lunes, 26 de enero de 2009

Sobre el Nombre de la Rosa

Un interesante artículo que circula por la red:

“Tenía ganas de envenenar a un monje”. Ésa fue la razón de peso que Umberto Eco (Alessandria, 1932) da en sus Apostillas a el nombre de la rosa sobre los motivos que le habían impulsado a publicar, tres años antes, en 1980, su gran novela histórica. Con anterioridad el profesor de semiótica de la Universidad de Bolonia había sacado sólo ensayos, algunos de tanto éxito como Obra abierta, Apocalípticos e integrados o Lector in fabula que sus discípulos leíamos con fruición.

El nombre de la rosa se convirtió de manera fulgurante en un best seller. Y de alguna suerte el admirado profesor dejó de ser patrimonio de aquellos estudiantes para abrazar al gran público. No nos sorprendió: Sabíamos de su pasmosa habilidad para saltar de santo Tomás de Aquino a Snoopy, de Supermán a Joyce, del Beato de Liébana a Agatha Christie y Mafalda pasando por Gertrude Stein, los hermanos Marx y la música de Luciano Berio o John Cage. Un tipo así estaba llamado a salirse de los límites del aula.

Confieso, en cambio, que sí nos sorprendió que después de aquel boom escribiera las Apostillas. Tras habernos empapado de su Lector in fabula, ¿no habíamos quedado en que el autor era el lector menos adecuado para hablar sobre la obra, el más sospechoso, al poseer una información inaccesible al lector común? ¿No debía el autor morirse, tras publicar, para que fuera el texto, esa máquina siempre perezosa, quien hablara por él interrogada por el lector? Sí, habíamos quedado en eso, y precisamente por eso ahí estaban las Apostillas: Para confundirnos una vez más e invitarnos a no creernos nunca al autor.

Ese opúsculo, en efecto, está lleno de mentiras jocosas. Pero también contiene una verdad que acaso interese a los lectores de esta colección de EL PAÍS. Se trata de una de las mejores definiciones que puedan encontrarse de novela histórica. Eco distingue tres formas de narrar sobre el pasado. Una es cogiendo ese pasado como mera escenografía o pretexto para dar rienda suelta a la imaginación, al modo de Tolkien. Sus personajes, en efecto, podrían hacer lo mismo en cualquier otro tiempo y lugar y la narración no se resentiría. Una segunda manera es utilizar personajes reales, que podrían haber hecho lo que hacen aunque esto sea inventado, junto a otros personajes ficticios que, en cambio, podrían haber actuado como lo hacen en cualquier otro tiempo y lugar. Es el caso de D’Artagnan y Richelieu en la novela de Dumas. La tercera posibilidad es el de la novela histórica propiamente dicha: no hace falta que los personajes sean reales, pero sí que todo lo que hagan y digan sea lo que hubieran dicho y hecho si hubieran vivido en aquella época. Es sin duda el caso de El nombre de la rosa.

Eco crea una Edad Media perfectamente real, perfectamente medida incluso en detalles como la distancia que puede haber entre el hospital y la biblioteca de su misteriosa Abadía, de cuyo nombre -y situación geográfica- el autor no quiere acordarse. Guillermo de Baskerville y su buen discípulo Adso de Melk, que es quien narra la peripecia, pertenecen por entero a esa época, aunque la intertextualidad -y especialmente la excelente película de Jean-Jacques Annaud sobre la novela- nos permitan identificar a ratos al primero con el Agente 007 del MI5 al servicio de su Majestad la Reina (¡qué grande Sean Connery en el papel!).

¿Y por qué la Edad Media? “Ni qué decir tiene que todos los problemas de la Europa moderna, tal como hoy los sentimos, se forman en la Edad Media: desde la democracia comunal hasta la economía bancaria, desde las monarquías nacionales hasta las ciudades, desde las nuevas tecnologías hasta las rebeliones de los pobres… La Edad Media es nuestra infancia” (Apostillas, página 78 en la edición de Lumen). ¿Queda suficientemente claro que Eco miente jocosamente, o por lo menos no nos cuenta toda la verdad cuando afirma que escribió El nombre de la rosa para matar a un monje?

Como también miente cuando niega la emoción al protagonista, Guillermo de Baskerville. Sólo hay que repasar cómo, tras las fabulosas siete jornadas transcurridas en la Abadía, se despide de su discípulo, dándole consejos para sus estudios futuros y regalándole las gafas, para descubrir toda la añoranza del viejo profesor por una educación alejada de las prisas, la titulitis y la masificación, solitario camino moral a recorrer con esfuerzo y voluntad. Aunque, eso sí, sin olvidar nunca la ironía. Las páginas dedicadas a la discusión entre franciscanos y dominicos sobre la pobreza de Cristo y la que debiera observar la Iglesia son hilarantes a fuer de sofismos imperfectos e insultos gruesos: un inteligente late-show… ¡en pleno siglo XIV! En las clases de Eco, en sus libros siempre hay un momento en que te tronchas: el conocimiento es para él una fiesta gozosa.

La gran mentira final es el mismo título de la novela. La rosa está tan cargada de significados -míticos, místicos, poéticos, estéticos, políticos, económicos- que acaba por no querer decir nada. Es puro nombre, como lo es en el verso de Gertrude Stein: “Una rosa es una rosa es una rosa…”. Zambúllanse en ese nombre voluptuoso, en esta gran novela, y disfrútenla. Vale la pena.

Extraído de: FANCELLI, Agustí. Las mentiras de ‘El nombre de la rosa’. En: Diario El País. Domingo, 25 de septiembre de 2005. Madrid.

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