jueves, 13 de septiembre de 2012

Rhein Radweg. Etapa 2.



26/08/2012

Es domingo, hay algunas nubes en un cielo gris que alterna con azules profundos, la temperatura es suave y hasta agradable, y resuenan las campanas en el pueblo. Sonidos de campanas, como los de antes. Sencillos y rítmicos, suaves en una distancia no muy lejana y dulces como un beso robado. Hay días que merece la pena despertar, y pasearse lentamente por un pueblo pequeño y pintoresco clavado en medio de ninguna parte especial, sin turistas ni aglomeraciones. Se vislumbran nubes en el horizonte y quizá algún chaparrón ocasional. No nos importa. Estamos en vacaciones y hay cosas que no merecen la pena pensarse, porque estropean el día. Porque no valen la pena.

Con gran parsimonia nos dirigimos a la plaza del pueblo, donde ya teníamos localizado un supermercado que abre los domingos por la mañana. Y una panadería. Ningún pueblo francés merece este nombre si no tiene una panadería abierta, aunque sea domingo, festivo o sagrado. Cosa por cierto muy útil para un par de viajeros despreocupados como nosotros. Tras arreglar algunas compras, básicamente el desayuno que nos zampamos con calma en la misma plaza, al pie de las campanas, y algo para la comida, nos ponemos en marcha. Con ganas de ver el río, abandonamos territorio francés y nos dirigimos hacia la ciudad alemana de Breisach, a pocos km. Ruta esta vez bien señalada y sin incidencias, que nos permite por vez primera pasar por un puente sobre un Rhin ya bastante grande, ancho, para el poco recorrido que llevamos hecho. 


Nos sorprende ver que en el lado alemán casi todas las tiendas y bares están abiertos, y no hubiese sido un mal sitio para pararse y descansar, que el pueblo se nos revela bonito a su manera, con decenas de caitas bien cuidadas, gente amable y un sitio en general tranquilo. En lo alto de una loma un monasterio de recias paredes, pero de bellas formas, parece controlar el paso del río y el devenir de la gente.  Pero ya desayunados, damos un rápido vistazo y proseguimos camino. Aquí nos volvemos a perder, pues la guía marca un recorrido que no se corresponde con la realidad del trazado de las calles y el puerto fluvial, pero la amabilidad de la gente, algo que nos habíamos de encontrar decenas de veces en todo el viaje, nos reconduce a la ruta. Durante los siguientes km el camino circula al lado del Rhin, en los diques de contención, dejando la posibilidad de recorrerlo por la parte superior (a mi modo de ver más bonito y de mejores vistas) o por la inferior, entre el dique y un canal paralelo. Desde donde íbamos veíamos miles de pájaros revolotear por todas direcciones, en el canal, en el río, en los bosques de alrededor. Parecía mentira la cantidad de naturaleza que pueden conservar sin alterar sus propios modos de vida en esta parte de Alemania. 


Discurrimos así durante varias horas, disfrutando del paisaje y de las maravillas naturales que se pueden llegar a congregar sin provocar monotonía, solo dejándose llevar a golpe de pedal km tras km, disfrutando de una ruta de una belleza desgarradora (a lo que contribuye el día raro que nos esperaba, con nubes de tormenta en el horizonte, en esos cielos de película que solo con este clima se suelen dar). 


A la altura de Schoenau abandonamos la pista de grava para adentrarnos en una isla en medio del río. Hay ahí una presa que permite el tránsito por encima y paramos a comer. El paisaje es casi virgen, y el río se deja llevar lento y calmo, cual corriente de aceite. Al proseguir camino cruzamos a la orilla izquierda. Creemos que en Francia lograremos precios más asequibles, y poder tirar de documentos del país nos pensamos ha de ayudar también. Pero justo cruzar una tormenta de verano nos atrapa en cuestión de segundos. Torrenciales lágrimas nos llegan de todos lados, y ni siquiera unos árboles en el camino nos libran de una humedad nada deseada. 



Pasa rápido, cual era de esperar, pero arrecia ahora el frío y flojean las ganas de continuar. Unos km de pedaleo hasta Rhinau nos pone en contacto con el servicio de información de la comarca francesa por la que discurríamos, y con una amabilidad impresionante encontramos alojamiento en un pueblecito cercano llamado Boofzheim. Nombre nada francés, pero eso son cosas de la historia y de las guerras de otro tiempo  y de gente que cambió su nacionalidad según el año en que vivía y según el ejercito que se aposentaba. 






El alojamiento era muy barato en una casa rural de la zona donde nos atendieron estupendamente . En el pueblo no había grandes cosas para ver, pero con un restaurante con platos muy sugerentes donde degustamos de las delicias de la región. Basicamente, de tartes flambees (alias flammnkuchen) originales y tradicionales.

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