La encontré en
una visita al Museo de Historia Natural de Paris. Un edificio donde vivieron y
trabajaron gigantes como Buffon y Lamarck. Casi tiene más historia e interés el
edificio en sí que la exposición permanente, excepto porque en el ultimo piso
tienen varias primeras ediciones de
historia natural, como esta de la foto de “el origen de las especies” de
Darwin. Increíble tener tan cerca semejantes joyas. Hice esta foto como breve recuerdo. La calidad es mala, pero no importa.
Aquest bloc preten ser un petit recull d'allò que ens agrada de la vida, els petits plaers, les coses que anem aprenent...
jueves, 20 de septiembre de 2012
Rhein Radweg. Etapa 7
31/08/2012
Mannheim-Oppenheim.
El amanecer nos sorprende con un nuevo cielo gris plomizo que acentua la
fealdad natural de la salida de Mannheim. Al igual que la entrada, para salir
por el lado derecho del Rhin se ha de atravesar una zona industrial más larga
que un día sin pan. Habíamos decidido no pasar al lado izquierdo, pese a que
con ello nos quedaba sin visitar Ludwigshafen, por estar un tanto
desilusionados con la zona. Hoy quizá pueda decir que fue un pequeño error y
seguramente el lado izquierdo resultaría imposible que empeorase la
horripilante variedad de humos, chimeneas, fabricasr y muelles para barcos de
transporte con que nos obsequió el margen derecho Tras casi 10 km todavía podíamos
ver el paisaje de leyenda de tanta industrialización que poco nos apetecía en
una ruta supuestamente verde. Además, mientras atravesábamos una zona con mayor
concentración de fábricas que las otras, una sirena de esas que salen en las películas
antes de los bombardeos comenzó a ladrar de manera salvaje. Sin entender lo que
diantres estaría pasando ahí, pusimos abundante tierra de por medio y hasta
nunca, Mannheim.
Visto lo que nos
deparaba viajar por la derecha del río, en cuanto logramos alcanzar el puente
de Worms, nos pasamos sin dudarlo al lado izquierdo. El nombre de esta ciudad
es curiosamente raro a oídos anglosajones. Educados, que remedio, en la lengua
del Shakespeare ese, nada nos impide asociar el nombre de la ciudad con el de
los gusanos y elucubrar acerca de los chistecitos que los soldados americanos y
británicos, en la conquista de estas zonas en la última gran guerra, debían hacer
al serles indicado el destino. Pero la ciudad es de las que merecen un vistazo
largo. Se llega a ella desde el margen derecho a través de un puente viejo
monumental, con altas torres que lo enmarcan en sus 2 contactos con tierra y
con la mole catedralicia al fondo. Que resulta ser otra construcción románica
muy destacable, aunque algo demasiado cargada de adornos de gótico primigenio
poco agradables a mis ojos. El día era plomizo, con amenaza de tormenta que precisamente
nos cogió en Worms, aunque bien resguardaditos bajo bastantes soportales, de
los que la ciudad tiene en abundancia. Y tras unas cuantas gotas, un tímido sol
se deja ver ocasionalmente tras las nubes, ahora ya medio disipadas. A lo
lejos, en Mannheim, se ven unas cortinas de lluvia impresionantes, pero en la dirección
que llevábamos el sol y fragmentos ocasionales de azul nos permitían rodar
tranquilos.
