miércoles, 13 de octubre de 2010

Der Deutsche Donauradweg: Etapa 5


24/08/2010

Esta etapa para mí va a ser tan corta de transcribir como larga espero sea la parrafada de Barnabas que la complete. Se debe a que por la mañana seguía lloviendo, aunque por suerte no demasiado, y yo ya había pasado la dosis de frío que me corresponde para los próximos 20 años, así que decidí que yo continuaba esta etapa pero en tren. Y Barnabas que seiba a pedales. Eli, que no es tonta, optó por mi método, así que ni ella ni yo podemos dar cuenta del camino ni de nada en especial que no sea que ir de Gunzburg a Donauworth en tren es muy sencillo.

Primero pasamos por el mercado local para comprar cosas que comer y provisiones para los próximos días, y luego nos fuimos a la estación. Allí resultó bastante complicado encontrar la taquilla para comprar los billetes, pues prometo que desde fuera parecía una tienda normal y corriente, así que para cuando nos quisimos dar cuenta faltaban 4 minutos para que pasase el tren. El de la taquilla, en un correctísimo inglés nos dijo que había tiempo de sobras incluso con las bicis. Yo no estaba muy seguro, pero pagamos y a la carrera lo cogimos pero justito-justito. Fue subir las escaleras (con la bici bien cargada, cosa que ya imaginais qué supone...) y el tren llegar al andén. Bueno, reconozco que si un alemán te dice que llegas, es porque llegas, pero desde luego como les gusta apurar.

Barnabas se fue con el plano y nosotros en 20 minutos llegamos a Donauworth. Sombras de dudas llenaron nuestras mentes acerca de la capacidad de barnabas de seguir un plano, pero las desechamos. siendo honestos, no eran sombras de dudas. Eran dudas del tamaño del planeta Júpiter. Bueno, más bien certezas absolutas en su probada incapacidad. Y eso de que las desechamos... je, hasta que no le vimos ya en destino varias horas después muy tranquilos no andábamos. Pero en fin, nosotros a lo nuestro. Desde la estación an centro del pueblo es un paseillo breve que fue como pasar del siglo XXI al XIX pero de golpe: Desde una calle abarrotada de coches se entra sin solución de continuidad a un pueblo que parece hecho de juguete, con casitas de cuento de hadas y un ritmo sencillo y lento que invitaba a la calma nada más pasar por las puertas de la ciudad vieja. Envuelta además por 2 ríos, era como de película. La gente del lugar resultó encantadora. Nos cedían el paso con las bicis, al vernos cargados, y cuando preguntamos por información turística casi que les faltó acompañarnos al lugar. Porque estaba a escasos 20 metros, que si no creo que nos llevaban de la mano. En información muy agradables además. Nos localizaron, y gratis, un hotel cercano y barato y nos llenaron de información acerca de la Vía Claudia-Augusta que casualmente comienza allí y va a parar a Venezia. Posible ruta para otro año? ya se verá...

El hotel nos dejó además deslumbrados. Era más grande que nuestro piso y con todas las comodidades. Gran parte de la mañana la pasamos sesteando, y hacia la tarde visitamos el pueblo. Era realmente bonito, y mucho más en ese estado del alma que deja el reposo y la tranquilidad. Todo parecía ir despacio y pronto nuestro paso se amoldó a los usos indígenas de lentitud. Un gelato al lado del río y un par de paseos nos acabó de sanar de las penas y vicisitudes del viaje. Hasta que llegó Barnabas. Por suerte no se había perdido. O supo encontrarse, que con él todo es posible. Unos paseos nocturnos y una cena a base de pizza gigante fue el final de la etapa. Bueno, a Eli le sentó un poco mal la rúcula, pero en forma risible. Desde entonces trato de que coma un poco de rúcula de cuando en cuando pero no lo logro. Con lo divertido que fue....




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