jueves, 6 de octubre de 2011

Loira en bicicleta: Etapa 6

01/09/2011

El día amaneció menos nublado. Y tal vez eso nos permitiera dar unas pedaladas sin mojarnos demasiado. El equipo que llevamos nos permite ir bastante secos aunque llueva, pero a nadie engañamos al decir que preferimos un día soleado. Procedimos a un desayuno de boulangerie y en marcha. Si entrar en Angers fue complicado, salir no podía ser menos, pero no nos importó demasiado ya que perdernos un ratito por las afueras al oeste de la ciudad es algo muy diferentes al malogrado paseo del día anterior. para comenzar, porque no llovía. Pero sobretodo porque el camino discurre por un parque natural muy hermoso que discurre por varios km, dando al viaje un efímero placer visual. Y para el viajero avieso, un camino totalmente sembrado de moras silvestres, de las de zarza, tan maduras que a veces explotaban al cogerlas, tan grandes que se podían ver desde lejos, y en tan gran número que paramos Eli y yo muchas veces para recoger todas las posibles con el plan de hacer, ya en Barcino, una buena mermelada. Mi sistema de recogida, empero, no pareció gustarle demasiado, pues decidí enseguida el sistema de una mora al saco, y otra para la boca, una al saco, y una a la boca... así hasta hartarme.

Por lo demás, poco a reseñar. El camino llano, sin rompepiernas, un auténtico placer para los sentidos (sobre todo para el del gusto, je, je...), plagado de aves y plantas de gran belleza pero sin nada arquitectónicamente válido hasta llegar a la abadía de St. Floriant. Llegar allí nos llevó a un paso tranquilo buena parte de la mañana. Barnabas decidió que íbamos demasiado lento, y pese a que nos hubiera ido fenomenal a Eli y a mí que, ya que iba sobrado de fuerzas, nos hiciera de cortavientos, optó por una táctica menos solidaria y se lanzó a buen ritmo. Parando obviamente de cuando en cuando para no perdernos. Como el día estaba empezando a mostrarse demasiado soleado, paramos en el camino a la sombra de la abadía, en unos bancos a pie de muros y al lado del río. Al acabar de comer yo escalé por algunos caminos hasta la abadía misma. Está en lo alto de una colina que domina el río, y el paisaje es de ensueño. Vi además que habíamos hecho el primo: Justo a la puerta de la abadía hay un área acondicionada para picnic, a la sombra y dominando el paisaje. Hubiera sido un mejor lugar para comer.

Dando un vistazo al mapa, y con bastante cansancio acumulado, decidimos no continuar demasiado y parar en Ancenis, a unos escasos 15 km de donde estábamos. Nos asamos a fuego lento a esas horas tan poco recomendables para pedalear, pero llegamos en un par de horitas con alguna parada para picar alguna cosa. Como habíamos llegado a horas razonables, antes de las 17:00 horas, encontramos el puesto de información turística abierto. No confiábamos demasiado, que todo se ha de decir... Nos habíamos percatado en el viaje de que el sistema genético francés provoca una muerte fulminante a todo aquel de sus individuos que intente trabajar más allá de las 15:00 horas, pero alguno a veces tiene el reloj interno mal calibrado. Además, suelen ser bastante amables, y en un plis nos encontraron hotel baratito y sin cobrarnos nada por ello. Tal vez sí nos cambiaba la suerte.

Dimos un rápido vistazo al pueblo una vez aseados y descansados. No había gran cosa para ver salvo un castillito cerrado a esas horas, pero era una villa tranquila y no muy grande, así que tampoco dimos demasaidas vueltas buscando dónde cenar. De hecho, ya que estábamos ya cerquita de Bretaña, Eli y yo queríamos cenar crepes. Y Barnabas no, que no es porque no le gusten, sino porque le saben a poco al muy tragaldabas. En fin, medio a collejas, y medio porque era el sitio más barato, le metemos en una creperia de ambiente marinero. Y allí se encontró con que hubiese sido mejor cerrar la boca: Se pidió la crepe Jack Sparrow. Allí todas las crepes tenían nombre de pirata. Pero honestamente yo creo que le hubiese sentado mejor el nombre de Bud Spencer. En la vida había visto semejante montón de patatas fritas al lado de una masa de crepe de gran tamaño rellena hasta hacerla casi reventar de carne preparada al estilo boloñés. Ante semejante monstruo de las crepes yo estaba absolutamente alarmado, pues me declaro casi incapaz de meterme todo eso entre pecho y espalda sin reventar, y aviso que soy capaz de zamparme un pollo asado enterito sin pestañear y pidiendo postre al acabar. Pero es que aquello era una especie de ballena con forma de crepe. Barnabas tenía la boca abierta, no para comenzar a comer precismente, y a Eli y a mí nos entró un leve ataque de risa. Nada, una tontería, unos 10 minutillos de reloj riendo sin poder parar mientras el pobre quejica trataba de comerse todo aquello y sobrevivir. 

A la hora de pedir el postre, Barnabas se acomodó en la silla, imagino que desabrochando algún botón del pantalón. Dudamos un poco sobre si pedirle bicarbonato como postre, pero al ver que el cocinero tenía más o menos un diámetro de brazo similar al  perímetro de la barriga de Barnabas (bueno, quizá en ese momento no, je, je...) nos entró un ataque de seriedad y no hicimos más el tonto. Claro que regresar al hotel fue algo más costoso, pues teníamos que esperar a que la digestión de Barnabas le dejase arrastrar los pies con enooorme lentitud hasta que llegamos al hotel. Allí, tócate las narices, estaba acodado en la barra junto con otras 2 personas el votante del PP de Blois. No nos vió. Ya me aseguré yo de ello. Pero vaya viajecito se estaba marcando el tipo. Como compartíamos habitación, Eli y yo nos aseguramos que en caso de un estallido barriguil de Barnabas no nos salpicase demasiado y le dejamos boca arriba en la posición del león que ha tragado más de la cuenta, y a dormir. Le consolamos un poco, no nos penséis tan crueles. Antes de dormir le dijimos que no se alarmase, que no podía morir por comer demasiado. Como mucho un par de días en la UCI...




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