Esta zona
saliendo de Worms hasta casi tocar Mainz (Maguncia) es de una belleza
desgarradora. Con este cielo entre azul y gris, con cuajarones de nubes que
adornan mas que tapan un marco de viñedos entre el río y los montes que lo
aprisionan, hasta donde se alcanza a ver. Verdes de todos los tonos, con
marrones y rojos habituales en las vides, y racimos de uvas bien repletos ya a
estas alturas del año tumbando las ramas con sus morados y amarillos conforman
un paisaje ampliamente tranquilizador. Durante casi 30 km uno puede dejarse
llevar en este mar de colores entre el zumbar de las abejas y el suave lamer de
un sol que no calienta tras las nubes ociosas en la cúpula que lo cubre todo. Por
desgracia, los campesinos tienen un sistema algo curioso de evitar que sus uvas
sean asaltadas por tropas de aves famélicas y con aire comprimido sueltan
ocasionales y anárquicas descargas sonoras, como escopetazos, que a veces hacía
que nos acordáramos de algún malnacido que puso sus cacharros cerca del camino,
pero eso del progreso es lo que tiene. En pro de una buena cosecha, unos
cuantos sobresaltos de nada.
Desfilan así ante
nosotros pueblecitos vinícolas a cual más interesante y bonito, y paramos en
varias ocasiones para picar alguna cosa en tan idílico lugar. Especialmente
tras haber tenido que tragar los paisajes generosos en humo de Mannheim. En
Oppenheim decidimos buscar alojamiento. Por primera vez en todo el viaje
tuvimos problemas. Parece ser que el pueblo es especial en la región, no solo
por sus vinos sino porque en su subsuelo los habitantes, siglos ha, decidieron
construirse una serie de galerías subterráneas hoy visitables, que parece les servían
para comunicarse entre ellos sin que los dominadores/invasores/amos supieran
nada, y hacer del lugar el más incontrolado del mundo. Claro que de esta forma
la turistada es terrible, pero viven de ello incluso llevando a guiris
encantados en los carros, detrás del tractor, visitando todo lo visitable. Pero
para 2 cansados ciclistas es un contratiempo que la amabilidad local nos solucionó:
Preguntando en un hotel, estaba lleno, pero el amo llama en persona a un
jubilado local que alquila habitaciones, y un camarero nos acompaña sin
cobrarnos ni un mísero euro por el servicio. El jubilado además hablaba español,
y nos hizo precio muy asequible. Le prometimos mencionarlo aquí: Pensión
Schroeder.
La Dom local es
bastante digna y disponen de ruinas antiguas en lo alto de una loma, que
evidentemente recorrimos en toda su longitud. Poco hay ya que destacar. Cena
con el vino local, y descanso muy merecido.
Rhein Radweg. Etapa 6
30/08/2012
Speyer-Heidelberg-Mannheim.
Como estaba previsto, amanece nublado. Lo suficiente como para fastidiar la
etapa en cualquier momento con lluvias esperadas aunque traicioneras. Es lo que
tiene este rincón del mundo: En cuanto te despistas, te pasa de un calor
bochornoso a un día plomizo de gris y de alma pesada. El trayecto hoy era un
completo experimento, viajando por primera vez en nuestras cortas trayectorias
cicloturisteando sin una ruta ya planificada y publicada por otras personas. Por
suerte esto es Alemania, y superado el problema neuronal o de antepasados del señalizador
en Jockgrim, el resto del territorio estaba perfectamente señalado y nos fue fácil
llegar a Swerzstein. La idea era aquí visitar un poco el pueblo y el castillo,
que nos habían prometido en información turística como algo muy a reseñar. Y,
bueno, no estaba mal. No. Pero algo como muy destacado, pues tampoco, pero ya
que nos habíamos dejado caer por esas tierras, y como total estaba de camino,
pues le dimos un vistazo. Pero rapidito, y en ruta al poco tiempo.
