lunes, 22 de abril de 2013

Asambleas


Ahora que volvemos de nuevo con la matraca del fracaso de la democracia me vienen de nuevo a la mente los extraños días en que en la universidad fui víctima indirecta del asamblearismo. Como profesor, en realidad mis tribulaciones fueron más bien pocas, pero pude ver cada vez más horrorizado como la supuesta inocencia de los reclamantes devenía poco a poco en actitudes cada vez menos democráticas, hechas en nombre de la democracia directa (asamblearia) que pretendían defender. Curiosa paradoja. Conviene que me ande con ojo aquí, pues por poco que me guste el actual sistema de políticos apoltronados, peor me pareció la alternativa de democracia más directa. ¿Qué quiero decir? Trataré de explicarme:

Por culpa exclusivamente nuestra, aunque de forma entendible, se está tirando la democracia representativa a un retrete del que no sé si saldrá, pero la idea en sí no es mala: El demos ejercita su poder eligiendo a quien ha de gobernarlo. El cual ha de ser honesto y responsable (viejos tiempos aquellos en que al menos procuraban parecerlo…). El pueblo no decide propiamente cual será la solución de los problemas que hay que resolver, sino que se elige quién las decidirá.

Si se mantuviera todo dentro de parámetros ideales, pues se resuelven muchos problemas derivados de cómo realmente gobernar de una forma directa cuando la población es mucha. Ya en la democrática Atenas tuvieron problemas por ello, y no menos dificultades tuvieron que sufrir en Roma (época republicana, claro). El problema es que la democracia representativa ya no nos gusta. Nos han decepcionado mucho las personas elegidas. Pero mucho. Y por ello reclamamos «más democracia», y en mi querida universidad esto se tradujo en “asambleas” de estudiantes que decidían por votación directa cuanto se planteaba en cada reunión.

El problema surgió a medida que las protestas escalaban peldaño tras peldaño en quejas y reclamaciones. Bastaba con plantarse en una asamblea para dar la opinión sobre algo, y que este algo, dentro de un “buenismo” poco entendible por más que respetable, daba rienda suelta a cuanto ahí se hablase, adoptando las decisiones como objetivo a alcanzar por TODOS. Y de ahí surgieron propuestas que cualquier iletrado de sensatez elemental vería como poco aplicables, todas juntas y a la vez.

Veamos. Para explicar esto simplemente diré que aunque yo esté informado sobre astronomía, y le puedo poner mucho interés, eso no me convierte en astrónomo; no por estar informado sobre arquitectura soy arquitecto; y que yo posea información sobre medicina no me transforma en médico (aunque en este caso, yo sí lo soy y puedo afirmar que sufro a veces con los “enteradillos” del tema).  Así, pocos de los que ahí estaban tenían verdadera e importante información y conocimiento sobre el funcionamiento habitual de una universidad. Me incluyo. En ciertos aspectos no soy más que muchos que ahí discutían, pero su entendimiento del tema a veces no iba más allá del hecho de ESTAR en la universidad, y sólo como usuarios, lo cual no es suficiente como para estar realmente capacitado para reformar algo que ya está funcionando, y reformarlo bien además. Se podía cuestionar seriamente cuántos ahí eran de verdad competentes para resolver los problemas de la instauración del nuevo plan de Bolonia, que sin ser la panacea que nos vendieron, tampoco era el infierno catastrófico y alienizante que se trató de imponer desde el otro lado. Así, el sistema asambleario proponía que quienes eran incompetentes en esos temas eran los que al final decidían. Y a mano alzada. Nada de privacidad. Es decir, un sistema de gobierno suicida siempre que el más sensato no fuera capaz de hacerlo ver a sus conasamblearios. Lo cual, dicho sea de paso, suele darse poco en una asamblea. Por lo que pude ver, el que más chilla y el que más burradas dice, es el que acaba logrando su cuota de atención y de votos favorables. Si este era un simple bienintencionado, el resultado de la asamblea era sólo irresponsable, llevados por decreto mayoritario por un inconsciente. Y eso en el mejor de los casos, pues a más de uno ví con alma política ya corrupta aprovechándose vilmente de la situación para lograr un liderazgo a costa del esfuerzo o sufrimiento de muchos. Y, sin embargo, fue así. No sé cuántos decepcionados surgieron de ahí, y cuántos futuros líderes envenenados ya desde la base.

Se habla mucho de llevar este modelo al estado (no entro en cuál, la política en esto me repugna) pero en esas experiencias pude ver su funcionamiento y me vienen escalofríos ante decisiones de política internacional que se llevasen así a cabo sin saber primero si los ciudadanos saben o no saben de las cuestiones sobre la cuales deberían decidir. Parafraseando a Sartori, sería como distribuir permisos de conducir sin preguntarse si las personas saben conducir. Pero es lo que hay.

No hay comentarios:

Barcelona

Siguiendo a Perich. Hay días en que no se puede tener más razón...