martes, 18 de marzo de 2008

La llegada



Entonces llegamos. Siracusa era una breve mota en la distancia enturbiada por el cansancio del viaje y las risas de las vivencias con nuestros compañeros de una sola travesía. No sé qué pasaría por la mente de Elisabet en esos momentos pero yo siempre quiero recordar, aunque sepa que es falso, el acompasar del corazón al traqueteo del tren hasta que se detuvo. Y luego las acostumbradas prisas por bajar y las miradas, furtivas, para no olvidarnos nada en el vagón. Como si en realidad tuviésemos algo para extraviar. Nuestra única posesión de valía siempre han sido esos recuerdos embellecidos por la distancia que vamos creando en cada viaje. Imposibles de perder. No hay nada que echar de verdad en falta. Pero aún así, siempre echamos un vistazo atrás. Fatuidad humana.

Con los años que hace que viajamos juntos ya tenemos por vieja costumbre acariciarnos con la mirada en cada estación, dejando que cada nueva llegada nos absorba en nuevas sensaciones de eterna novedad. Dejamos que el sol nos arrulle unos segundos hasta iniciar el primer paso hacia el nuevo destino. Son siempre breves instantes, pero es de destacar cuánta distancia hay entre un yo y el otro, entre el viajero que llega y el que inicia la marcha, los eones de distancia entre esos diferentes YO en sólo unos instantes repetidos una y otra vez en mil estaciones de tren, enmarcados por sentimientos propios e irrepetibles. De estos, tal vez en esta bella ciudad, aún por infiltrarse en nuestras almas, mis ojos se dilatarían más que los de ella, pero en nuestro habitual silencio recogimos las mochilas y nos dispusimos a buscar alojamiento. Aquí en esos instantes, recuperaba algo de mi habitual humor. Qué diferencia con la brumosa Roma de esos días, qué distinta luz, cómo de forma soñolienta algo similar a la alegría buscaba su camino apara aflorar de donde la hubiese guardado. Hasta llegar aquí era yo un hombre viejo y demacrado.

La estación no tiene nada más de destacado. Sólo el recuerdo que me dejó aún perceptible en el alma. Vieja, sencilla, como tantas otras que hemos dejado atrás. Encontrar después alojamiento nos resultó extrañamente sencillo, al viejo estilo de preguntar precios en el primer hotel que vimos, el Arquímedes, y gustarnos tanto el precio como la habitación, sencilla pero hermosa. Quizá a Elisabet le convenció más, como siempre suele, la higiene del baño. A mí fue la decoración de las paredes, con carteles de un festival de teatro antiguo. Sófocles, Esquilo, Aristófanes... No puede decepcionarme una ciudad que cuida tanto su pasado y su cultura, y tampoco un hotel que la promociona.

Nos permitimos un breve descanso. Algo nos decía que en estas tierras no existe la prisa, y decidimos escuchar con atención. Nos esperaba Siracusa, pero nos invitaba a verla sin prisa. Me encanta esta forma de viajar. Pronto tenían que llegar tantas cosas...

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