Desde Swerzstein
a Heidelberg el trayecto es corto en km, pero se hace eterno. Para comenzar, por
estar constantemente dando vueltas y vueltas, que parece que las líneas rectas
no eran un bien codiciado por la zona. Y para continuar, porque a medida que
nos acercamos a la ciudad nueva, hay que estar esperando semáforos de forma
iterativa. Había momentos en que los semáforos más que un regulador del tráfico
parecían más una burla: Minutos largos esperando el verde, y cuando comienzas a
pedalear para cruzar, ZAS!!, rojo de golpe. Las primeras 4 o 5 veces nos
temimos que tal vez andaban algo descoordinados, pero a partir de la décima vez
ya consideramos que debía tratarse de algún intento no logrado de sentido del
humor local. Ya se sabe, el sentido del humor alemán…
Bueno, que tras mucho
hacerse de rogar, llegamos por fin ala ciudad vieja de Heidelberg, famosa en el
mundo entero por su universidad. Es la más antigua de las alemanas, lo cual de
por si es ya un prestigio, con científicos de renombre que estuvieron por aquí,
tales como Bunsen (químico) y Karl Jaspers (psiquiatra). Evidentemente hubo
unos cuantos más, pero Eli es química y yo psiquiatra, por lo que pongo solo
estos 2. Que no soy la Wikipedia.
La ciudad es de
las que vale la pena visitar. Enmarcada entre el río y las colinas cercanas, ha
sabido apropiarse de este espacio para crear un plano atractivo al paseante y
al ciudadano que vive en ella. Casas ciertamente altas para lo habitual en esas
ciudades alemanas, pero conservando el estilo de la zona y dotando las calles
de un singular sabor nórdico muy apreciable. Por estas calles deambularon
grandes pensadores, y no pocas juergas se corrieron en nombre de los benditos años
de estudiante. Creemos que de juergas hubo más que de grandes pensamientos,
pese a todo, pues parece ser que se institucionalizó el hecho de pasar al menos
un día en la cárcel de estudiantes, como una especie de tradición que no
termino muy bien de comprender (ah, estas cerradas neuronas mias hacia los
arrestos y detenciones…). Y grandes hombres de su época durmieron al menos una
noche en unas mazmorras bastante feas y bastante húmedas que se pueden visitar
por unos euros. Como Eli y yo somos profesores en la universidad, a nosotros
nos salía masr barato, pero decidimos gastarnos nuestros euros en algunos
recuerdillos adquiridos, a menor precio, claro, en la tienda de la universidad.
En un lugar así
era evidente que la sabiduría nos perseguía, así que nosotros fuimos más rápidos
y nos evitamos aglomeraciones y codazos en los lugares más turísticos de la
ciudad (iglesia, plaza central, puente de piedra) dando furiosas pedaladas para
hacernos hueco y largarnos después de un buen chocolate caliente en el bar
favorito de Eli (ya antes había estado en Heidelberg). El alojamiento nos
destrozaba el presupuesto, y tras permanecer un buen rato en los lugares más
solitarios que encontramos, tomamos las de Villadiego. Eso sí, antes de
marcharnos pusimos a prueba nuestra capacidad ciclista subiendo al Schloss.
Este se encuentra situado en un monte cercano, en un estado semi-ruinoso pero
constituyendo casi solamente por ello una atracción de primer orden, con un
parque grande y bien cuidado. Pero para llegar a este parque hay que tragarse
casi 1 km de ascenso por rampas del 9%. Una bagatela, vaya, que Eli y yo
emprendimos a etapas de unos centenares de metros cada vez. Cuando más desfondados
estábamos, y ya por abandonar el cruel ascenso con el molinete dichoso que
Barnabas siempre aplica, tras un recodo de casi 90 grados aparece por fin el
castillo. A reventar de gente, claro, pero nosotros subimos a puro huevo y los
guiris con autocar. No es lo mismo, y uno que se puede permitir mirarlos con
aire y cara de superioridad. Mequetrefes.
Y luego toca el
segundo experimento del día. El primero era fácil, pues llegar a Heidelberg
incluso sin plano era muy factible. Estaba todo señalizado al estilo alemán. Pero
ahora tocaba ir a Mannheim, y sin ruta. Los primeros km nos envalentonan, pues
vamos por caminos rurales que son casi una autopista para ciclistas en la dirección
que queríamos. Pero pronto comienzan los problemas y nos perdemos un par de
veces por algunas carreteras de la zona. Tras no pocas peripecia, y sin
preguntar a nadie esta vez (la única persona que nos topamos era un pobre abuelo
con conocimientos nulos de cualquier lengua no germánica, y tras este, un pintas de cuidado al que preferimos no
dejarle ver que no éramos de pura raza aria por si acaso), logramos enlazar con
la ruta original de Esterbauer. Ach Victorien, como dicen en el país.
