viernes, 15 de octubre de 2010

Der Deutsche Donauradweg: Etapa 7

26/08/2010

Partimos de Neustadt tras una excelente noche de sueño y descanso. Las camas tenían colchones de lana, y eso es para mí de una comodidad sin posibilidad de igualarse por cualquier tejido sintético. Incluso los edredones raros esos que nos dan en cada hotel devienen en cómodos. Eso sí, calentitos lo son un rato. Como nos habíamos sentido muy bien acogidos en el hotel, al acabar otro de esos gigantescos desayunos que tan mal le sientan a mi oronda figura, ayudamos a los abuelos que nos servían a recoger la mesa. La verdad es que no nos costaba nada, y por echar una mano a unos ancianos nunca se nos han caído los anillos. Este gesto, de pura cortesía, parece que les sentó fenomenal, y al ir a recoger nuestras bicis uno de los abuelos se dirigió a nosotros, por señas, por supuesto, para regalarnos un mapa de las rutas ciclistas de Baviera. La amabilidad a veces tiene su recompensa.

Hoy el tiempo nos deparaba unas pocas nubecillas, y un solazo de justicia. Tórrido es poco, que a medida que transcurría el día íbamos parando para quitarnos la ropa de abrigo, y yo además para cubrirme con gorra y braga todo lo que pude, no fuera a insolarme. Esto me daba un aspecto algo particular, como de asaltabancos del oeste, y provocó que cada ciclista o nativo con el que nos cruzásemos me dedicase unas nada disimuladas miradas. Pero honestamente, me la trae al fresco, que ya se sabe: "Ándeme yo caliente... (en este caso a cubierto del sol), y..."




El camino transcurre a medias entre campos de cultivo y la orilla del Danubio, pero es algo irregular. Al menos no nos depara las enormes cuestas que pasamos los días anteriores. De cuando en cuando había campos de cañas para plantas enredaderas, que no supimos identificar, que al menos daban algo de frescor y sombra, pero para cuando llevábamos unas horitas pedaleando la verdad es que estábamos tostados en su punto, excepto Barnabas, que parece que tiene la piel ignífuga (o poco torrefactable). Pues eso, como andaba bien de fuerzas decidió fliparse otra vez. Y otra vez se volvió a perder. Al final le compraremos un cencerro, a ver si así le localizamos sin problemas cada vez que le de por picarse con otro ciclista.

Pronto llegamos a las inmediaciones de la abadía de Weltemburg (Kloster Weltemburg). Es una abadía antigua, aunque como todas las de aquí han sufrido los estragos del estilo Habsbúrguico y ha sido remodelada en la época dorada del barroco. No es tan malo después de todo, pues son construcciones sencillas, un poco al estilo de Melk. Yo es que soy un amante del románico y no puedo evitar lamentar la pérdida de la construcción original, pero es lo que hay. Además la gente del lugar le tiene especial devoción a esta abadía en concreto, y la visita es de la que merece la pena un rato si a uno le gustan estas cosas. La idea era una visita y coger el barvo que lleva a Kelheim, unos km más allá, pues aparte de contentar a Eli con un "crucero" por el Danubio, nos ahorramos unos km de especial dureza por las cuestas. La abadía se encuentra en un cerro, como es lógico para las épocas en que se construyó, y se tiene que pasar por narices ese cerro para continuar el camino. La unanimidad democrática concluyó por aceptar el barquito.


Antes de llegar una pareja de ciclistas estuvo a punto de tirarnos al río. Para ser exactos del todo, a punto estuvieron de echarme al río, pues se cruzaron en mi trayecto pedaleando a toda pastilla para adelantarnos, sólo que yo iba primero y no les ví hasta que se me cruzaron por delante. Los frenos de mi bici impidieron la barbarie, pero quedé un poco "disgustado" con ellos. La razón de tal tropelía era que vieron un embarcadero antes de llegar a la abadía y pensaron que desde allí salía el barco. Y que había que hacer cola. Por eso las prisas y una considerable falta de educación. Lo que no sabían los muy chorras es que ese embarcadeero es el de los monjes de la abadía, y que el barco salía desde detrás de la curva según se llegaba, así que corrían para nada y me molestaban inútilmente (nosotros es que llevamos una buena guía y ya sabíamos eso). Vista la impresentabilidad de ambos cretinos, pasamos de largo por el embarcadeero y allí los dejamos, para que aprendan modales en la espera inutil de un barco que ni siquiera iban a ver desde allí. Nosotros pronto encontramos las taquillas para pagar el pasaje. Ni caro ni barato, 20euros para 3 pasajes con 3 bicis. Acabada la compra, vemos a la parejita susodicha con una bandera americana (EEUU) en sus alforjas (en la que no me había fijado cuando casi me tiran al Danubio) que llegan a la puerta de la abadía y se paran a preguntarme en ese inglés pronunciado con voz de pito que suelen usar: "¿Dónde está la abadía?"

