desde las nuevas tecnologías hasta las rebeliones de los pobres… La Edad Media es nuestra infancia” (Apostillas, página 78 en la edición de Lumen). ¿Queda suficientemente claro que Eco miente jocosamente, o por lo menos no nos cuenta toda la verdad cuando afirma que escribió El nombre de la rosa para matar a un monje?

Como también miente cuando niega la emoción al protagonista, Guillermo de Baskerville. Sólo hay que repasar cómo, tras las fabulosas siete jornadas transcurridas en la Abadía, se despide de su discípulo, dándole consejos para sus estudios futuros y regalándole las gafas, para descubrir toda la añoranza del viejo profesor por una educación alejada de las prisas, la titulitis y la masificación, solitario camino moral a recorrer con esfuerzo y voluntad. Aunque, eso sí, sin olvidar nunca la ironía. Las páginas dedicadas a la discusión entre franciscanos y dominicos sobre la pobreza de Cristo y la que debiera observar la Iglesia son hilarantes a fuer de sofismos imperfectos e insultos gruesos: un inteligente late-show… ¡en pleno siglo XIV! En las clases de Eco, en sus libros siempre hay un momento en que te tronchas: el conocimiento es para él una fiesta gozosa.

La gran mentira final es el mismo título de la novela. La rosa está tan cargada de significados -míticos, místicos, poéticos, estéticos, políticos, económicos- que acaba por no querer decir nada. Es puro nombre, como lo es en el verso de Gertrude Stein: “Una rosa es una rosa es una rosa…”. Zambúllanse en ese nombre voluptuoso, en esta gran novela, y disfrútenla. Vale la pena.

Extraído de: FANCELLI, Agustí. Las mentiras de ‘El nombre de la rosa’. En: Diario El País. Domingo, 25 de septiembre de 2005. Madrid.

miércoles, 14 de enero de 2009

Sobre la interpretación.

Aristóteles expone en este libro la primera teoría de la significación que se conoce. Se establece una interpretación del lenguaje en el que la escritura es símbolo de la palabra hablada, la cual es símbolo de las imágenes o afecciones de cada interlocutor. Las imágenes son las mismas para todos, pero los símbolos cambian según los pueblos.

Define además el nombre, el verbo y el enunciado, y aísla de estos el apofántico, el que es susceptible de verificación o de falsación.

Para Aristóteles, todos los nombres y los verbos significan algo, por tanto, tienen un significado noético (mental), pero por sí mismos no dicen si ese significado está representado por un objeto real o no. La existencia/inexistencia la marca el verbo ser (o no ser).

Así, el carácter verificable/falsable de los enunciados apofánticos se da también por medio del verbo ser. Aristóteles concibe la verdad como existencia, por lo que tiene problemas con las aserciones de posibilidad y necesidad. No dispone de una diferenciación entre necesidad lógica y necesidad material que acaba salvando mediante el ser en potencia y el ser en acto.

Palntea en este libor el célebre paralelogramo de oposición entre los enunciados apofánticos, transmitido por la tradición escolástica:

- A: La aserción universal afirmativa.
- E: La universal negativa.
- I: La particular afirmativa.
- O: La particular negativa.

A tiene una oposición de contradicción con O
I tiene una oposición de contradicción con E
A tiene oposición de contrariedad (incompatibilidad) con E
I tiene relación de compatibilidad con O
A tiene relación de consecución (implicación) con I
E tiene relación de consecución con O



miércoles, 7 de enero de 2009

La Belleza en la Edad Media. Isidoro de Hispalis.


Creo que no traicionaremos el pensamiento medieval admitiendo cierto parentesco entre la belleza y el bien. Este parentesco estaría significado por el término “decor”, considerado en sí mismo expresa el bien, y en cuanto manifestado a la percepción expresa la belleza. Esta interpretación nos permite hablar de la belleza corporal para la Edad Media.

Según San Agustín se opone la utilidad objetiva al aspecto exterior. Así, las vísceras tienen una función necesaria, pero no están hechas para ser vistas. Y al contrario, el ombligo, que no sirve para nada, realza la armonía visible de los músculos del abdomen; Su belleza es puramente decorativa, mientras que la belleza de las manos y los ojos es a la vez funcional e independiente. También establece una teoría fisiológica de la belleza (en función de la armonía y equilibrio del organismo) y en función de la alimentación y del clima. Su concepto de la belleza corporal pone en pie de igualdad la suavidad de los colores y la armonía de las proporciones.

