miércoles, 1 de octubre de 2008

Sagas sicilianas. Día quinto




27/08/2008. Miércoles

Desperté pronto este día. No sé el motivo, pero era relativamente temprano y ya no podía estar más acostado. Pronto los demás hicieron lo mismo y nos dirigimos a visitar las ruinas.

Los restos de Selinunte, antaño una ciudad grande y adinerada, son magníficos. Su estado de conservación es menor que el de Agrigento, pero son mucho más extensas y menos conocidas, de tal forma que había espacio sobrado para visitar las ruinas casi piedra a piedra sin entrometerse en las rutas de los demás ni topar con demasiados turistas. Se estaba muy tranquilo, y teníamos espacio suficiente como para no rozar demasiado entre nosotros tampoco. Y algo más a mí me encantó: Muchas higueras con deliciosos higos muy maduros esperando ser comidos, y claro, no pude soportar ver tanta fruta huérfana. Los adopté y di buena cuenta de un kilo o 2 mientras caminaba. Nadie más quiso acompañarme en la degustación de productos locales recién adquiridos a tan módico precio, pero a esto no puse pegas. Más para mí. Y también ansiaba estar un poco solo dado el ambiente enrarecido, totalmente dispuesto a no dejarme aplatanar por estados afectivos poco acordes a la majestuosidad del lugar. Este es excelente. Hermoso. Mucho mejor que el de Agrigento.





Decidimos comer entre las ruinas, aunque acosados por una pobre avispa que interpretaba que nuestra presencia allí se debía a una casualidad maravillosa para aprovisionarse de mortadela o jamón. Y claro, Torracoglioni no parecía estar muy de acuerdo. Por alguna extraña razón mantuvieron un diálogo consistente en intentos de avispicidio por su parte, y tentativas frustradas de lambronear jamón por parte de la otra. Así estuvieron largo rato hasta que la pobre avispa se confundió de bocadillo y trató de robar del mío. Ah, no! Yo por ahí no paso, y le dí un buen coscorrón para que se largase. Temo que me pasé un poco de fuerza, que no le pretendía ningún daño pero le dí lo bastante bien como para derribarla. Torracoglioni apreció la oportunidad y descargó sus 80 kg sobre la pobrecilla, dejándola como un sello de correos. Pobre. En fin, la comida concluyó sin más incidencias salvo un leve dolor de maseteros del pobre Barnabas (su bocadillo resultó algo más seco que los del resto) y quedaron todos medio adormilados a la sombra. Yo aproveché para deambular un rato a solas. Incluso trepé por algunas de las ruinas, y sentado de espaldas al sol disfruté del momento más calmado del día mirando al valle desde la acrópolis de Selinute, con los templos al fondo y el mar enmarcando el paisaje. Quizá era el único visitante en las ruinas en ese instante. Disfruté de esos breves momentos a solas dibujando con calma el paisaje que se extendía ante mi, con mil matices de azul entre el cielo y el mar embellecidos por ruinas hasta donde era capaz de contemplar.




Pasamos el resto del día en la playa, al pie de la acrópolis. Con un ánimo más tranquilo pese a que era plenamente consciente de la precariedad de esa paz. Y así fue. Como el truco del fondo de la cesta ya era plenamente conocido, Torracoglioni no se dejó engañar esta vez. Escasamente logramos pactar un paquete de spaghetti y salsa de pez espada para poder cenar. No logramos evitar quejas en torno a la calidad de una pasta que de todas formas no quiso comer, ni una perorata interminable sobre las excelencias del embutido para cenar y desayunar. Por suerte logré cambiar la conversación hacia anécdotas de baloncesto que aburrieron a nuestras respectivas novias pero que lograron evitar males mayores. Esperaba sólo concluir rápido el viaje antes de nuevas explosiones de ira.

No pude esa noche dejar de rememorar esos magníficos momentos de soledad que pasé entre las ruinas. Hoy, con otra perspectiva, con más experiencia si cabe, se me antoja aquella vana realidad un ente fantasmal, efímero, que recuerda más a los libros de cuentos: Echo la vista atrás y cual criatura de sueño se aparecen tanto el viaje como el entorno en el que estuve inmerso, y los amigos con los que fui. De la misma sustancia de la que están hechos los sueños parecen las sombras que me protegían del sol y los colores que enmarcaban el paisaje, cual criatura que huye de un averno que tal vez sólo yo podía ver. Incluso los colores que se pueden rememorar en ese vergel son brillantes sólo a mis ojos confundidos, cuando en realidad se manifiestan a través del brillo de piedras antiguas, para mí embellecidas por el paso del tiempo, encostradas de hierbas, polvo e insectos, pesadilla insomne en la vigilia de un viaje que se acompaña por un momento de un silencio casi musical. Pero tan estruendoso como el estrépito de mi corazón al galope. ¿Y no podría ser sino un sueño, un sueño que estaba padeciendo en esa preciosa imagen de celestes artificios que se dibujan en el horizonte? Ciertamente, ha pasado ya un tiempo, y no soy ya capaz de responder con claridad. Porque se aparecen con frecuencia desde el pasado escenas paradójicas, terribles, o dichosas tal vez, como si mostrasen a un nuevo ser, ruidoso, inmóvil, pero vivo... El ser del viaje que vivimos y que ahora rememoro con dulce melancolía, aunque no lo volvería a hacer. Y creo entonces más a mi capacidad de explicar esta otra pequeña trama que he vivido, que se aparece y que se esfuma como un sueño ocioso ante su sola evocación. Fue en un leve fluir, donde se va mostrando el mundo, el microcosmos del cambio de la vida, de la que todos formamos parte en algún momento. Como en un dulce sueño que no quiero perder, el sueño de unos breves momentos de paz entre las ruinas de una ciudad helena y que aún retengo mientras acaricio mi colgante. Este pretendía que fuera el propósito de mi viaje.

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