jueves, 27 de octubre de 2011

Ciencia incomprendida

En la historia de la ciencia, sobretodo en cuanto a la que se refiere a la historia natural y la búsqueda del origen del hombre, se han sucedido una serie de desencuentros que la han dificultado en la mayor parte de las ocasiones. Sobretodo si contradecían dogmas previos de tipo religioso. Una de los desencuentros más conocidos surgió cuando Darwin publicó su famoso libro "El origen de las especies". Era lógico que eso pasase: El tema tenía que ver con la moda cultural del momento y la gente se asustó al leerlo. Y los naturalistas, filósofos, eclesiásticos y seglares se volcaron en la obra, con entusiasmo o desilusión y, por supuesto, tomando parte. Y eso que no es un libro facil de leer, ni Darwin buscaba en lo más mínimo polemizar. De hecho sólo había puesto una frase que podía dar polémica: Se aclarará también el origen y la historia del hombre. Lamarck, Ocken, Kant y Schopenhauer, incluso Linneo y Buffon, habían sido mucho más explícitos. Pero en medio de la vorágine, Darwin callaba, evitaba acudir a las polémicas. Así que parte de la batalla la terminó dando un combativo amigo llamado Huxley. Se convirtió en el portavoz de la contienda por el abandono del personaje principal.

Thomas Henry Huxley


Su adversario principal fue el director de la sección de Historia Natural del Museo Británico, Richard Owen. Malas lenguas dan un rumor acerca de que la combatividad de Owen se debe a que él había esbozado una teoría propia y se ofendió por el éxito de Darwin, pero quien sabe...El caso es que se erigió en el general de la batalla. Uno de sus principales argumentos estaba en el cerebro, pues afirmaba que era imposible que de un cerebro de simio  pudiera surgir un cerebro humano. Huxley probó las semejanzas anatómicas entre simios y hombres, pero el horror para aquella sociedad decimonónica llegó cuando afirmó que el cerebro de un mono es un esbozo del de un humano. Y clasificó sin más al Homo Sapiens dentro de la familia de los antropoides. Escándalo mayúsculo, por supuesto, pero por mucho que se ha pretendido, de ahí ya no ha salido, al lado del chimpancé, el gorila y el orangután.
La anécdota viene en seguida. Al hacer esta afirmación, pronto la Iglesia y la buena sociedad, ofendidas, lanzaron un ataque general. La teoría de Darwin, que él nunca había considerado un dogma sino una base de estudio, se convirtió en un problema confesional. Con la Iglesia hemos topado... Fue en el Museo de la Universidad de Oxford ante un auditorio compuesto de los sabios más renombrados de Inglaterra. Allí estaba el obispo anglicano de Oxford, Wilberforce, especialista en matemáticas y ciencias naturales. Tenía derecho a estar allí y participar. Y lo hizo. Cuando Huxley comenzó a desarrollar sus ideas, Wilberforce le interrumpió. Todo lo que estaba diciendo de la variabilidad y selección, manos y pies, constitución cerebral de los monos, le parecía poco importante. Según su opinión se trataba en realidad de otra cosa: "Corriendo el peligro de que me despedace usted, querido profesor Huxley, me gustaría preguntarle si de verdad cree que sea usted descendiente de monos. Y, en caso afirmativo, me interesaría saber también cómo han entrado los monos en su familia, ¿por parte de su abuelo o de su abuela?".

Con esta impertinencia, conocidísima entre el vulgo aunque de una forma algo deformada, Wilberforce se desacreditó a sí mismo. A los científicos ingleses no se les podía tratar a latigazos ni siquiera de los de tipo sarcástico. Así que en medio de la risa, contenida, claro, de la asamblea, llegó la réplica: "Tengo la firme opinión, que defiendo aquí públicamente, que el hombre no tiene que avergonzarse de sus antepasados. Para mí, Ilustrísima, no habría más que un antepasado del que tendría que avergonzarme: De un hombre que, como aficionado, hablase de asuntos científicos de lso que no entiende".

En Oxford no se andaban por las ramas, precisamente. La guerra, sin muertos, se ve que era fiera. Los partidarios de Wilberforce, demasiado fanatizados, no entraron a discutir los puntos débiles de la teoría sino que trataban de sacar al hombre de todo lo que se explicaba, así que no podían ganar nunca un debate científico. Al final acusaron a estas ideas de herejes, pero en el siglo XIX, en Inglaterra, eso era ridículo. La guerra, empero, prosiguió: Huxley acababa de perder un hijo, al que adoraba. Un reverendo, Charles Kingsley, trató de atacarle por ahí con muy poco tacto y hacerle reflexionar: La perdida de un ser querido sólo se puede soportar cuando en vez de rebajar al hombre a un producto de la evolución animal, se cree en su alma inmortal y se espera volver a verla en el otro mundo.

Poco delicado. Y la respuesta de Huxley le llegó de forma interesante: Yo no niego la inmortalidad del alma, ni tampoco la defiendo. No encuentro ningún motivo por el que tenga que creer en ella. Pero, por otro lado, tampoco sé cómo discutirla. Mi misión consiste en enseñar a mis deseos que se adapten a los hechos, pero no adaptar los hechos a mis deseos. Doblégate ante los hechos, como un niño, estate siempre dispuesto a renunciar a cualquier opinión previamente concebida, obedece a la naturaleza te lleve a donde te lleve, aunqeu sean abismos; Si no, no aprenderás. Y no he encontrado la paz de espíritu que apetezco hasta que no he empezado a hacer esto. Sé muy bien que de 100 personas, 99 me llamarán ateo. Según nuestras leyes no se daría ninguna validez a mi testimonio contra el más miserable de los ladrones que me robase la chaqueta. Pero yo sólo puedo decir: ¡Qué dios me ayude! yo no puedo hacer otra cosa.

La victoria moral recayó en Huxley y Darwin. Vivían en un pais que creó el espíritu deportivo, así que incluso religiosos moderados fueron tomando partido por ellos. Al fin y al cabo, si alguien era creyente, no le contradecía demasiado el mito de la Creación y más valia tolerarla que no que los materialistas la empleasen a su gusto.Y la victoria de Darwin fue total cuando una predicción que había hecho en torno a la supuesta existencia de una mariposa en Madagascar apareció finalmente. Habñía concluido esto a través de una orquídea, y pensó en la necesidad de un insecto que tuviese un trompa adaptada a esa flor concreta. Y acertó. En realidad no suponía ninguna prueba para su teoría, pero la plebe, ah, se dejó llevar por una noticia impactante. Es lo que hay.

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