jueves, 6 de octubre de 2011

Loira en bicicleta: Etapa 7

02/09/2011

Dormimos bien. Salvo uno... que tuvo el lavabo ocupado buena parte de la mañana, pero salvo pequeñas naderías gástricas que en nada iban a afectar a nuestro viaje (salvo a las reservas de papel higiénico del hotel) nos fuimos prontito a buscar el tren. No es que hiciese mal tiempo, ni que la fatiga fuera excesiva, sino porque queríamos llegar a St.Nazaire en la costa atlántica, en la misma desembocadura del Loira. Nos faltaban ca. 90 km, y quizá eso era excesivo, así que tras mucho meditar fuimos a la estación a buscar un tren hasta Nantes, y tras localizar hotel hacer el último tramo sin alforjas. La primera parte era facil. No pasan muchos trenes por Ancenis, pero de los que pasan la mayor parte van hacia Nantes y son escasos 15 minutos de viaje, que tuvimos que hacer por cierto bien apretados y en vagones separados porque iba a reventar.

Por suerte encontramos hotel a 4 pasos de la estación. No muy bueno, ni especialmente barato, pero ya nos iba bien. Así que dejamos las alforjas en la habitación y sin carga nos ponemos a pedalear en dirección a Saint Nazaire. Los primeros km los hacemos por la ciudad, siguiendo el tram, pero pronto llegamos a las afueras y nuestro discurrir es entre polígonos industriales, fábricas y mil y una carreteras con un tráfico asqueroso. Para rematarlo, las indicaciones son horrorosas. Más que un paseo cicloturista nos parece estar en una carrera de orientación con un mal mapa y un GPS que no sirve de demasiada ayuda. Hubo veces que siguiendo las indicaciones, malamente y como podíamos, nos vimos dando vueltas en círculo hasta que alguno se daba cuenta: Oye, por aquí no hemos pasado ya?. Así que se suceden las imprecaciones, maldiciones y nervios, pero conseguimos salir de esa zona tan horrible. La única cosa buena fue que para ir a la orilla izquierda del río, que sobre el mapa era más tranquila o al menos no tan en recorrido por carreteras, no tuvimos que pagar nada. Hay una serie de embarcaderos donde paquebotes bastante feos cogen cualquier vehículo sin cobrar y los pasa a la otra orilla. La carga y la descarga, en medio de coches y camiones, es bastante desagradable para un ciclista, pero a caballo regalado...

Luego nos vamos cociendo poco a poco bajo un sol de justicia. Vamos haciendo km y km sin pausa pero sin prisa, parando de cuando en cuando a coger las miles de moras que hay en el camino por paisajes que alternan pura naturaleza con zonas bien horrendas, que afean el paisaje desde una orilla derecha cubierta hasta el horizonte con fábricas de un gris horroroso. La pega, empero, fue volver a comprobar que en ese país de locos la mayor parte de los bares de carretera estaban cerrados. El único sitio donde logramos pedir 3 cocacolas frías resulta ser el más caro del hemisferio occidental y nos cobra 3 euros por botellín. Y encima los trae abiertos, que nada nos indica que no los haya rellenado 5 minutos antes de un botellón de 5 llitros. Al pagar le miramos con cara de pocos amigos pero me parece que le importó una higa. A ese precio se nos permite cagarnos en su familia.

Bueno, total que tras mucho sudar y pedalear llegamos ya cerca de la desembocadura, por el lado izquierdo. Ahora debíamos ir a Saint Nazaire, en la orilla derecha, así que vamos hacia el puente y... nos quedamos más que flipados. Era obvio, y lo imaginábamos ya antes, que si vas acompañando a un río hasta el final va cogiendo cada vez más agua y es cada vez más ancho, así que un puente en la desembocadura ha de ser por fuerza muy largo. Pero es que el puente en cuestión tiene como 4 km de largo. Y visto desde su inicio, lo peor de todo: Como unos 2 km de subida constante, y otros 2 de bajada. De la bajada ya nos apañaríamos después, pero es que la subidita vista en la perspectiva del que recién llega es impresionante. La foto no le hace justicia, hay que estar allí para verlo, acongojarse, y pedir ayuda a Superlópez si se tercia. Bueno, Barnabas no, pero Eli y yo nos encomendamos a algún santo y vamos tirando para arriba. Pronto el muy cafre de Barnabas olvidó sus tribulaciones digestivas y empleó la energía de Jack Sparrow en subir a toda tralla (modo Jack Sparrow ON), pero yo que soy una persona tranquila y civilizada me lo tomo con pachorra y me digo a mi mismo que yo voy tirando, que cuando me canse o me harte, o las 2 cosas, me apeo de la bici y ya llegaré algún día arriba. Ya me esperaréis.

