jueves, 19 de marzo de 2009

Anti... qué?

Reunión asamblearia en la foto. Anti-Bolonia. Como todo buen movimiento "anti" se trata no de aportar nuevas maneras o enfoques torno a cualquier tema o teoría, sino de oponerse a una corriente de pensamiento que se considera perversa y que se DEBE combatir con todas las fuerzas. Pero prácticamente nunca de estas corrientes surge la figura clave de alguien que pueda aglutinar de forma reflexiva sentimientos e ideas opuestos para forjar nuevas maneras de proceder. Prácticamente nunca aparece alguien que acepte el poco amado cargo de aglutinador y el sacrificio que ello le va a imponer.

Hablemos entonces de la tan necesaria virtud de la responsabilidad. Virtud que implica pensar hacia el prójimo, hacia el bien de los demás muchas veces a costa de la propia libertad. Supone ser consciente del precio a pagar por la realización de los ideales, ser consciente de los compromisos que ello comporta y valorar, en su justa medida, su aceptabilidad o inaceptabilidad.

Aquí me temo que sea yo que soy inmune a narcisismos y a la facil retórica contestataria que a menudo he visto entre los aspirantes a ser humano completo que han venido a sabotear las clases aprovechando el desconcierto del nuevo plan de reforma universitario. Son aquellos a quienes incluyo en la generación de los 50, porque todo su vocabulario se limita a 50 palabras que repiten con insufrible perseveración traduciendo un pensamiento que, más que pobre, resulta paupérrimo. Siempre listos para imponer a voces metas abstractas e imposibles con el fin, supongo, de obtener de ello la disculpa para desinteresarse de cada pequeño proceso concreto. Es el fin de tener más apego al gesto de protesta que a la causa por la que se protesta, a enardecerse por sus reflejos sobre asuntos de camarilla asamblearia que por la suerte, esta ya auténtica, de la gente de su alrededor. Se trata de imponer el beneficio hacia sus compañeros sin haberse parado ni por un instante a imaginar, no ya a prever, los laberintos que se suceden en cada acontecer y si ese supuesto beneficio en realidad supone alguna mejora para aquellos a quienes se impone.

Sacarme de clase lo considero una gamberrada esperable y hasta deseable por parte de aspirantes a humano que buscan su hueco dentro de esa misma humanidad. Sacar a sus propios compañeros con la excusa de que era por su propio bien convierte a esos aspirantes en meros engendros consumidores de oxígeno, un bien que cada vez parece más preciado. Es más facil creer que se cambia el mundo recitando panfletos patrioteros (da igual qué patria ensalcen) y gritos en las aulas que ocupándose de buscar el conocimiento y la sabiduría, dándole al menos uso al cerebro.

Me gusta creer que yo he sido capaz de conservar un cierto espíritu rebelde porque también he sabido asumir las tareas desagradables y grises de mi propia responsabilidad. De dejar cuando conviene mis placeres para asentarme en el aburrido papeleo de un hospital y de la universidad. Asumir la propia responsabilidad.

¿Que la causa es justa? Quizás. Hablemos. Pero aún suponiendo que sea verdad, imponerla no es la vía, que entonces en nada se diferencian de los cafres que porra en ristre les imponen otra voluntad muy distinta de la suya. Uno por otro, en realidad no aprecio diferncias entre ellos salvo en que unos asumen la uniformidad de su corporación y los otros vocean sus diferencias igualizadoras (Si no hablasen en serio, me divertirían cuando escriben: "Se necesita diálogo entre las partes: Uno, EXIGIMOS...."; a partir de aquí yo me levantaría de la mesa). Unos me imponen golpes de porra, y los otros me impiden ejercer mis derechos bajo amenazas. Es en tiempos así cuando el viejo poema pasa a tener razón:


O eres de Voltaire, o eres de Ignacio.
Incrédulo has de ser, o jesuíta.
Entre los dos extremos no hay espacio...

Hombre sensato que el exceso evita
y usa de la razón el puro idioma,
de ambas facciones el enojo excita.




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