Isidoro considera la cualidad de la tez, de la piel, del aspecto superficial como elemento principal de la belleza:
- Respecto a los cabellos, la más bella cabellera es la castaña o rubia, como la de Absalón. Es la cabellera de fuego, cuyos bucles recuerdan a las llamas, emblema del Espíritu Santo.
- Los más bellos ojos son los glaucos, de iridiscencia multicolor y brillantes.
- La belleza del rostro deriva en primer lugar de la belleza general de la piel blanca, no pálida.
- También la belleza del rostro deriva de su valor expresivo. El semblante es la síntesis del hombre, el espejo del alma (Facies dicta ab effigie).

Se establece una distinción sutil entre la faz y el rostro. Faz significa el aspecto físico en que se resume la belleza del cuerpo. El rostro es la faz pero considerada como esplendor expresivo del alma. En el rostro los ojos son los órganos más bellos, no sólo por ser los más luminosos sino también por ser los más expresivos: Son los símbolos del espíritu, de la vida más alta del alma (el espíritu es la cima o el ojo del alma, luego es natural que se manifieste por lo más alto del cuerpo y por la mirada del rostro).

También la belleza se encuentra en la figura y las líneas, que transcribe con las proporciones del Arca de Noé. El Arca estaba hecha de maderos cúbicos, lignis quadratis, para simbolizar la perfección de los santos de que se compone la Iglesia. El hombre cuadrado (homo quadratus) es el símbolo de la virtud perfecta: Tirad un cubo como queráis y siempre caerá sólidamente estabilizado por su base. Pero continúa con los números y las proporciones: 10 y 6 son los números perfectos. 30 significa la duración de la vida mortal de Cristo, 300 la duración de la Antigua Ley, las edades del mundo (cada una prefigurada por 50). La era cristiana es el último período de la historia, introducida por el signo de la cruz, que es el signo del número 3. Así, el Arca es la expresión de la totalidad del tiempo.

Las proporciones, según lo explicado, se definen en función de 10 y 6. Tendemos a un hombre sobre su torso y tomamos como módulo la anchura de la pelvis y la altura de los muslos: La longitud total del cuerpo iguala 10 veces su espesor, y 6 su anchura. Que son las proporciones que encontramos en el Arca: 300 = (30 x 10) = (50 x 6). Es un canon estético basado en el 10 y el 6, como el de Lisipo es el 8 y el de Policleto el 7, pero buscando el valor alegórico de las proporciones:

3 es el primer número perfecto, porque tiene comienzo, medio y fin. Es el primer impar y emparenta con el principio de todos los números. Es el número de la Santísima Trinidad, a la que saluda el Hosanna proclamándole Dios 3 veces santo. Es el número consecutivo del Arca compuesta por 3 pisos, y multiplicado por 10 da la altura del Arca (300), por 100 da su longitud. Abraham fue visitado por 3 ángeles, Isaac cavó 3 pozos, Jacob metió 3 ramas en el agua, Jonás pasó 3 días en la ballena, Lázaro estuvo 3 días en el sepulcro, etc. Cristo pidió 3 veces que el cáliz se alejase de Ël, 3 veces se apartó de sus discípulos para ir a orar, fue 3 ve3ces renegado por Pedro, permaneció 3 días sepultado, se manifestó 3 veces a los Apóstoles. Hay 3 virtudes teologales, 3 frutos evangélicos, 3 lenguas sagradas, 3 sentidos escriturarios (histórico, moral, móstico). Hay 3 cosas alejadas de Dios: La medida, el espacio, el tiempo. Hay 3 partes en el alma como en la filosofía. Hay 3 clases de criaturas intelectuales (ángeles en el cielo, hombres sobre la tierra, demonios en el infierno). Hay 3 especies de sonido: vox, flatus, pulsus. Hay 3 continentes, 3 meses por estación, 3 épocas en la historia (antes de la Ley, bajo la Ley, después de la Ley).