Como plan no estaba nada mal. Aúna mis cualidades de vago empedernido y pasotismo no muy radical hacia los comentarios que nadie pudiere hacerme durante la escalada. Pero tenía un par de pegas: La primera, que apearse ahí no era algo sencillo, pues el carril bici en el puente consistía en un escaso medio metro de asfalto separado del tráfico rodante por una estúpida línea contínua blanca que, sí, que vale, que a efectos prácticos es como si hubiese un muro de hormigón (eso me decía mi profe en la autoescuela) pero que no prometía mucha seguridad en un cacho-puente como ese con la ventolera que había. Y el segundo porque cuando llevaba ya como medio km para arriba y mis músculos de las piernas comenzaban a decir que chico, que muy bien, que muy bonita la excursión pero que por esta década ya habían trabajado bastante, asi que o paras o comenzamos a dar un dolor de categoría 7 para que espabiles... Pues justo en ese momento, justo entonces, cuando ya estaba por echarle jeta al asunto y bajarme de la bici me doy cuenta de que Eli, cuyo estado de forma es inferior al mío por mucho que eso cueste de entender y hasta de creer, está justo detrás de mí. ¿Y cómo me dí cuenta? Pues no fue por girar la cabeza, no... Fue porque me grita tranquilamente: Aún voy con el plato grande!!!

En ese momento una especie de electroshock me pasa de lado a lado de mi encéfalo. O sea que yo, que estoy ya hecho una piltrafa, que ya estoy haciendo planificación de cómo apearme de la bici, que  tengo los músculos organizando una huelga general con moción de censura ya en ciernes, cuyo aliento escasamente me da para apagar una vela, voy a escasos 2 metros por delante de una que aún no ha cambiado el plato. Y yo que ya casi no me quedan piñones para cambiar. Hay que tocarse los.... En fin, no me extiendo demasiado. En uno de esos escasísismos pero a veces inevitables ataques de "yo soy el macho" suspendo los derechos civiles de la musculatura de las piernas, y tras el golpe de estado amenazo con fusilamiento y empalameinto posterior de cualquier célula muscular que no tire hasta reventar, para rechifla general del resto. Aprieto los dientes como para que mi dentista se ponga contento y hala, "p'arriba" y maricón el último. Tal debí tirar que la dejé como medio kilómetro detrás, y cuando llegué arriba una furgoneta se puso a tocar el claxon como loca y a darme ánimos. Bueno, eso creí, la realidad es que iban animando a Eli pero como la rebasaron decidieron animarme un poco a mí. No me sentó mal, no...

Una vez salvado el honor masculino, sólo tocaba descender. Justo a tiempo, porque los músculos de las piernas empezaban a pensar en el fusilamiento como algo más deseable que seguir pedaleando. Menudo viajecito, por eso. La velocidad que uno pilla así es de vértigo y hay que andar con cuidado pues hay zonas del puente donde la unión de las placas de asfalto deja una grieta que a 70 km/hora en bici puede ser peligrosa, pero no hubo más problemas. 

El resto fue sencillo. Perderse un poco con las indicaciones, o la falta de ellas, en St Nazaire, cagarse en el que hizo la guía, preguntar a varias personas sobre como llegar a la estación, esperar como 2 horas un tren hacia Nantes... Bueno, nada fuera de lo habitual. Tren de regreso y fin del viaje.



Tuvimos mala suerte y en Nantes estaban de fiestas, así que la multitud casi nos echó de las zonas turísticas. No se podía casi caminar. En el hotel nos debieron tomar por unos frikis de escándalo, pues ellos fastidiados allí sin remojar el gaznate y nosotros que nos vamos a la cama casi a las 21:00 horas. Pero nos importó un bledo lo que opinasen. Al fin y al cabo ellos ese día no habían subido por un puente de 4 km de largo.

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