jueves, 20 de septiembre de 2012

Rhein Radweg. Etapa 7



31/08/2012

Mannheim-Oppenheim. El amanecer nos sorprende con un nuevo cielo gris plomizo que acentua la fealdad natural de la salida de Mannheim. Al igual que la entrada, para salir por el lado derecho del Rhin se ha de atravesar una zona industrial más larga que un día sin pan. Habíamos decidido no pasar al lado izquierdo, pese a que con ello nos quedaba sin visitar Ludwigshafen, por estar un tanto desilusionados con la zona. Hoy quizá pueda decir que fue un pequeño error y seguramente el lado izquierdo resultaría imposible que empeorase la horripilante variedad de humos, chimeneas, fabricasr y muelles para barcos de transporte con que nos obsequió el margen derecho Tras casi 10 km todavía podíamos ver el paisaje de leyenda de tanta industrialización que poco nos apetecía en una ruta supuestamente verde. Además, mientras atravesábamos una zona con mayor concentración de fábricas que las otras, una sirena de esas que salen en las películas antes de los bombardeos comenzó a ladrar de manera salvaje. Sin entender lo que diantres estaría pasando ahí, pusimos abundante tierra de por medio y hasta nunca, Mannheim. 



Visto lo que nos deparaba viajar por la derecha del río, en cuanto logramos alcanzar el puente de Worms, nos pasamos sin dudarlo al lado izquierdo. El nombre de esta ciudad es curiosamente raro a oídos anglosajones. Educados, que remedio, en la lengua del Shakespeare ese, nada nos impide asociar el nombre de la ciudad con el de los gusanos y elucubrar acerca de los chistecitos que los soldados americanos y británicos, en la conquista de estas zonas en la última gran guerra, debían hacer al serles indicado el destino. Pero la ciudad es de las que merecen un vistazo largo. Se llega a ella desde el margen derecho a través de un puente viejo monumental, con altas torres que lo enmarcan en sus 2 contactos con tierra y con la mole catedralicia al fondo. Que resulta ser otra construcción románica muy destacable, aunque algo demasiado cargada de adornos de gótico primigenio poco agradables a mis ojos. El día era plomizo, con amenaza de tormenta que precisamente nos cogió en Worms, aunque bien resguardaditos bajo bastantes soportales, de los que la ciudad tiene en abundancia. Y tras unas cuantas gotas, un tímido sol se deja ver ocasionalmente tras las nubes, ahora ya medio disipadas. A lo lejos, en Mannheim, se ven unas cortinas de lluvia impresionantes, pero en la dirección que llevábamos el sol y fragmentos ocasionales de azul nos permitían rodar tranquilos.

 
Esta zona saliendo de Worms hasta casi tocar Mainz (Maguncia) es de una belleza desgarradora. Con este cielo entre azul y gris, con cuajarones de nubes que adornan mas que tapan un marco de viñedos entre el río y los montes que lo aprisionan, hasta donde se alcanza a ver. Verdes de todos los tonos, con marrones y rojos habituales en las vides, y racimos de uvas bien repletos ya a estas alturas del año tumbando las ramas con sus morados y amarillos conforman un paisaje ampliamente tranquilizador. Durante casi 30 km uno puede dejarse llevar en este mar de colores entre el zumbar de las abejas y el suave lamer de un sol que no calienta tras las nubes ociosas en la cúpula que lo cubre todo. Por desgracia, los campesinos tienen un sistema algo curioso de evitar que sus uvas sean asaltadas por tropas de aves famélicas y con aire comprimido sueltan ocasionales y anárquicas descargas sonoras, como escopetazos, que a veces hacía que nos acordáramos de algún malnacido que puso sus cacharros cerca del camino, pero eso del progreso es lo que tiene. En pro de una buena cosecha, unos cuantos sobresaltos de nada.



Desfilan así ante nosotros pueblecitos vinícolas a cual más interesante y bonito, y paramos en varias ocasiones para picar alguna cosa en tan idílico lugar. Especialmente tras haber tenido que tragar los paisajes generosos en humo de Mannheim. En Oppenheim decidimos buscar alojamiento. Por primera vez en todo el viaje tuvimos problemas. Parece ser que el pueblo es especial en la región, no solo por sus vinos sino porque en su subsuelo los habitantes, siglos ha, decidieron construirse una serie de galerías subterráneas hoy visitables, que parece les servían para comunicarse entre ellos sin que los dominadores/invasores/amos supieran nada, y hacer del lugar el más incontrolado del mundo. Claro que de esta forma la turistada es terrible, pero viven de ello incluso llevando a guiris encantados en los carros, detrás del tractor, visitando todo lo visitable. Pero para 2 cansados ciclistas es un contratiempo que la amabilidad local nos solucionó: Preguntando en un hotel, estaba lleno, pero el amo llama en persona a un jubilado local que alquila habitaciones, y un camarero nos acompaña sin cobrarnos ni un mísero euro por el servicio. El jubilado además hablaba español, y nos hizo precio muy asequible. Le prometimos mencionarlo aquí: Pensión Schroeder.

La Dom local es bastante digna y disponen de ruinas antiguas en lo alto de una loma, que evidentemente recorrimos en toda su longitud. Poco hay ya que destacar. Cena con el vino local, y descanso muy merecido.

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