4 es el segundo número perfecto. Engendra el 10 (= 1 + 2 + 3 + 4). No hablemos de las realidades bíblicas en que se manifiesta, desde los 4 ríos del Paraíso hasta las 4 bestias del Apocalipsis. Hay 4 partes sobre la tierra, y 4 puntos cardinales en el cielo. 4 se encuentra en los elementos, las estaciones, las cualidades fundamentales del cuerpo (calor, frío, húmedo y seco), las virtudes fundamentales del alma, los estadios de la evolución (nacimiento, crecimiento, madurez y declinación), las categorías de los animales (celestes, aéreos, acuáticos, terrestres), los 4 colores del arco iris, los 4 años necesarios antes del retorno del bisiesto, etc.

Se puede ir más lejos en las explicaciones. 12 es un número perfecto porque se reduce a 7 y a 16: a 7 porque 12 = 3 x 4, es decir, el producto de los 2 primeros números perfectos cuya suma da 7. A 16, cuadrado de 4, porque 16 = 1 + 2 + 3 + 4 + 6. Y 1 / 12 de 12 = 1; 1/6 = 2; ¼ = 3; 1/3 = 4; ½ = 6: tali ergo ratione plus Quam perfectus habetur. Y puede demostrarse que 144 simboliza el número de los elegidos, ya que 144 = 12 x 12. Etcétera.

Isidoro experimenta un placer estético especial en pasar de un orden de cosas a otro gracias al misterioso vínculo de los números: Las correspondencias armónicas tienen un profundo encanto para la fantasía y la ensoñación. Pero los otros elementos de la estética son quizá más “modernos” en su gusto por cuanto brilla, sentido de la línea y la proporción, la aparición del esplendor expresivo del rostro y la mirada, el gusto por los bellos tintes, signos de salud, el gozo profundo de todo lo que parece “conveniente” o adaptado a su fin intrínseco o exterior.

Textos medievales. Retórica


Para valorar aspectos de un texto, la Edad Media se limita en un principio a resumir las definiciones y principios de los retóricos antiguos (Cicerón, Quintiliano, Mario Victorino, Fortunaciano. En la Edad Media nuevamente debemos referirnos a Casiodoro, aunque citaremos además a aquellos retóricos citados ud supra.

Para Casiodoro, la retórica es el arte de bien decir en los negocios públicos. Pero “dicere” no se limita exclusivamente al habla sino que se extiende a toda la expresión y aún a la disposición y la invención de las ideas. “Bene” es también la manera de hablar, pero también el contenido que se desarrolla. Así, el orador debe bien-decir el bien. El fin del orador será persuadir, es decir, instruir, conmover y deleitar, realizado mediante una tarea (officium) que es el discurso.

De los maestros de la retórica los hay que se dedican a las cuestiones civiles (política, costumbres y leyes). Otros retóricos se dedican al arte poético. El poeta posee también el arte de hablar, siguiendo todas las reglas de la técnica y de la moral, de las cosas que conmueven la conciencia común del bien y del mal. Así, el poeta y el orador comparten la materia que exponen, los procedimientos que emplean y la finalidad que persiguen. Se diferencian en el uso de ciertas formas gramaticales. Ambos aplican una correcta escritura y la tendencia a buscar la musicalidad de la frase. Y de esta forma obtiene para la elocuencia 3 géneros principales:

1. Género deliberativo, que busca persuadir o disuadir a una asamblea o individuo de hacer alguna cosa.
2. Género judicial, en que se acusa o defiende a un inculpado.
3. Género demostrativo, en el que se muestra que cada uno es digno de elogio o de desprecio.

Fundamental en su teoría medieval de las bellas letras es la división de la retórica, la enumeración de las diversas operaciones necesarias para la creación acabada del discurso: Invención de las ideas, disposición u ordenamiento de los temas, elocución o expresión literaria, memorización y conservación, declamación o relato.

