jueves, 13 de septiembre de 2012

Rhein Radweg. Etapa 3



27/08/2012

Desayuno opíparo en casa de madame Henriette, la dueña de la casa. El desayuno iba incluido en el precio, pero valía la pena por si mismo, con leche recién ordeñada de sus propias vacas y mermelada casera de la deliciosa, no de la normal. Luego nos deseó buen viaje como es de rigor en estas zonas, y nos mostró la mejor manera de alcanzar el canal que discurre en línea recta desde muy cerca de su casa hasta Strasbourg. No teníamos plan específico, por lo que optamos por seguir el canal. Fue una buena decisión, ya que es un canal adaptado para paseantes y ciclistas de casi 50 km de longitud, del que nosotros íbamos a recorrer unos 30. Con árboles a lado y lado, la sombra es agradable en días de gran calor (como el que nos avecinaba) y apenas tiene un par de cuestecillas muy moderadas en algunos puentes que lo atraviesan, permitiendo un desarrollo grande y pedaladas rítmicas sin especial fatiga. Paramos un par de veces a picar alguna cosa y beber agua con calma, disfrutando del paisaje y del canal, pletórico de vida, pero en apenas un par de horas llegamos a Strasbourg. 


Fue una sorpresa llegar sin agobios, pues nos esperábamos un paisaje a la entrada de una gran ciudad al menos alguna zona industrial o barriadas de gran fealdad, pero al ir por el canal escasamente los últimos 2 km se hacen por zonas transitadas, y el contraste de repente se nos antojó excesivo. Tanto que decidimos una visita rápida de algunas turistadas (la catedral, algunas iglesias, la plaza Kleber, y la Pequeña Francia), y, después de comer, nos vamos.

Para continuar viaje, pasamos a la orilla derecha, al lado alemán. El trayecto está bien señalizado y es difícil extraviarse, pero los puentes que cruzan el Rhin son de mucho tráfico y encima los encontramos medio cortados por obras. A diferencia de un par de años atrás, que hicimos exactamente este mismo recorrido, nos desviamos a ultima hora antes de pasar por el puente de Europa y nos dirigimos a un parque donde hay acondicionados muchos carriles para ciclistas. Y también un puente algo empinado pero sin tráfico. Llegamos a la ciudad alemana de Kehl, justo pegada a Strasbourg pero en el lado alemán. Hay ahí múltiples rutas y está tan señalizado que no necesitamos la guía para salir de la ciudad y retomar el camino. He de decir que el recorrido de salida es tan enrevesado que sin esas indicaciones tan iterativas y machaconas no tengo claro que hubiésemos encontrado el camino.  



Nuevamente vamos al lado del río, aunque no es tan agradable como el día anterior, más que nada porque hay un sol de justicia y sopla viento de cara. Los km se hacen penosos en esta situación. Tras un tramo que se nos antoja suficiente, nos desviamos unos cientos de metros de la ruta para ir al pueblo de Stollhofen, donde se anuncian zimmer y hay un camping. En algún sitio debemos hallar alguna cosa baratita. Antes de entrar, Eli y yo que venimos rodados y con buenas bicis, nos topamos con una familia alemana y sus hijos dándose una vueltecita en bici. A la velocidad que íbamos, pronto les rebaso, pero el hijo menor, quizá unos 6 años de edad, no muchos más, se flipa sobretodo conmigo (que iba como una flecha) y hace alardes imposibles para adelantarme. Imagino que iba aburrido, pero el caso es que el enano aspirante a Barnabas se desgañita de tal modo que no ve que interrumpe el trayecto de un coche que nos atrapaba por detrás. Ni oye los desaforados gritos de su padre, que desde luego aprecia el peligro de la combinación enano flipado-coche. Decidí no dejar morir a Barnabasillo y frené mínimamente para que cumpliese su objetivo de adelantarme, a la par que iba indicando al del coche que esperase un momento, que con los enanos hay que tener cuidado. Desfondado, el enano se quedó poco a poco detrás nuestro y seguimos camino. Para mi sorpresa, el padre, que lo había visto todo, se detuvo con nosotros un poco más adelante para agradecernos la deferencia. Todavía queda gente educada.

Encontrar habitación no fue difícil. Había amplia oferta y curiosamente fuimos a preguntar en la calle a la que le paseaba los perros a la dueña de las habitaciones. Impresionante la que arreglamos por unos cuantos euros. Había espacio para nosotros, para Barnabas si hubiese venido, y hasta para el enano aspirante al cetro de flipado que ostenta nuestro amigo, ducha separada, mesa, balcón y un pequeño frigorífico. Espectacular. Y eso que era solo la buhardilla. Nos fuimos a cenar a la iglesia del pueblo y aquí aprendimos que si en los mapas estos pueblecitos son pequeños, en la realdad son enormes, pues son todo casas gigantescas pero unifamiliares, con jardín, y la superficie de cada una es excesiva para nuestras mentalidades sureñas. El pueblo es, claro, muy grande, y las distancias engañan. Como estábamos desfondados por el sol, cenita rápida de pan y queso y a a dormir.    


 

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