martes, 2 de junio de 2009

El pensamiento de Guillermo de Occam


Dentro del pensamiento de Occam hay unos principios fundamentales de la racionalidad. Uno de ellos es el principio de omnipotencia, y de él deriva el principio de no contradicción. Para Occam, la omnipotencia de Dios no significa arbitrariedad e irracionalidad, sino la capacidad de hacer todo aquello que no encierra contradicción. El mundo dejaba de entenderse como una reproducción de un orden eterno, pues Dios podría haber creado un mundo distinto y mejor. Gracias al principio de no contradicción el hombre puede, mediante una interpretación científica, entender el mundo.

Hay un tercer principio en Occam: El principio de economía. Este principio rige exclusivamente para el pensamiento humano. Desde el siglo XVII es conocido como la “Navaja de Ockham” (Novacula occami et nominalium), pero tiene sus raíces en la filosofía antigua formulándola Occam como: Frustra fit per plura quod potest fieri per paucera. Así se transforma en un método de ciencia pues para Occam la vía de la argumentación ha de ser racional: “No se debe aceptar nada sin su propia argumentación, a menos que sea evidente, conocido por la experiencia o garantizado por la autoridad de las Sagradas Escrituras”. Sólo cuando lo exigen la ratio, la experientia o la auctoritas pueden aumentarse las razones de una elucidación.

Este principio implica una crítica metafísica, pues las entidades metafísicas no necesarias deben eliminarse y se ha de combatir la personalización de conceptos. La versión que se conoce popularmente de este principio (entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem) no pertenece propiamente a Occam, pues su pensamiento es mucho más amplio.

En su teoría del conocimiento otorga una gran importancia a la experiencia, pero el problema de esto reside en cómo llegar desde lo fáctico casual a un conocimiento universal y necesario. El núcleo de sus reflexiones supone la cuestión de la evidencia: Llegar a conclusiones necesarias a partir de enunciados necesarios. Para él, creer significa admitir sin evidencia por el dictado de la voluntad. Por ello la evidencia de un juicio estriba en la evidencia inmediata o mediata de sus términos (los que conforman la proposicion). Comprender la proposición es el paso previo al juicio. Entonces, antes se debe preguntar por el significado de un término, de un signo lingüístico. Para ello hay 2 posibilidades:

1. Para proposiciones necesarias (proposiciones per se notae) basta con captar el significado de los términos para justificar la evidencia. Cuando se han comprendido los significados de “todo” y “parte” no necesita mayor argumentación una evidencia como “el todo es mayor que sus partes”.
2. En el caso de juicios contingentes no se puede llegar a la evidencia sólo con el conocimiento de los términos, ya que entonces la realidad no tiene por qué ser necesariamente como se afirma en la proposición.

Para Occam la realidad es únicamente de lo individual, encontrando como consecuencia una nueva teoría del conocimiento. El conocimiento parte de la aprehensión intuitiva del objeto concreto. En el conocimiento abstractivo, que se produce de forma inmediata, el término representa el objeto abstraído de su existencia. La palabra y el concepto no son reproducciones del objeto o aprehensiones de su esencia, sino signos que remiten al objeto concreto. Los términos constituyen el instrumental con el que el lenguaje y el pensamiento se relacionan con la realidad extramental. Y como toda proposición está compuesta por términos, y los silogismos consisten en nexos de proposiciones, el término posee una importancia fundamental para el entero sistema del lenguaje y el pensamiento.

La tarea de la lógica terminista es analizar el lenguaje, comprobar cómo deben usarse los signos lingüísticos para reproducir de forma adecuada y correcta los conceptos (entendidos como signa rei en el alma). La disposición de la lógica de Occam sigue la tripartición aristotélica concepto-juicio-conclusión.

Por término entiende una parte de la proposición. Pero concepto para Occam es algo en el alma (quiddam in anima) que tiene la función, en tanto que signo mental, de representar una cosa distinta de él y realmente existente. Lenguaje, escritura y concepto remiten a la misma cosa designada (aliquid idem) pero se distinguen del concepto por su inmediatez.

Habla de la significatio de un término cuando se pregunta por el significado de una palabra independientemente de un contexto. Distingue entre:

- Términos categoremáticos: Poseen un significado limitado y fijo, como “hombre”, que significa todos los hombres.
- Sincategoremáticos, que no poseen un significado limitado y fijo, como “todo”, “uno”, “ninguno” y semjantes. Tienen significado sólo en relación con un término categoremático. No es que carezcan de significado, sino que poseen una función lógica diferente.
- Nombres absolutos son aquellos nombres que no significan algo originalmente y algo distinto en segunda intención, sino que todo lo que se significa es en primera intención.
- Nombre connotativo es aquel que significa algo en primera intención y algo en segunda intención.

Esta distinción semántica se contempla en la tesis de que sólo es real lo individual concreto que puede existir de forma autónoma. Esta exigencia sólo la cumplen las sustancias y las cualidades, así que los nombres absolutos sólo designan sustancias o cualidades. De ello se sigue que de las 10 categorías de Aristóteles, sólo 2 (sustancia y cualidad) se pueden referir directamente a la realidad extramental como nomina absoluta. Las restantes categorías son nombres connotativos. Y la proposición depende siempre de un contexto:

- Suposición personal cuando el término representa su significado. El término representa un ente individual.
- Suposición simple cuando el término representa intención del alma pero no se lo utiliza de forma significativa. Ejemplo: Hombre es un concepto.
- Suposición material cuando el término representa el signo lingüístico pronunciado o escrito.

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