De cara a la teoría de las bellas letras es la Elocutio, con sus 3 géneros, aunque aplicando los conceptos antiguos hacia las otras partes del discurso. Todo hombre que habla expresa su pensamiento bien de una manera directa, bien de una manera velada:

Ductus es la manera de hablar que da tono al discurso.
- Es simple cuando se dice sin más lo que se piensa.
- Es figurado en los demás casos: Sutil cuando insinúa una cosa diferente a lo que dice (sin mentir); Figurado sensu estricto cuando se vela el pensamiento por pudor; Oblicuo cuando se habla bajo el dominio del miedo y se teme decir francamente aquello que se piensa; Mixto cuando todos los motivos se mezclan.
• Modus es la manera de hablar que no concierne más que a una de sus partes.

Si se considera la materia tratada pueden distinguirse 5 géneros:

1. Ético, donde se consideran o describen las costumbres (Así hace la comedia).
2. Patético, caracterizado por la expresión violenta de las emociones.
3. Apodíctico, en que se afrontan afirmaciones.
4. Diaporético, en que se expresan las dudas y se plantean problemas.
5. Mixto.

En un discurso se ha de examinar el tema en su conjunto y descubrir sus aspectos, para luego proseguir el análisis teniendo en cuenta todas las circunstancias de personas, cosas, causas, tiempo, lugar, manera, materia. Hasta 21 puntos a analizar ya expuestos por Fortunaciano (Chirii Fortunatiani Artis Rhetoricae, libri tres). Estas son las cualidades que todo buen retrato debe apuntar y de las que la Edad Media no se apartará.

Todo buen discurso comprende 4 partes principales:

1. Exordio. Tiene como finalidad volver a la persona a la que se dirige el discurso atenta, benevolente y dócil. Hay que evitar aquí lo que es banal, general, común, indiferente, un exordio demasiado largo o separado del resto del discurso, un lenguaje excesivamente metafórico o todo lo que peca contra las reglas.
2. Narración. Debe ser breve, clara, verosímil. Opuesto al lenguaje oscuro, embrollado, hermético, apareciendo los hechos que expone como verdaderos y probados.
3. Argumentación. Comprende la prueba y la refutación, y el recurso a razonamientos enseñados por el arte o a realidades impresionantes, testigos, rumores… se subdivide en inducción (apelación a los hechos) y entinemas (razonamientos).
4. Peroración.

Muchos retóricos añaden además la partición entre la narración y la argumentación.

Habiendo hallado la materia del discurso, ahora toca disponerla, la dispositio, que en términos modernos sería la composición, el ordenamiento de sus partes. Distinguen 2 tipos de dispositio:

1. Orden natural: Se impone cuando no es útil intervenir en él, con 8 tipos de disposición (acontecimientos en sucesión real, crescendo de importancia, orden determinado en las citas, pruebas o refutaciones, el paso de lo general a lo particular, etc…)
2. Orden artificial.

Se debe comenzar la exposición con un hecho chocante para conmover y terminar con el argumento más poderoso de todos para arrancar la decisión. El plan natural es el trazado según las reglas de la retórica, y el artificial el apropiado a las circunstancias particulares. El orden normal del discurso sería: Exordio, narración, confirmación de las tesis, refutación de las objeciones, peroración. En la argumentación el orden natural se desenvuelve así: Exposición de la tesis, prueba, confirmación de la prueba, ornamentación variada, conclusión. El plan irregular depende del tacto personal del orador que juzga según las circunstancias.

Así las cosas, en Casiodoro apreciamos a una evolución profunda en la terminología. La Edad Media se deja coger en las palabras y opone la naturaleza real de la sucesión de los hechos al arte del orador: Éste, en su narración, puede seguir o no el desarrollo real de los acontecimientos.

Una vez llegados aquí, la belleza del estilo (elocutione) deriva de 2 factores principales:

1. De las palabras tomadas aisladamente.
2. Y de su acoplamiento en los conjuntos (las formas verbales).

Las palabras no existen aisladas, pues forman grupos cuya belleza depende de las figuras y la melodía, distinguiendo la expresión en su carácter musical y plástico, la adecuación de la forma pura al contenido, y el tono general del párrafo derivado de un uso de los elementos formales. La belleza de las palabras reside en:

• Su abundancia. Se es partidario de un vocabulario rico que se adquiere por la lectura de grandes autores, el estudio de las técnicas y la formación de nuevas palabras.
• Su bondad. Así se busca evitar términos vulgares (los que el pueblo usa sin discernimiento ni razón), rutinarios, extraños (los que no convienen más que a los poetas), bárbaros (los empleados por otros pueblos), oscuros (los que sólo comprenden los iniciados). Y exige emplear vocablos brillantes (verba splendida), antiguos (a poder ser grandiosos y bellos), propios y figurados.

