lunes, 5 de enero de 2009

Cómo comprender la pintura medieval

La concepción estética que se aplica deriva del pensamiento religioso de la época. Para entender éste debemos entender cuál era ese pensamiento. Para ello, buscaremos en la obra de Casiodoro. Nacido hacia el 490 de una familia noble de Calabria, de procedencia siria; Fue cuestor, senador, cónsul, prefecto del pretorio y secretario particular de Teodorico; Y una de las figuras más importantes para el pensamiento medieval. En el final de su vida se retiró al monasterio de Vivarium, que él mismo había fundado en Calabria.

En la estética de Casiodoro hay un carácter misterioso que emana de la acción secreta del número en el universo. Casiodoro parece sacudido por la oculta e incomprensible influencia de la proporción (como ya lo manifestó Boecio):

Exquisita res est quae tot arcana naturae figuraliter contineret.

Cuando el hombre medieval que es Casiodoro se goza en el espectáculo visible del Universo es asimismo para elevarse a Dios, causa y manantial de toda belleza. Casiodoro es diferente a Boecio, ya que este quiere hacer una obra científica pero Casiodoro escribe para los monjes. Su punto de vista es pedagógico y su pensamiento es siempre cristiano, buscando el uso práctico que la música, la retórica o el arte pueden dar a la religión. Se contenta además con transmitir los descubrimientos de los antiguos y los Padres, en ese artificio medieval tan característico del saber.

De esta forma, para él en Dios viven los principios de la aritmética, la geometría, la música, la astronomía. En Él trasciende el esteticismo antiguo, cuando el goce estético sea un símbolo de la felicidad suprema: La sensibilidad es allí colmada de la más dulce pureza y todos los deseos encuentran allí su apaciguamiento y tranquilidad. Sin esfuerzo de reflexión el alma gusta de la intuición perfecta y sin error lo comprende todo, viéndolo. En este éxtasis experimenta un hambre que la llena de gozo, disfruta de un hábito del que no puede fatigarse. Ama la Belleza contemplando su Gloria y la ve feliz amándola sin fin. La felicidad, de la que el placer estético es un imperfecto símbolo, es un reposo pleno de actividad, un acto en el reposo: Es la realización perfecta de la unidad de la conciencia.

De esta forma Casiodoro celebra la belleza del cuerpo cristianizando la sensibilidad antigua. El clasicismo y su estética se expresa con las proporciones y su admiración ingenua del cuerpo entero, pero el cristianismo transfigura en él el ideal pagano insistiendo sobre el valor simbólico del cuerpo, “Templo del Espíritu Santo”. Los antiguos concebían la belleza corporal como la expresión adecuada de la serena posesión de sí mismo y aún en la postura del orador proyectaban su ideal de medida y equilibrio. Casiodoro no reniega de la retórica ni de la plástica, pero en el porte general del cuerpo admira la manifestación de un espíritu nuevo, el espíritu del ascetismo cristiano.

La belleza del cuerpo, así, proviene de la belleza del alma. El alma es principio de vida, de conciencia, fuente de todos los placeres y principio de razón, de reflexión, de transformación del orbe. En la medida que la razón crea en el alma y la armonía que ésta conserva en el cuerpo, caracterizan todas las creaciones del hombre, cubriendo la faz de la tierra con los soberbios productos de su civilización. Cuando se trata de precisar esa belleza del cuerpo, Casiodoro usa la terminología tradicional: Pulcherrima distributio, competens decor, harmonica, dispositio…Pero mucho más que los autores clásicos y decadentes insiste en la belleza alegórica de los miembros humanos, fuente de un encanto misterioso que emana de los números y las proporciones:

  1. Las 3 partes del alma platónica (contemplatio, iudicialis, memoria) constituyen un tricordio perfecto y recuerdan el número en que reposa la Trinidad.
  2. Y así como el alma está adornada con las 4 virtudes cardinales y las 5 naturales, el cuerpo es sostenido por 4 funciones principales y 5 órganos sensoriales.
  3. El número perfecto 6 preside la estructura del Orbe y aparece en los huesos del cráneo (la sede de la razón, hecho a imagen y semejanza de la esfera celeste movida por el Alma del mundo).
  4. El 2 preside la simetría del cuerpo, sobretodo en los 2 ojos que simbolizan la la bellísima luz de los 2 Testamentos.
  5. 2 se reducen a 1, porque los 2 ojos no tiene más que 1 función, asociados a una misma tarea se corresponden el uno al otro realzando su belleza respectiva. Y hay órganos corporales que simbolizan la Unidad, situados justamente en el medio: Nariz, boca, cuello, esternón, ombligo y miembro viril.
  6. Finalmente está el número 10, símbolo del decálogo y del sentido del tacto (se realiza en los dedos de las manos y de los pies). Según la tradición griega (Anaxágoras) son el instrumento y la expresión del pensamiento.

Casiodoro continúa enumerando números e insiste en la belleza expresiva del cuerpo y del rostro. Sólo el hombre de entre todos los animales va derecho: Es su belleza propia. Y en esto manifiesta su superioridad recordándonos (Aristóteles) que de suyo el hombre está hecho en vistas de su inteligencia, y la inteligencia en vistas de la contemplación de las realidades más elevadas. La cabeza es la parte más bella, y nada más bello que el rostro. El rostro es el espejo de la vida afectiva y de la actividad libre del alma. Es en el rostro donde se manifiestan los signos de la inteligencia práctica, donde primero aparecen los pensamientos secretos, donde se descubren los movimientos ocultos de nuestras tenencias y amores:

Facies ipsa prudentiae patefacit indicia; In effigie Nostra exeunt occultae cogitationes et in hac parte cognoscitur qualis Indus amemos voluntasque versetur. Vultus siquidem noster qui a voluntate nominatur, speculum quoddam est animae suae.

El rostro, para Casiodoro, debe expresar al ideal cristiano de la vida íntima. Y la vida cristiana manifestarse en el cuerpo entero y darle otra apariencia que la que admiran los paganos. Traza el retrato de la belleza monástica, en el mismo ideal formal de serenidad y de paz que los Antiguos buscaron pero en sentidos opuestos: El ideal griego es carnal y replegado sobre sí, satisfecho de sí mismo. El ideal cristiano es espiritual y abierto al infinito: Dependiente de Dios. La belleza cristiana es sonriente y serena, empalidecida por la penitencia, y manifiesta esa belleza especial espiritualizada por las lágrimas. Guarda el justo medio ante las cosas: No habla ni demasiado alto ni demasiado bajo, y cuando camina no es ni demasiado deprisa ni demasiado despacio.

Este ideal estético se ha manifestado durante siglos en todo el arte sacro. Cualquiera puede verlo en efigies esculpidas o pintadas en iglesias o monasterios bizantinos, carolingios, románicos y góticos. Es el resultado de la cristianización del concepto griego de belleza y de armonía.



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