martes, 11 de agosto de 2009

La crisis averroista


La crisis se inicia en la facultad de artes de París en la que enseñan los maestros que siguen a Averroes. Siger de Brabante es el más conocido de ellos, una personalidad especial para la época aunando una búsqueda apasionada por la verdad y un buen sentido de lo racional. Sus obras son precisas, claras, siguen preceptos lógicos y permiten ver a un pensador de gran clase y de gran erudición. Su ambición no es exponer ideas personales sino comentar de manera auténtica a Aristóteles, rechazando las tesis neoplatónicas que habían maquillado al Filósofo para adaptarlo a los imperativos religiosos de la cristiandad, tal y como he explicado en el artículo anterior. Así, adopta el aristotelismo radical de Averroes, tanto en lo que se refiere al alma humana como sobre la eternidad del mundo, con obras que constituyen nuevos comentarios a Aristóteles: La Metafísica, la Física y el tratado De Anima. Siger como era esperable, recibe una condena de sus tesis.

La facultad de artes no se compromete con un aristotelismo tan radical, y los partidarios de Siger podemos cifrarlos en una tercera parte, tanto de los estudiantes como de los maestros. Los demás son aristotélicos más moderados que tratan de seguir los requerimientos de la fe cristiana en sus enseñanzas.


Pero esta controversia no podía quedar circunscrita sólo a la facultad de artes. Averroes plantea un problema en el alma humana y en la creación del mundo, aspectos ambos demasiado importantes y comprometidos con las teorías cristianas como para que los teólogos callen. De todas formas, tampoco en la facultad de teología había unanimidad de criterios, si bien, como es de esperar, la mayoría se decanta por las tesis tradicionales. Pocos adoptan posturas más abiertas en un conjunto de posiciones doctrinales, eso sí, con poca firmeza y extraídas de diversas fuentes filosóficas y teológicas. San Buenaventura, entre ellos, otorga una gran importancia a la moral y la piedad, pensando que hay bastantes variantes del aristotelismo como para satisfacer las exigencias de vías más místicas. Sus partidarios acogen puntos doctrinales de Avicena o pensadores judíos que se presentan como intérpretes neoplatónicos de Aristóteles. Ante la crisis, estos maestros se agrupan torno a los franciscanos e invocan el patronazgo de San Agustín para que sus posiciones adquieran una lógica más sólida. Por ejemplo, de San Agustín toman prestada la teoría de la iluminación interior para explicar el problema del conocimiento, un problema clave dentro de la doctrina aristotélica.


En París, el franciscano Jean Peckham es quien más destaca en esta resistencia y combate. contra Aristóteles. Aunque también contra Tomás de Aquino, que desde 1269 interviene vivamente en los debates. La originalidad de su postura es evidente, convirtiendo las teorías más profundas de Aristóteles, mediante la transposición, en las suyas propias. Realmente es perceptible que ha estudiado sus tesis y las ha asimilado en su totalidad, por lo que sabe reconocer lo coherente del aristotelismo radical mientras combate el averroísmo. También Tomás es objeto de sus ataques, reprochándole incluso ser discípulo de paganos y de olvidar los pensamientos de los Padres de la Iglesia. Para él, Tomás es demasiado naturalista.


Tomás, entretanto, tiene una actividad intelectual sorprendente con varias obras que comentan Aristóteles y que se hacen eco de las controversias del siglo. Comenta con un cuidado exquisito y literal, lo que es una seña distintiva de los averroistas, y se puede demostrar que su comentario sobre la metafísica se ha compuesto con el de Averroes al alcance de la vista. Trata con esfuerzo de separar Averroes de Aristóteles, para rechazarlo por mal intérprete y corruptor de su pensamiento. En el De Unitate Intellectus ataca las teorías del intelecto de Averroes y en el De aeternitate Mundi profundiza en el problema de la creación del mundo y su eternidad. Esto no impide que Peckham lo ataque en una sesión académica solemne sobre la teoría de la pluralidad de las formas. El ambiente resulta demasiado turbador y Aquino acaba por abandonar París.


En este conflicto cada facción trata de lograr una intervención decisiva. Hasta San Alberto Magno debe claudicar ante las preguntas inquisitivas.
Finalmente debe intervenir la autoridad religiosa. En 1277 Juan XXI pide informes sobre los errores que se enseñan en la universidad al obispo de París, Étienne Tempier. Este resulta ser un conservador combativo poco sutil, con dificultad para pensar en matices,. En poco tiempo (3 semanas) se escogen textos sospechosos y se compila un catálogo de errores sin demasiado orden ni cuidado por las distinciones. Un trabajo chapucero y precipitado mediante el cual promulga un edicto de condena a maestros de artes, “discípulos de los paganos que propalan los errores con apariencia de verdad filosófica, como si pudiera haber afirmaciones contradictorias verdaderas al mismo tiempo en filosofía y teología”. Siguen 219 proposiciones, condenando tesis como peligrosas para la fe cristiana, otras como incompatibles con la ortodoxia y otras de influencia sobre la fe más bien lejana. La condena golpea fuerte a los averroistas, e incluso Santo Tomás tiene tesis que se engloban en esa lista. Peckham es nombrado arzobispo de Canterbury, pero en Oxford la condena es más breve.

Estas sentencias son decisivas, y los averroistas deben abandonar la enseñanza. El bueno de Siger es absuelto de herejía pero deberá vivir desde entonces en la curia en una residencia forzosa. Los discípulos de Tomás deben retractarse si quieren obtener los grados, pero la sospecha que se imputa a las doctrinas condenadas deja lugar a orientaciones nuevas que aún acentuarán más la ruptura con el pensamiento tradicional.
La condena de 1277 es desordenada y exagerada, pero así queda clara la pasión en la oposición de las 2 escuelas intelectuales. Como fruto de las querellas cristalizarían los sistemas de pensamiento y aparecen escuelas, cada una representada por las órdenes mendicantes. Las polémicas son cada vez más sutiles.

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