Observar estas reglas conduce al brillo o esplendor del estilo.

Hecho el discurso, insisten los teóricos en el papel de la memoria y la declamación: Pronuntiatio et acto. Se añade además la finalidad de encandilar al público. Las bellas letras producen emociones que agrada experimentar porque penetran bajo forma de palabras espléndidas y de ritmo armonioso. Estas no alcanzan todo su valor hasta que logran traducirse plásticamente en la voz, la expresión del rostro, en el gesto: Voce, vultu, gestu. Se hace hincapié en la paraverbalidad, pues el gesto debe estar acorde con la voz y el ánimo. El gesto, movimiento del cuerpo, es la expresión de la pasión, movimiento del corazón. La belleza plástica del cuerpo se armoniza con la belleza musical y literaria del discurso.

Casiodoro, cómo no, traspone todos estos preceptos al modo religioso: Las reglas de memorización y de declamación valen, mutatis mutandis, para la salmodia y la lección sacra. En un mundo, el del monasterio, todo trasciende a Dios en un nuevo concepto de la belleza literaria.

lunes, 5 de enero de 2009

Cómo comprender la pintura medieval

La concepción estética que se aplica deriva del pensamiento religioso de la época. Para entender éste debemos entender cuál era ese pensamiento. Para ello, buscaremos en la obra de Casiodoro. Nacido hacia el 490 de una familia noble de Calabria, de procedencia siria; Fue cuestor, senador, cónsul, prefecto del pretorio y secretario particular de Teodorico; Y una de las figuras más importantes para el pensamiento medieval. En el final de su vida se retiró al monasterio de Vivarium, que él mismo había fundado en Calabria.

En la estética de Casiodoro hay un carácter misterioso que emana de la acción secreta del número en el universo. Casiodoro parece sacudido por la oculta e incomprensible influencia de la proporción (como ya lo manifestó Boecio):

Exquisita res est quae tot arcana naturae figuraliter contineret.

Cuando el hombre medieval que es Casiodoro se goza en el espectáculo visible del Universo es asimismo para elevarse a Dios, causa y manantial de toda belleza. Casiodoro es diferente a Boecio, ya que este quiere hacer una obra científica pero Casiodoro escribe para los monjes. Su punto de vista es pedagógico y su pensamiento es siempre cristiano, buscando el uso práctico que la música, la retórica o el arte pueden dar a la religión. Se contenta además con transmitir los descubrimientos de los antiguos y los Padres, en ese artificio medieval tan característico del saber.

De esta forma, para él en Dios viven los principios de la aritmética, la geometría, la música, la astronomía. En Él trasciende el esteticismo antiguo, cuando el goce estético sea un símbolo de la felicidad suprema: La sensibilidad es allí colmada de la más dulce pureza y todos los deseos encuentran allí su apaciguamiento y tranquilidad. Sin esfuerzo de reflexión el alma gusta de la intuición perfecta y sin error lo comprende todo, viéndolo. En este éxtasis experimenta un hambre que la llena de gozo, disfruta de un hábito del que no puede fatigarse. Ama la Belleza contemplando su Gloria y la ve feliz amándola sin fin. La felicidad, de la que el placer estético es un imperfecto símbolo, es un reposo pleno de actividad, un acto en el reposo: Es la realización perfecta de la unidad de la conciencia.

De esta forma Casiodoro celebra la belleza del cuerpo cristianizando la sensibilidad antigua. El clasicismo y su estética se expresa con las proporciones y su admiración ingenua del cuerpo entero, pero el cristianismo transfigura en él el ideal pagano insistiendo sobre el valor simbólico del cuerpo, “Templo del Espíritu Santo”. Los antiguos concebían la belleza corporal como la expresión adecuada de la serena posesión de sí mismo y aún en la postura del orador proyectaban su ideal de medida y equilibrio. Casiodoro no reniega de la retórica ni de la plástica, pero en el porte general del cuerpo admira la manifestación de un espíritu nuevo, el espíritu del ascetismo cristiano.