Es verdad que andaba algo disgustadillo por el frenazo que me habían hecho dar los fitipaldis esos, pero el alma de payaso no pudo resistirse, así que giré la cabeza mirando la inmensa mole del edificio abacial, la iglesia y el recinto, les vuelvo a mirar a ellos y les digo sólo unas estoicas palabras miestras señalo con el pulgar hacia atrás: " Es esto". La expresión facial además expresaba un "pero tú eres imbécil o qué?", pero me quedé satisfecho con tal ruin venganza y les dejé ahí plantados. Eli creo se entretuvo en explicarles cuatro cosillas sobre el barco y los pasajes, pero yo ya había cubierto mi cuota anual de perder el tiempo hablando con idiotas y aparqué la bici para visitar la abadía.


No estaba mal del todo, pero desde Melk que estas construcciones barrocas me dejan de impresionar, así que nos pusimos en la cola para coger el barco. Tiene la abadía mejores vistas que edificios. Creo que de alguna forma ofendí a la diosa Fortuna, no sé en qué, pero ese día me castigó nuevamente con la pareya yanky y me los puso justo detrás en la cola. Pero qué habría hecho yo para merecer esto, con lo devoto que soy de la diosa? Suerte que se apiadó pronto de mí y me envió un ángel salvador en forma de pareja alemana de ciclistas, que se pusieron justo detrás de los gringos. A partir de ahí les tocó a los ángeles salvadores hacerse cargo de los cretinos yankis, aguantando una demostración de fanfarronería sin precedentes en la cual para presumir de músculos, el gringo se dedicó a tocar la pierna del alemán, y las mochilas de Barnabas, que le dedicó tal mirada al gringo que se abstuvo de tocar más los cojones de un hispano. Pero vaya par de tocapeloten.

Una vez en el barco, les perdimos de vista. Disfrutamos del trayecto, que no es muy largo pero permite degustar de un crucerillo barato por el río hasta llegar a Kelheim.


La ciudad, a excepción del edificio que la domina desde lo alto, no parecía tener much
o interés, así que seguimos camino.


Para mi placer, seguía justo al lado del río. Para mi disgusto, la parejita tocapeloten, añadida a los pobres alemanes, decidió de acuerdo único de su jeta acompañarnos en ese trozo del camino. No era por el calor, pero mi cabeza estaba echando humo. Me consolé pensando que podía devolverles la "gentileza" del frenazo en algún momento, pero la verdad es queme estaba poniendo de mal humor. Barnabas se dedicó a bajarle los humos un rato al tiparraco ese, pues quiso presumir de potencia ciclista y Barnabas, que anda en buena forma, le dejó atrás para pública y general rechifla. Eli se dedicó a consolar a la pareja alemana, que parecían simpáticos, pero en un momento dado quisieron parar en un recodo del camino a darse un baño. Ocasión la pintan calva, a pedalear a saco y les dejamos unos km atrás, que yo con esos no sigo. Y nos fuimos de allí a la francesa. Antes de irnos vemos como los recataditos tocapeloten se metían poco a poco en el río, mietras que el alemán se quitaba toda la ropa y se echaba de golpe al agua enmedio de los escandalizados yankis.

Paramos a comer en la primera sombra que encontramos, en una especia de picnic que había antes de llegar a Bad Abbach. Y cuando el sol cayó un poco, hacia Regensburg. Este tramo se nos hizo de los más duros de todo el viaje. No porque hubiese muchas subidas o irregularidades, sino porque parecía que nunca llegábamos. Para entrar a Regensburg hay que dar una curva enorme siguiendo el río, a través de un parque con pistas de tierra que hacen el pedaleo algo pesado. Además, con viento en contra. Pero lo peor es que ya desde antes de la curva se ve la ciudad, pero las afueras, y uno va pedaleando a través de km y km sin llegar nunca a la ciudad vieja.


Por suerte acabamos la tortura y en información turística nos reservan un hotel la mar de mono sin cobrarnos nada. Dimos una rápida visitilla a la zona y a comer nos fuimos a un típico local bávaro, el HOFBRAU. Cena a base de salchicas, Chou-krut y cerveza, cómo no, pero nos permitimos la turistada.

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