miércoles, 7 de enero de 2009

Textos medievales. Retórica


Para valorar aspectos de un texto, la Edad Media se limita en un principio a resumir las definiciones y principios de los retóricos antiguos (Cicerón, Quintiliano, Mario Victorino, Fortunaciano. En la Edad Media nuevamente debemos referirnos a Casiodoro, aunque citaremos además a aquellos retóricos citados ud supra.

Para Casiodoro, la retórica es el arte de bien decir en los negocios públicos. Pero “dicere” no se limita exclusivamente al habla sino que se extiende a toda la expresión y aún a la disposición y la invención de las ideas. “Bene” es también la manera de hablar, pero también el contenido que se desarrolla. Así, el orador debe bien-decir el bien. El fin del orador será persuadir, es decir, instruir, conmover y deleitar, realizado mediante una tarea (officium) que es el discurso.

De los maestros de la retórica los hay que se dedican a las cuestiones civiles (política, costumbres y leyes). Otros retóricos se dedican al arte poético. El poeta posee también el arte de hablar, siguiendo todas las reglas de la técnica y de la moral, de las cosas que conmueven la conciencia común del bien y del mal. Así, el poeta y el orador comparten la materia que exponen, los procedimientos que emplean y la finalidad que persiguen. Se diferencian en el uso de ciertas formas gramaticales. Ambos aplican una correcta escritura y la tendencia a buscar la musicalidad de la frase. Y de esta forma obtiene para la elocuencia 3 géneros principales:

1. Género deliberativo, que busca persuadir o disuadir a una asamblea o individuo de hacer alguna cosa.
2. Género judicial, en que se acusa o defiende a un inculpado.
3. Género demostrativo, en el que se muestra que cada uno es digno de elogio o de desprecio.

Fundamental en su teoría medieval de las bellas letras es la división de la retórica, la enumeración de las diversas operaciones necesarias para la creación acabada del discurso: Invención de las ideas, disposición u ordenamiento de los temas, elocución o expresión literaria, memorización y conservación, declamación o relato.

De cara a la teoría de las bellas letras es la Elocutio, con sus 3 géneros, aunque aplicando los conceptos antiguos hacia las otras partes del discurso. Todo hombre que habla expresa su pensamiento bien de una manera directa, bien de una manera velada:

Ductus es la manera de hablar que da tono al discurso.
- Es simple cuando se dice sin más lo que se piensa.
- Es figurado en los demás casos: Sutil cuando insinúa una cosa diferente a lo que dice (sin mentir); Figurado sensu estricto cuando se vela el pensamiento por pudor; Oblicuo cuando se habla bajo el dominio del miedo y se teme decir francamente aquello que se piensa; Mixto cuando todos los motivos se mezclan.
• Modus es la manera de hablar que no concierne más que a una de sus partes.

Si se considera la materia tratada pueden distinguirse 5 géneros:

1. Ético, donde se consideran o describen las costumbres (Así hace la comedia).
2. Patético, caracterizado por la expresión violenta de las emociones.
3. Apodíctico, en que se afrontan afirmaciones.
4. Diaporético, en que se expresan las dudas y se plantean problemas.
5. Mixto.

En un discurso se ha de examinar el tema en su conjunto y descubrir sus aspectos, para luego proseguir el análisis teniendo en cuenta todas las circunstancias de personas, cosas, causas, tiempo, lugar, manera, materia. Hasta 21 puntos a analizar ya expuestos por Fortunaciano (Chirii Fortunatiani Artis Rhetoricae, libri tres). Estas son las cualidades que todo buen retrato debe apuntar y de las que la Edad Media no se apartará.