Claro que
entonces nuestro gozo se quedó en un pozo, pues la entrada a Mannheim que
recomiendan en la ruta es la zona más fea que hemos visto jamás. Durante varios
km nos comemos carreteras horrorosas, zonas industriales y una central térmica que
par4ece que van a jubilar, y con otra central en construcción justo al lado.
Nos resistimos a creer que esta nueva central sea una nuclear, pero el aspecto
desde luego era similar a la de Homer Simpson y el Sr. Burns, solo que con una
chimenea en vez de 2… En cualquier caso, si se tratase de una térmica, nos llamó
poderosamente la atención que al otro lado de la calle, justo delante de la
central y tras varios montones de toneladas de carbón, la gente vivía en una
zona residencial de chaletitos adosados. Y tndian la ropa en el jardín y todo,
imagino que en busca de una nueva tonalidad en las sabanas llamada “blanco con hollín”.
Y cosas de los
contrastes de esta gente: Tras tragarnos varios km de una fealdad inigualable,
justo antes de mannheim disponen de un parque natural que los ciudadanos
utilizan para su solaz y recreo. Pero que pudimos comprobar es realmente
preciosa. Vimos fauna de todo tipo, incluyendo un par de rapaces, quizá águilas,
cazando entre la gente que pasea y un par de ciclistas hispanos, nosotros, con
los ojos incrédulos tras el horrible paisaje que lo precedía.
Encontramos
alojamiento asequible en un hotel de corte soviético, gris y feo de narices
pero de precio asumible. La visita a la ciudad la hicimos por puro formalismo.
En la guía que nos dieron en información turística se nos indicaban los
principales atractivos que resultaron muy discretos, sobretodo en comparación de
las maravillas de los paisajes naturales del camino, y de las bellezas de
Heidelberg y Speyer. Se nos remarcaba en la guía que mucha gente se sorprendía
de la belleza de la ciudad, y que siempre volvían, pero discrepamos. Estos
panfletos turísticos están escritos con el fin de alabar lo de destacable que
haya, y el que lo redactó era evidente que conocía el oficio, y como exagerar
un poco iba incluido en el sueldo pues nada a recriminar. Se ha destacar como algo notorio el trazado de
las calles en cuadriculas muy practicas. Y no hay nombre en las calles, sino
una numeración por letras y números, de tal forma que la orientación es sencillísima
una vez comprendidos los ejes a partir de los que se sigue el orden alfabético
y numérico ce cada cuadricula.
Por ser
absolutamente sincero, la verdad es que acabamos por recorrer la ciudad en casi
todo su trazado. Pero no como turistas, sino como tontos dando vueltas y más
vueltas tratando de encontrar un sitio donde comer barato. Había demasiadas
opciones. Pero luego nos fuimos a dormir.
