martes, 11 de agosto de 2009

La universidad medieval


En la facultad de artes de París, era obligatorio seguir las clases durante 6 años antes de poder enseñar. Estas personas que asisten a clase eran al tiempo estudiantes y asistentes del maestro, y cuando acaban los 6 años se han de comprometer a enseñar durante 2 años. En estos 2 años el bachiller enseña bajo la tutoría del maestro regente, y al término logra la licencia o maestría. Son 8 años pues para lograr la maestría, 6 pasivos y 2 activos.

Para poder ser bachiller, el estudiante sufre un examen ante un jurado formado por los miembros de todas las naciones (llamadas así por Honorio III, el nombre más adecuado tal vez sería “corporaciones” aunque se disponían según nacionalidades: Ingleses y alemanes, franceses junto a italianos y españoles, normandos y picardos). El estudiante es juzgado por el conjunto de la facultad a la que pertenece y no sólo por el maestro de la escuela en que ha hecho sus estudios. Se evita así la manga ancha y el favoritismo, y asegura un nivel uniforme de los grados conferidos por la universidad. Si se le juzga apto, el bachiller debe al cabo de 1 año sostener una disputa sobre un tema de su elección, bajo la responsabilidad de un maestro regente de su escuela. La licencia comporta el juramento de respetar los estatutos y una lección inaugural del nuevo maestro ante sus pares y sus bachilleres.


Para la facultad de teología hay los mismos grados y enseñanzas. El estudiante comienza con 5 años de estudios pasivos (escucha las enseñanzas del maestro regente y sus bachilleres). Más tarde llega a ser bachiller bíblico o cursor, durante 2 años, y enseña cursorie, es decir, la letra y sentido del texto bíblico sin entrar en detalle con los problemas que sus intenciones pueden subrayar. En este tiempo de 2 años debe comentar (leer según la terminología medieval) un libro de la Biblia por año, alternando el Viejo Testamento con el Nuevo. El bachiller escoge el libro. Para las órdenes mendicantes el bachiller comenta rápidamente la Biblia en 2 años. Luego llega a ser bachiller sententiaire, pues su enseñanza es ahora el libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, debiendo comentar el libro capítulo a capítulo, en orden y sin omitir ninguna cuestión. Luego aún le quedan 3 años en los que debe asistir a la clase del maestro y de otros bachilleres, participar en actos solemnes, pronunciar sermones e intervenir en las disputas. En este período es el bachiller formado, y entonces obtiene la licencia. Para lograr el grado que es la maestría en teología se hace un examen muy complejo presidido por el canciller de la universidad, una disputa en la que están presentes todos los maestros en teología y el candidato lo aprueba si es aceptado por 1/3 de los votos. Al día siguiente se le impone el birrete y el juramento.


Haciendo la cuenta, el maestro no puede lograr el título en artes antes de los 22 años de edad, pero un teólogo capaz de enseñar requiere 12 años y una larga convivencia con el maestro.


En la facultad de artes, la mañana se reserva a los ejercicios y corrección de los trabajos. Es la hora de los bachilleres, enseñando el maestro sólo por la tarde. En teología, el maestro enseña antes de la hora tercia (las 09:00 más o menos…), el bachiller bíblico cuando quiere y la tarde es para las disputas. No hay vacaciones, sino solo un período de menor actividad del 29 de junio al 14 de septiembre, cuando los maestros no dan clases pero continuando los bachilleres con lo suyo. Domingos, fiestas religiosas y procesiones universitarias no son lectivos.

La lectio es el acto esencial de la enseñanza. Es un comentario seguido capítulo a capítulo para no omitir nada. Las más importantes son las lecciones inaugurales y los capítulos introductorios, por raro que suene, ya que así logran encontrar y explicar el orden de la obra a comentar y las intenciones del autor. No se atiende a escrúpulos filosóficos ni históricos, pues no les interesa tanto saber qué dice tal autor sino si lo que dice es o no verdadero. Así, la lectio desliza “inocentemente” el pensamiento propio dentro de los textos que se comentan. Algo que en nuestros días más bien horroriza.

El comentario desemboca en una quaestio, o sea, un debate sobre una afirmación del texto. Es también la transcripción escrita de de un ejercicio oral solemne de la vida escolar: La disputa. Se lleva a cabo en un lugar donde están todos los estudiantes, los bachilleres, los regentes y todos a quienes puede atraer el tema o el nombre de los protagonistas. El maestro que la desarrolla ha elegido el tema previamente y puede intervenir cuando guste si el bachiller al que dirige se encuentra en apuros, pues todas las opiniones de este se hacen bajo la responsabilidad del maestro. El bachiller presenta la tesis en la exposición inaugural, recoge las objeciones de los maestros, bachilleres y estudiantes, por este orden, y comienza la argumentación, donde debe refutar las objeciones de sus adversarios.

El arte de la disputa es una dialéctica en donde los maestros saben usar el arma más sabia de la lógica aristotélica: La distinción. Esta permite que aparezcan varias cuestiones diferentes en una sola cuestión compleja, un trabajo de fragmentación lógica de un problema en sus elementos simples. Así, reducida a sus fundamentos, una objeción puede ser refutada por fragmentos. Es un combate intelectual donde triunfa aquel cuyo discernimiento sea más agudo.


Una vez acabada la disputa con la respuesta a la última objeción, el maestro está obligado a retomar esta materia en su escuela para sus alumnos, y extraer de ella una exposición coherente. Esto es la determinatio, el primer día laborable tras la disputa. Lo que transmiten los manuscritos son estas composiciones magistrales.
La disputa no es una obligación con fecha fija, pero los bachilleres deben participar en alguna para lograr la maestría. Cada maestro procede según sus gustos.

El quodlibet, o cuestión quodlibética, es una disputa en la que el auditorio escoge en el momento las cuestiones que quiere que trate el maestro. Pronto esto se convierte en una obligación para acceder a la licencia, siguiendo el modelo de las disputas.
Tanto en la lectio como en la disputatio la técnica didáctica está basada en la retórica. El rigor es lo único que importa y no tanto la floritura literaria o la literatura adornada. El ideal es la scientia, una afirmación obtenida a través de un razonamiento demostrativo, y el único que conocían era el silogismo aristotélico. En el XIII ya conocían las Analíticas Segundas y podían aplicarlo para lograr una conclusión particular irrefutable a partir de una afirmación general: Todos los hombres son mortales. Sócrates es hombre. Luego Sócrates es mortal. Las proposiciones mayor y menor son verdaderas, luego la conclusión es evidente. Es dificil encontrar a un intelectual medieval poco avezado en este arte, y por eso se le ha dado el nombre de escolástico, pues está ligado al ejercicio de la razón en las escuelas y universidades medievales.

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