martes, 11 de septiembre de 2012

Rhein Radweg: Etapa 0

24/08/2012

Suelo de forma habitual no comentar demasiado la etapa en la que viajamos hasta destino. Creo que el viaje, aunque efectivamente comienza desde que se sale de casa, no es en realidad viaje hasta que no se alcanza el punto de la ruta desde donde el pedaleo que se hace es para disfrutarla. Así, de forma breve indico que subimos al tren en Sants y llegamos a destino, sea el que sea, y dejo para la siguiente entrada la narración efectiva. 

Pero esta vez ha de ser diferente. Las andanzas que nos esperaban en esta etapa de transición resultarían ser catastróficas ya desde que salimos de casa. Porque la mala pata habitual de cuantos me rodean no se hizo esperar: Eli, tras dar 2 escasas pedaladas, y de forma bastante deplorable, que todo se ha de decir, se cae al suelo y golpea el bordillo con la espalda. De forma muy fea. Y muy dolorosa. Como para haberse roto algo y grave, para más inri. Por fortuna no fue así, y no paso de un considerable susto y una zona ampliamente dolorosa que hubo de lamentar días mas tarde, ya en plena ruta, con un hematoma de aspecto horrendo.

No acabaron las desgracias aquí, pues ya casi terminando el viaje que nos tenía que llevar a Cerbere y coger así el enlace con el tren hacia Strasbourg, la gente de golpe comienza a ponerse nerviosa. Yo suelo alterarme entre poco y nada por el histerismo de mi alrededor, pero en esta ocasión no pude abstraerme a mi gusto ya que el jaleo estaba producido sobretodo por una joven de unos 35 años que clamaba con inusitado furor que había un incendio algo mas adelante de donde estábamos. Y por donde el tren había de pasar. La verdad es que se veía desde el tren un enorme nubarrón causado por el humo, y hasta se entreveían las llamas, y eso incrementó el nivel de histericidad de la plebe allí metida en el vagón. Con cara de fastidio ignoro a cuantos se me abalanzan, que ante mi cara de pocos amigos tampoco es que fueran muchos y en cualquier caso poco dados a dirigirse a un Yambo taciturno y malencarado habiendo tantas víctimas a las que dar su propio discurso autocomplaciente y victimizante... Así que hundí bien las narices en mi libro y dejé que Eli, más sociable que yo pero a niveles estratosféricos, se encargase de lidiar con la multitud desatada. Grave error. Un par de yoyas a tiempo pueden ser balsámicas, y no darlas una catástrofe. La histérica inicial, la que con más gusto y ganas berreaba, se dedicaba de forma iterativa a dar la lata al pobre conductor del tren, que total solo hacia su trabajo y si no tenia indicaciones de detenerse es porque la cosa no iba del todo mal. Por más que la chalada en cuestión precisamente lo cuestionase. Y hacia algo peor, pero que a la postre resultaría hasta útil: Decir constantemente en voz alta lo que ELLA iba a hacer. Buscando supongo conmiseración y aprecio, o hasta algo más que un callado asentimiento, si bien ignorando que en estas circunstancias cada uno se dedica a lamentar sus propios asuntos y sobretodo ignorar, como es de ley, cuantas soplagaiteces le llegan informando de cosas que a nadie han de menester. Bueno, pero sin extravasarme más, que al final la pelma grita más que berrea que a ella nadie la engaña, y que se baja del tren y se busca la vida en taxi para llegar a Girona. Como nadie le dice nada, y nada había que decirle tampoco salvo que callase de una puñetera vez, baja del tren a grandes zancadas y se aleja en busca de un inexistente taxi. Y tanta paz supongo llevó como descanso dejó...

Con algo más de calma, no mucha, pero algo más desde luego había, nos informamos por el conductor (bastante majo este), que regresamos a Girona y que allí ya se vera. Bueno, el "ya se vera" consistió en que algún iluminado decidió que ni nuestro tren ni el siguiente proseguían camino, y que se estaban localizando autobuses para ver como llevar a todo el rebaño a Figueras. Y desde aquí, pues "ya se vería".