Todo buen discurso comprende 4 partes principales:

1. Exordio. Tiene como finalidad volver a la persona a la que se dirige el discurso atenta, benevolente y dócil. Hay que evitar aquí lo que es banal, general, común, indiferente, un exordio demasiado largo o separado del resto del discurso, un lenguaje excesivamente metafórico o todo lo que peca contra las reglas.
2. Narración. Debe ser breve, clara, verosímil. Opuesto al lenguaje oscuro, embrollado, hermético, apareciendo los hechos que expone como verdaderos y probados.
3. Argumentación. Comprende la prueba y la refutación, y el recurso a razonamientos enseñados por el arte o a realidades impresionantes, testigos, rumores… se subdivide en inducción (apelación a los hechos) y entinemas (razonamientos).
4. Peroración.

Muchos retóricos añaden además la partición entre la narración y la argumentación.

Habiendo hallado la materia del discurso, ahora toca disponerla, la dispositio, que en términos modernos sería la composición, el ordenamiento de sus partes. Distinguen 2 tipos de dispositio:

1. Orden natural: Se impone cuando no es útil intervenir en él, con 8 tipos de disposición (acontecimientos en sucesión real, crescendo de importancia, orden determinado en las citas, pruebas o refutaciones, el paso de lo general a lo particular, etc…)
2. Orden artificial.

Se debe comenzar la exposición con un hecho chocante para conmover y terminar con el argumento más poderoso de todos para arrancar la decisión. El plan natural es el trazado según las reglas de la retórica, y el artificial el apropiado a las circunstancias particulares. El orden normal del discurso sería: Exordio, narración, confirmación de las tesis, refutación de las objeciones, peroración. En la argumentación el orden natural se desenvuelve así: Exposición de la tesis, prueba, confirmación de la prueba, ornamentación variada, conclusión. El plan irregular depende del tacto personal del orador que juzga según las circunstancias.

Así las cosas, en Casiodoro apreciamos a una evolución profunda en la terminología. La Edad Media se deja coger en las palabras y opone la naturaleza real de la sucesión de los hechos al arte del orador: Éste, en su narración, puede seguir o no el desarrollo real de los acontecimientos.

Una vez llegados aquí, la belleza del estilo (elocutione) deriva de 2 factores principales:

1. De las palabras tomadas aisladamente.
2. Y de su acoplamiento en los conjuntos (las formas verbales).

Las palabras no existen aisladas, pues forman grupos cuya belleza depende de las figuras y la melodía, distinguiendo la expresión en su carácter musical y plástico, la adecuación de la forma pura al contenido, y el tono general del párrafo derivado de un uso de los elementos formales. La belleza de las palabras reside en:

• Su abundancia. Se es partidario de un vocabulario rico que se adquiere por la lectura de grandes autores, el estudio de las técnicas y la formación de nuevas palabras.
• Su bondad. Así se busca evitar términos vulgares (los que el pueblo usa sin discernimiento ni razón), rutinarios, extraños (los que no convienen más que a los poetas), bárbaros (los empleados por otros pueblos), oscuros (los que sólo comprenden los iniciados). Y exige emplear vocablos brillantes (verba splendida), antiguos (a poder ser grandiosos y bellos), propios y figurados.

Observar estas reglas conduce al brillo o esplendor del estilo.

Hecho el discurso, insisten los teóricos en el papel de la memoria y la declamación: Pronuntiatio et acto. Se añade además la finalidad de encandilar al público. Las bellas letras producen emociones que agrada experimentar porque penetran bajo forma de palabras espléndidas y de ritmo armonioso. Estas no alcanzan todo su valor hasta que logran traducirse plásticamente en la voz, la expresión del rostro, en el gesto: Voce, vultu, gestu. Se hace hincapié en la paraverbalidad, pues el gesto debe estar acorde con la voz y el ánimo. El gesto, movimiento del cuerpo, es la expresión de la pasión, movimiento del corazón. La belleza plástica del cuerpo se armoniza con la belleza musical y literaria del discurso.

Casiodoro, cómo no, traspone todos estos preceptos al modo religioso: Las reglas de memorización y de declamación valen, mutatis mutandis, para la salmodia y la lección sacra. En un mundo, el del monasterio, todo trasciende a Dios en un nuevo concepto de la belleza literaria.

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