sábado, 3 de octubre de 2009

Viaje al Danubio: Tercera etapa

La levemente decepcionante Linz ya tenía poco que enseñarnos, así que tras un estupendo desayuno nos decidimos a abandonarla. Barnabas insistía en que había tenido una prima colazione mucho mejor en Catania que la del hotel en donde estábamos, pero la verdad, creo que estaba imbuido de un espíritu clásico que aboga por un tiempo pasado que siempre fue mejor. Era estupendo y abundante. Pronto hicimos Eli y yo nuestra habitual parada a las puertas del hotel en espera de las últimas comprobaciones de Barnabas, mochila abierta, mochila cerrada, varias veces, y reemprendemos el trayecto. Atravesamos el puente y, diciendo adiós a la ciudad, nos encaminamos hacia el río, pausado y majestuoso en esta parte de su recorrido, por el margen izquierdo. Pedalear a su lado saliendo de la ciudad constituyó todo un placer, atravesando un parque ajardinado francamente precioso donde muchos ciudadanos parecían querer pasar un rato agradable antes de iniciar sus habituales ocupaciones. El paisaje al otro lado del río, por el margen derecho, era menos agradable pues atraviesa durante varios Km la parte industrial Linz. El prosaico materialismo debe coexistir necesariamente con la salvaje belleza del camino que recorríamos entonces.

La primera parte del trayecto consistía en recorrer lo más rápidamente posible unos 25 Km para legar a Mauthausen. Pocos habrá que no reconozcan el horror en el nombre de este pequeño pueblo anclado en uno de los más bellos paisajes de Austria, que sería desconocido para el mundo de no ser por la barbarie que acompaña a su sonoridad. Es inexcusable atravesar estas tierras sin pararse a visitar el lager Mauthausen, uno de los más conocidos campos de concentración de la II Guerra Mundial, testigo del horror más abyecto que pueda pensarse que sea capaz el género humano. Nos costó llegar hasta allí. Para comenzar porque, a diferencia de lo que nos habíamos encontrado hasta el momento, el encargado de la señalización de esta zona debía ser siciliano (entendámonos, no había indicación ninguna y nos perdimos). Tuve que entenderme con un fontanero austríaco que, en el idioma universal de los signos, tuvo a bien indicarnos por dónde era. Pero no bien habíamos encontrado ya el camino, nos cercioramos que nuestra guía no exagera cuando dice que ascender hasta el lager, en lo alto de una colina, no era tarea nada fácil: Rampas de ascenso de hasta 14%.


Eli y yo, que no tenemos apenas orgullo ni sensación de ridículo para estas cosas, optamos por bajar de la bici y proceder a empujarla cuesta arriba, como vemos que hacen los nativos de la zona que nos anteceden. Barnabas, que tiene en más alta medida su capacidad ciclista, decide tirar de “molinillo” y hala, “p’arriba”. Loable, aunque si a alguien le interesa un buen consejo, con las mochilas y la solana es mejor empujar la bici. Tras un interminable ascenso llegamos por fin al lager. La visita es impresionante. Testigos mudos del horror, los muros aún conservan la estructura fundamental que tuvieron entonces y nada falta en la visita que impida comprender qué fue lo que allí aconteció. Los visitantes deambulaban como nosotros apenas susurrando entre ellos en un silencio casi sepulcral. Fotografías espeluznantes, relatos para la inmortalidad de las salvajadas allí practicadas, banderas, recordatorios, mensajes en papel en casi cada rincón de familiares y supervivientes que, supongo armados de valor y venciendo la repugnancia, regresaron al lugar para quizá recordar, seguro a lamentar y llorar el recuerdo de sus pasos eternos por el campo. Las cámaras de gas, el crematorio, lugares de ejecución, los barracones, hasta las letrinas emanaban un lamentable y espeluznante aura de crimen y terror. Casi todas las explicaciones estaban sólo en alemán, pero apenas había necesidad de ellas. Al menos, nosotros no las necesitamos.

Y faltaba la famosa cantera. Hacía unos años, en un reportaje que llegaba al alma, uno de los supervivientes españoles, endurecido por la experiencia y los años, se dejó filmar con abundantes lágrimas en unos ojos de increíble ternura, cogiendo una pequeña piedra de la cantera y depositándola en el monumento de los prisioneros españoles, dentro del mismo lager. Inolvidable escena, e inolvidables palabras: “Es la última piedra que subo de la cantera de Mauthausen”. Buscamos entonces la escalera de la Muerte. Nunca un nombre estuvo tan bien buscado… Escalones irregulares de piedra casi resbaladiza. Barnabas y yo la bajamos con precaución y mucho tiento y aún así resultó complicado. No quisimos imaginar cómo sería eso con cientos de prisioneros trastabillando a nuestro alrededor, en invierno, con nieve y hielo, y multitud de guardianes llenos de sadismo poniendo el pie en el momento más inoportuno:


Daba pavor sólo de pensarlo. Llegados abajo, recogimos 3 piedrecillas que subimos luego y depositamos en el citado monumento, reprimiendo seguro alguna lágrima en este tierno homenaje a aquella pobre gente. Y nos fuimos de allí. Hartos ya de tanto horror aunque es una visita que nunca jamás debería dejar de hacerse.
Cuando marchamos estaba ya cercano el mediodía solar, pero teníamos que partir para llegar este mismo día a Grein, a 50 km de distancia. Las rampas tan fatigosas al subir devienen en maravillosos caminos de descenso pero precaución, que es fácil correr más de la cuenta en una bajada tan larga y empinada. A partir de ahí fuimos tan rápido como pudimos hasta que el calor resultó excesivo y buscamos un lugar donde comer. Cerca de Au an der Donau encontramos un maravilloso espacio arbolado al lado mismo del río donde comer y hacer una siesta reparadora. Ya por la tarde pedaleamos con un par de paradas de descanso rápido, atravesando uno de los paisajes más maravillosos que habíamos visto hasta el momento. Cabe decir que pasando el pueblecito de Mitterkirchen im Machland el camino se desvía hacia el interior y el contraste del paisaje resulta contundente: Se atraviesa por medio de bosques espesos, campos de maíz, manzanos, cañaverales salvajes… Nuestro cansancio nos impedía disfrutar del lugar como merecía, pero si alguien desea viajar más despacio o con menos imperiosidad puede parar aquí tranquilamente a merendar. El sitio vale la pena. Muertos de cansancio llegamos por fin a Grein. Desde la lejanía se nos aparecía como un pueblo hermoso, más aún por lo deseable de su advenimiento y en verdad que no ha de desengañar su aspecto a su tangible realidad. Una vez acomodados, es un decir, en el camping del lugar, procedimos a buscarnos la cena. Aviso para viajeros: Toda la simpatía y capacidad políglota del encargado del camping desaparecen como por arte de encantamiento una vez se ha pagado preceptivamente en la entrada. A partir de entonces el encargado se muestra brusco, hasta hostil, en un esfuerzo mínimo por disimular el fastidio que le producía nuestra presencia. En fin, dada la “simpatía” del tiparraco este, optamos por ir a un restaurante a cenar. El pueblo es una colección de calles bonitas y tranquilas. En algunas esquinas se oía música tradicional y en conjunto el lugar resultaba muy agradable. Eso sí, por precios asequibles se come muy bien. Recomiendo el Goulash. No decepcionará a nadie.

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