Tanta cosa se había de ver que ni Eli ni yo lo veíamos claro. Más bien turbia andaba la cosa, porque con la tontería ya acumulábamos un par de horitas de retraso, y el tren francés se largaría sin nosotros. A la porra el viaje, vaya. Pero sobre perdidos, al rio, que dice el refrán, así que optamos por probar suerte y ver como lo hacíamos para subir al autobús. Aquí hay que hacer especial inciso a los nervios histéricos de la plebe y la solidaridad mostrada en ocasiones como esta. O sea, y sin ánimo de ser escatológico y me perdonaran ustedes el uso de palabras malsonantes, una PUTA MIERDA. Porque en lo que nadie se fijó demasiado es en que si vas con una bici y alforjas, el hecho de meter las bicis en un autocar con todo el mundo a la loca carrera plan "idiota el último" hace realmente imposible ocuparse de poner las bicis y las alforjas en el maletero, que no te las aplaste algún imbécil echando a saco su maletón (riesgo de avería de la bici casi asegurado) y a la par lograr un asiento en el mismo autocar, ya que los que no llevan maleta lo han asaltado a la carrera. Hasta en 2 ocasiones tuve que sacar las bicis, y mira que pedimos por favor a la gente que nos hiciese el favor de dejarnos la plaza, que perdíamos otro tren y las bicis estaban YA puestas abajo. Nada. Así Ra les fulmine a todos y en pago por sus bondades les devuelva 100 por una....

Pues anda que no fue complicado lograr un hueco en el último puñetero autocar, y no sin algún empujón que otro bien dado aprovechando que de mis casi 90 kg no todos son de grasa. Una miradita con aspecto de reventarle los cuernos hizo sospechar a alguno que mejor ese sitio no mirarlo demasiado. Y así logramos alcanzar Figueras sin lamentar demasiados destrozos y eso que me hubiese gustado aplastar la cabeza de una desgraciada que tenia su enorme maletón tirado justo encima de mi rueda trasera, tan bien colocado que aplastaba el cambio de marchas. La muy cafre en lugar de salir corriendo cuando le tiré con bastantes malos modos su maleta a pastar aún se le ocurrió recriminarme por mi acción. Suerte que Eli no me permitió ponerla de pegatina en la pared de la estación, que seguro alguno tendría la mala idea de hacer de caballero andante y meterse en medio, y... vaya, que me pierdo.

Por si fuera poco, el tiempo corría en nuestra contra. Con 5 horas de adelanto cogimos el tren, y si nada lo remediaba íbamos a perderlo miserablemente. Se nos ocurrió solicitarle a la jefa de la estación de Figueras, una reina de Mordor de aspecto y maneras, si podía llamar a Port-Bou, y así estos avisar a Cerbere de lo que pasaba y tal vez, solo tal vez, retrasar 5 minutitos de nada la salida. Pues nada. La tipeja que no quiere, no porque haya nada que se lo impida, ni porque la puedan sancionar si lo hace, ni que, no se, su religión le prohíba peinarse y llamar por teléfono. No. No llama porque no le sale de donde imagino le tenia que salir, lo cual, digámoslo con propiedad, es un motivo como cualquier otro salvo por el pequeño detallejo sin importancia que deja su capacidad de comprensión y solidaridad al nivel de un hijoputa cualquiera, pero desde luego no valía la pena discutir ni medio minuto más: A la carrera para pillar el tren y llegar a Cerbere, y si la misericordia o la fortuna nos dejaban, pillar el tren a Strasbourg.

A mitad de camino ya era claro y meridiano que ni hablar de llegar a tiempo. Como poco, 5 minutos tarde. Eli se relajó un tanto hablado con unas francesas (es lo que tiene saber idiomas) y enterarse que ellas, con conocimiento claro de la falta de solidaridad de nuestro sistema ferroviario (y de la hijoputez de sus jefas de estación), habían llamado a Cerbere y "quizá" retrasasen la salida del tren. Porque también iban en el nuestro. Por si las moscas, nada más llegar a la estación vemos que el tren a Strasbourg esta aún en el anden y Eli y yo salimos a la carrera de forma tal que íbamos dejando una estela detrás nuestro. Y lo pillamos. No por correr, que vimos que era innecesario, sinó porque los franceses en un alarde de sentido común increíble e inimaginable en cierta jefa de estación cuyas muelas deben estar pudriéndose ya consecuencia de muchos deseos de viajeros de ese día, habían decidido retrasar la salida del convoy 20 minutos. Tiempo sobrado para que llegasen todos los rezagados, que éramos como una docenita. Misión cumplida. De milagro y con derroche de toda la suerte que por lo que fuese estábamos acumulando Eli y yo. Pero lo pillamos. Cenita rápida y a dormir, que el día, en contra de lo previsto, había sido duro.

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