viernes, 14 de septiembre de 2012

Rhein Radweg. Etapa 4



28/08/2012


El desayuno alemán es similar en cantidad y contundencia al francés, con la salvedad que no entendemos absolutamente nada de lo que nos dice la patrona. Esta habla un inglés justito y debemos imaginarnos lo que cada mermelada es por el simple procedimiento de meter un dedo en el tarro y probarla. Procedimiento creo de muy poco agrado visual para cualquier teutónico de pura cepa, pero señora mía, esto de los idiomas es lo que tiene. Eli, que en esto de entenderse con la gente tiene casi el don de Pentecostés, acaba logrando un idioma común a base de inglés, francés y algunas chapurreadas en alemán, y al final se aclara y todo. Parece que la señora, alemana pero nada chovinista, nos recomienda pasar al lado francés porque la pista allí es mejor y hay más servicios y lugares de descanso. Bueno, si es alemana y nos aconseja eso, por algo será. Y decidimos hacerle caso. Desde Stollhofen lo mejor es ir hacia el norte, obviar el primer puente que tiene un tráfico infernal, y cruzar por el segundo puente. Este era antes un puente para el ferrocarril, pero actualmente ya no pasa por ahí y es sencillo de cruzar, con pocos coches.

El consejo debo reconocer que fue bueno, ya que era cierto que el lado alemán es bonito pero la pista es de grava y acaba resultando fatigoso, mientras que el lado francés pasa igualmente al lado del río pero con pista asfaltada.  Mucho más agradecida para pedalear, para que nos vamos a engañar. El día además acompaña con un vientecito de espalda muy agradable y una temperatura suave. A la altura de Seltz nos desviamos para ver el pueblo. Nos hizo gracia el nombre, je, je, pero también necesitábamos comprar alguna cosilla en la panadería y el supermercado. Hay en todos lso pueblos franceses, eso ya lo sabíamos, pero nuestra sorpresa fue descubrir que el supermercado había cerrado. Y lo peor, que tenían una oficina de turismo que cerraba a las 13:00 h. El problema no es que cierre a las 13:00 h. Ahí cada cual decide sus horarios y si en estas tierras deciden ir a comer a esas horas tan poco reconocidas por mis meridionales tripas, pues oye, muy bien que hacen y cuando bajéis por estas tierras hispanas a chapar la boca y nada de quejarse porque a las 14:00 h la gente se larga a comer. Que bastantes atributos masculinos se han de tener para quejarse de estas cosas para en privado y en público en sus tierras hacer exactamente lo mismo. Pero vaya, el problema y ya sin tantas dilaciones, es que eran las 12:30 h. Y habían cerrado ya. Tócate las narices. Nuevamente la fortuna y el conocimiento del gabacho hacen que nos indiquen donde esta la boulangerie y la charcutería, y con eso apañamos.

A partir de aquí el paisaje es de una belleza infinita. Apenas la pista ciclable atraviesa una zona prácticamente virgen en el delta de la Sauer, un río que desemboca en el Rhin y que se conserva magníficamente libre de presencia humana. Bosques frondosos, los ríos que se abrazan suavemente en un delta extenso y hermoso, vida animal que se deja ver, impertérrita, casi a cada recodo del camino. Puedo afirmar que era el mejor paisaje que disfrutábamos en este viaje, y casi seguro del que nos esperaba por ver. Paramos a comer en este idílico lugar, pero una advertencia: En la guía de Esterbauer señala  aquí, cerca de Lauterbourg, varias zonas de picnic que resultan en la realidad ser solo una mesa de cemento con algunos bancos adosados, todos a pleno sol y por ello ampliamente desaconsejables (además de incómodos).  

El día se estaba haciendo muy caluroso.  Cada vez la fatiga se notaba más intensa. Justo entonces cruzamos la frontera, aunque nos pasó completamente desapercibida. En ningún lugar marcaban el fin del territorio de la República ni el comienzo de las tierras de los bárbaros. Mediante un barco (y 4 euros), en Neuburg pasamos a la orilla derecha y continuamos hasta Karlsruhe. El paisaje aquí no tiene nada que reseñar, y nada importante toca explicar salvo que tienen todo el recorrido perfectamente señalizado. Imposible perderse. La pega es que hay que entrar a la ciudad por un recorrido paralelo al de los coches, aunque separados de ellos en la mayor parte del camino. Los conductores alemanes son muy respetuosos con las normas y con los ciclistas, pero aún así resulta agobiante ir varios km pegado al tráfico. Además Eli en las ciudades es un peligro, pues suele quedarse atrás con facilidad y se pierde continuamente, y llevando ella el mapa y el dinero no era demasiado halagador para mi. Tras enviarnos a pastar en varias ocasiones por quejas de imprudencias de ella hacia mi, y de perderse continuamente de mi hacia ella, llegamos al Schloss en la parte alta de la ciudad. Con sus jardines, que son lo más destacado que hay que ver (el resto es una ciudad sin pena ni gloria).  Como los vemos relativamente rápido, proseguimos camino. Salir de Karlsruhe es fácil, siguiendo una amplia avenida (Molkstrasse, luego cambia de nombre a Siemenstrasse) hasta un puente horripilantemente feo que nos deja en la orilla izquierda. Ahora territorio alemán, claro que ahora ambas orillas son alemanas. Desde este punto es solo seguir las indicaciones hacia el norte y encontrar un lugar barato donde dormir.

Nosotros decidimos parar en el pueblo de Jockgrim. En realidad nos daba lo mismo uno que otro, pero al preguntarle a un agricultor de la zona por como llegar, nos explicó en un inglés increíble (él decía que únicamente hablaba “a bit”, cachondo…) que en ese pueblo eran conocidos como los “ranas”, y que la mejor manera de llegar era mediante Buchstrasse (la calle del libro). Caramba, pues. Entrar por la calle del libro al pueblo de “los ranas” sonaba como excelente, y decisión tomada. Al final el pueblo, que sobre el mapa era poquita cosa, era extensísimo. Esa manía de hacer casas unifamiliares nos daba siempre este problema de traducción mapa-realidad. Nos alojamos en un hotel, Zum Elefanten, bastante barato y amistoso.




Un aviso. Si alguien se aloja en este pueblo, hay solo un restaurante-pizzeria, por lo que la decisión de donde cenar es rápida. Pero que quede claro, cuando en la carta de este restaurante te preguntan por el tamaño de la flammencuchen, entre la pequeña (Klein) y la grande (gross) hay solo un euro de diferencia. Pero cuando dice gross en castellano se ha de traducir como “extra-extra-maxi-supergrande” Dejo la foto por si alguien no me cree. El camarero intentó avisarme, pero como solo hablaba alemán no hubo forma de entendernos. Luego nos reímos con ganas. Eli me ayudó a terminar con esa magna pitanza, claro.

No hay comentarios:

Sobre la risa... de algún modo

Sacado de un epitafio que no deja de tener su retranca según nos dejó escrito Demócrito en su Antología. Lo dejo transcrito en griego y en ...