La belleza del cuerpo, así, proviene de la belleza del alma. El alma es principio de vida, de conciencia, fuente de todos los placeres y principio de razón, de reflexión, de transformación del orbe. En la medida que la razón crea en el alma y la armonía que ésta conserva en el cuerpo, caracterizan todas las creaciones del hombre, cubriendo la faz de la tierra con los soberbios productos de su civilización. Cuando se trata de precisar esa belleza del cuerpo, Casiodoro usa la terminología tradicional: Pulcherrima distributio, competens decor, harmonica, dispositio…Pero mucho más que los autores clásicos y decadentes insiste en la belleza alegórica de los miembros humanos, fuente de un encanto misterioso que emana de los números y las proporciones:

  1. Las 3 partes del alma platónica (contemplatio, iudicialis, memoria) constituyen un tricordio perfecto y recuerdan el número en que reposa la Trinidad.
  2. Y así como el alma está adornada con las 4 virtudes cardinales y las 5 naturales, el cuerpo es sostenido por 4 funciones principales y 5 órganos sensoriales.
  3. El número perfecto 6 preside la estructura del Orbe y aparece en los huesos del cráneo (la sede de la razón, hecho a imagen y semejanza de la esfera celeste movida por el Alma del mundo).
  4. El 2 preside la simetría del cuerpo, sobretodo en los 2 ojos que simbolizan la la bellísima luz de los 2 Testamentos.
  5. 2 se reducen a 1, porque los 2 ojos no tiene más que 1 función, asociados a una misma tarea se corresponden el uno al otro realzando su belleza respectiva. Y hay órganos corporales que simbolizan la Unidad, situados justamente en el medio: Nariz, boca, cuello, esternón, ombligo y miembro viril.
  6. Finalmente está el número 10, símbolo del decálogo y del sentido del tacto (se realiza en los dedos de las manos y de los pies). Según la tradición griega (Anaxágoras) son el instrumento y la expresión del pensamiento.

Casiodoro continúa enumerando números e insiste en la belleza expresiva del cuerpo y del rostro. Sólo el hombre de entre todos los animales va derecho: Es su belleza propia. Y en esto manifiesta su superioridad recordándonos (Aristóteles) que de suyo el hombre está hecho en vistas de su inteligencia, y la inteligencia en vistas de la contemplación de las realidades más elevadas. La cabeza es la parte más bella, y nada más bello que el rostro. El rostro es el espejo de la vida afectiva y de la actividad libre del alma. Es en el rostro donde se manifiestan los signos de la inteligencia práctica, donde primero aparecen los pensamientos secretos, donde se descubren los movimientos ocultos de nuestras tenencias y amores:

Facies ipsa prudentiae patefacit indicia; In effigie Nostra exeunt occultae cogitationes et in hac parte cognoscitur qualis Indus amemos voluntasque versetur. Vultus siquidem noster qui a voluntate nominatur, speculum quoddam est animae suae.

El rostro, para Casiodoro, debe expresar al ideal cristiano de la vida íntima. Y la vida cristiana manifestarse en el cuerpo entero y darle otra apariencia que la que admiran los paganos. Traza el retrato de la belleza monástica, en el mismo ideal formal de serenidad y de paz que los Antiguos buscaron pero en sentidos opuestos: El ideal griego es carnal y replegado sobre sí, satisfecho de sí mismo. El ideal cristiano es espiritual y abierto al infinito: Dependiente de Dios. La belleza cristiana es sonriente y serena, empalidecida por la penitencia, y manifiesta esa belleza especial espiritualizada por las lágrimas. Guarda el justo medio ante las cosas: No habla ni demasiado alto ni demasiado bajo, y cuando camina no es ni demasiado deprisa ni demasiado despacio.

Este ideal estético se ha manifestado durante siglos en todo el arte sacro. Cualquiera puede verlo en efigies esculpidas o pintadas en iglesias o monasterios bizantinos, carolingios, románicos y góticos. Es el resultado de la cristianización del concepto griego de belleza y de armonía.



Barcelona

Siguiendo a Perich. Hay días en que no se puede tener más razón...