Rhein Radweg. Etapa 5
29/08/2012
De Jockgrim a
Speyer. Tras unos días de ruta las piernas comienzan ya a estar algo cansadas,
pero este tramo resultó agotador por el tremendo sol que nos achicharró desde
primeras horas de la mañana. Se une a esto además que el encargado de las señalizaciones
del camino a partir de Jockgrim tenía seguro algún antepasado siciliano, y nos
perdimos en varias ocasiones. Resumiendo para quien no haya leído nuestras
desventuras en Sicilia: No hay apenas señales para marcar la ruta, y nos
perdemos en varias ocasiones. Y como en anteriores ocasiones nos damos cuenta
cuando llegamos a un pueblo que no figura en nuestro mapa. De esta manera, al
pretender llegar a Russheim, en el cartel del pueblo al que llegamos vemos que pone
“Bofheim”. Hombre, parecido, parecido lo
es, pero no coincide. Por señas, como buenos españolitos de viaje por el mundo,
nos aclaramos con un lugareño y a través de una carretera de por suerte poco tráfico,
conseguimos rehacer la ruta. Pero nos pasamos toda la mañana bajo un sol de
justicia que en nada tiene que envidiar, nos parece, al de nuestras tierras
meridionales, y nos desfondamos en recorridos arriba y abajo tratando de seguir
el mapa. Es un continuo dentro/fuera del recorrido previsto. Tras varias horas así,
entramos en una especie de parque natural de no demasiado tamaño pero de cierta
belleza general, y hacemos alto. No hay un alma en km a la redonda salvo algún cicloturista
algo más espabilado que nosotros (o mejor conocimiento de la zona, vaya usted a
saber…) y cuanto ven nuestros ojos cansados es naturaleza semivirgen asándose lentamente
al sol de la 2 de la tarde. No nos parece que nadie nos pueda recriminar nada
relevante, por lo que optamos por una tradición
tan hispana como la de una buena siesta tras un tentempié algo mayor de lo
habitual. Y de común acuerdo al final de esta decidimos, democracia obliga,
aceptar la unanimidad del veredicto y proseguir hasta la ciudad de Speyer, no
demasiado lejana, y hacer noche ahí.
Animados por un próximo
refrigerio y ducha, la ruta debería no resultar demasiado pesada, pero la sensación
de alivio se diluye en los siguientes km y al llegar al puente que cruza a la
orilla izquierda, nos vemos ya reventados. El sol alemán desballesta al más
pintado. La entrada a la ciudad es algo extraña, por cuanto al pasar el puente
nos topamos con una carretera bastante transitada pero que no hemos de seguir más
que en unos pocos metros antes de desviarnos y entrar en la ciudad vieja
(altstadt) por calles restringidas al tráfico e ir a dar directamente en la
Dom, la catedral. Con nuestro gusto decantado desde hace años hacia el románico,
nos sobrecogemos encantados. Es una construcción antigua, muy bien conservada
pese a los desastres de su guerra y de clara importancia en la historia alemana
(varios reyes y electores enterrados dentro). Y ciertamente muy original,
mezclando elementos germánicos con otros de corte italiano que le dan al
conjunto un acabado ciertamente interesante. El interior, que visitamos de
forma somera, es muy equilibrado, discreto incluso, de un buen gusto excelente.
Animados por tal encuentro, ciertamente inesperado pese a que ya desde la lejanía
se vislumbraba la mole del edificio, pero para nada percibible su originalidad,
nos dirigimos a información turística. Como siempre, muy amables y eficaces. No
les funcionaba, pura mala suerte, el sistema informático, por lo que debemos
buscar nosotros con el mapa y los folletos que nos dan un lugar donde dejarnos
caer en la ducha. Como no podía ser de otra manera, el hotel de nombre italiano
al que vamos en primer lugar no resulta posible para nada. No por precios o por
estar lleno, sino por incomparecencia del amo o de cualquier empleado al que
dirigirnos. Nos estuvimos un rato dando vueltas por el interior sin ver a
nadie. De haber sido un par de chorizos hacíamos nuestro agosto. Por fortuna en
otro lugar tuvimos más suerte y nos arrojamos como desesperados a una ducha
fresca para evaporar los calores de ese agosto nórdico que nos tenía
achicharrados.
Visita obligada a
la ciudad, por supuesto, al terminar nuestro envite con el agua fresca,. Era
una ciudad bonita, muy tranquila de anchas calles y trazado regular en el
centro. Amplia oferta de cocinas baratas y abundantes y gente por lo que pudimos
ver muy amable y amantes de la buena vida. Casi parecía una ciudad italiana
perdida lejos de los turistas y sin prisas por nada en especial. Pronto nos
fuimos a dormir, no sin antes comprar un mapa diferente de la zona para tratar
de llegar a Heidelberg al día siguiente.
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