viernes, 3 de septiembre de 2010

Der Deutsche Donauradweg


El de la foto es el aspecto que tenía el vagón de RENFE con el que hicimos el primer trayecto a Cerbere. Como no hay espacios destinados a las bicis, pues nos pusimos como pudimos tratando de no molestar demasiado. Aunque la cara de resignación / desprecio / "ya me están tocando los cojones" que nos puso el revisor fue como para hacerle una foto.
No me atreví. Pensé, con adecuada prudencia, que tratar de pasar desapercibido sería la mejor profilaxis del embrollo que se podía practicar ahí. Eso sí, todo el trayecto, unas 2 horas largas, de pie. Que luego me vengan con que somos un país moderno....

Lo peor es la espera, larga y fatigosa, en Cerbere hasta poder coger el Lunea que nos llevaría a Estrasburgo. El trato por parte del revisor francés fue completamente diferente, un chico joven y amable que nos indicó el espacio reservado a las bicis y hasta se ofreció mínimamente a echarnos una mano para acomodarnos. No nos engañemos tampoco, el tren deja un espacio algo sucinto y el compartimento para 6 personas resulta algo estrecho para personas de mi "corpulencia" (mis casi 90 kilos votaron por unanimidad una moción de protesta por el espacio en que les obligué a embutirse), pero nos pudimos apañar sin problemas. El único conflicto resultó en que Barnabas decidió jugar con el aire acondicionado y tuvo la deferencia de proporcionarnos un par de horas de sauna a coste gratis. Y un gripazo de cuidado cuando se percató de su falta de tacto a la hora de poner la temperatura posterior en "frío polar" desde la temperatura anterior "infierno leve" sin escalas. De este primer día poco más hay que reseñar.

PD: Pese a que yo daba por acabada la entrada, Eli y Barnabas me han incitado de forma "sutil" a añadir una anécdota para mí olvidada, pero que parece que cuajó en su hipotálamo y mantienen allá en espera de que la plasme acá. Vale. Sólo para que no me atosiguen más ahí va: En el tren de cercanías que nos llevaba a Cerbere subieron a mitad de trayeco, de algún pueblo de la costa que no es que no quiera acordarme sino es que no me fijé, la familia por nosotros apodada "Guarren". El motivo del apodo es algo menos prosaico que el hecho de ser ingleses (que lo eran). Les puse ese apodo por, digamos, su alergia al agua y al jabón que hizo que el trayecto pasase de ser incómodo por falta de espacio a ser directamente insoportable por el aroma a cochiqueras polifémicas que desprendían todos y cada uno de los miembros de la familia inglesa de marras, el padre, la madre, y sus dos retoños uno de cada sexo. No logro recordar cual de los miembros olía peor ya que mis epiteliales encargados de emitir las señales olorosas decidieron ponerse en huelga en ese mismo instante, pero creo que los votos de Eli y Barnabas iban hacia el padre Guarren.

Además de obsequiarnos con un maravilloso viaje oloroso al infierno, me mostraron que el mal olor en ellos puede asociarse a falta de conocimiento, pues con una falta absoluta de entendimiento de las leyes de la inercia y la gravedad decidieron poner una de sus también olorosas maletas en una posición en la que a cada recodo del camino caía de forma indefectible... sobre mis pies. Contaminando mi hasta ese momento limpia piel con el contacto repulsivo de sus cosas. No pasaría esto de aquí salvo porque uno de los Guarren, la hija o el hijo, se levantaban cada vez que la maleta se caía, cada 5 minutos más o menops, para ponerla de nuevo en su sitio, exactamente igual que estaba, en la misma posición metaestable. No se entendería tal absurdidad sino digo que además de ponerla de nuevo en su sitio procedían a un curioso ritual : Levantan la maleta, la ponen en posición y le dan un golpecito. Golpecito que imagino debía poseer en sus mentes el mágico poder de clavar la maleta en el suelo y que no se desequilibrase. Poder que imagino no debían poseer en realidad, ya que de forma terca la maleta insistía una y otra vez en caer encima de mis pies, siguiendo de forma iterativa las leyes de la gravedad y la inercia. Y entonces regresaba un retoño Guarren (algo que mi pituitaria detectaba antes que mis ojos...) a darle más golpecitos a la maleta.

Imagino que el poder mágico en realidad no existe, pero por si acaso decidí adoptar su táctica sobre su maleta, a ver si el poder mágico combinado era lo que resultaba eficaz. Y mira, pues sí, la maleta dejó de caer sobre mis pies a medida que yo la llenaba de golpecitos mágicos. Creo que en mi pueblo lo llaman "coser la maleta a patadas cada vez que se cae"... bah, pero eso son sólo palabras y cada uno puede escoger las que desee. Eli también me ayudó a dejar las suelas grabadas en la maleta, combinando nuestros recién descubiertos poderes mágicos pero en esto hay algo que por mucho que intento, no logro recordar con claridad. Si Eli en realidad no cree en la magia, a santo de qué cosió a patadas a la maleta? Digoooo, que fallo, en realidad quería decir que aplicó los golpecitos mágicos a la maleta con mayor interés que yo. Más tarde murmuró algo así de que de magia nada, que la realidad física se impone y que el entendimiento lerdo de los Guarren captó al final la sutil ironía de los golpecitos y puso la maleta lejos de mis botas y de mi mala leche, pero qué sabrá ella. Incrédula científica. Mi explicación con la magia de los golpecitos es la correcta.




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